Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 13
Capítulo 13: La villana dejó secretos.
Había llegado a una conclusión.
La verdadera Serena Valmont necesitaba urgentemente una mejor biógrafa.
Porque cuanto más descubría sobre ella, menos sentido tenía la mujer que yo había leído.
Y la odiaba mucho menos ahora.
Según La Rosa del Emperador, Serena era bastante sencilla. Era hermosa, rica, celosa, obsesiva y psicológicamente tan profunda como una mariposa.
Y, sin embargo...
«Algún día descubrirás la verdad.»
Esas fueron sus últimas palabras previo a la ejecución. No podía quitarme aquella frase de la cabeza.
—Necesitamos investigar.
Salem abrió un ojo.
—No pongas esa cara.
Miau.
—Soy perfectamente capaz de investigar un asesinato.
Silencio.
—Una futura ejecución.
Salem volvió a cerrar el ojo.
—Gracias por la confianza.
Había decidido comenzar por el lugar más lógico.
La oficina privada de Serena.
Si la mujer tenía secretos, esperaba sinceramente que fuera una de esas personas dramáticas que guardaban documentos comprometedores en cajones con doble fondo.
—¿Por qué hay siete llaves?
Margaret miró el pequeño manojo que yo sostenía.
—Porque tiene siete cajones con cerradura.
—¿Por qué?
—Privacidad.
—Margaret, vivimos en un palacio donde todos sabían que le pedí el divorcio al mismísimo Emperador aproximadamente cinco minutos después de hacerlo.
Ella apretó los labios.
—Buen punto.
Me senté frente al escritorio.
La oficina era preciosa; madera oscura, libreros enormes y ventanales que daban a los jardines.
Y, sorprendentemente... había libros.
Muchos.
—Creí que no me gustaba leer.
—No le gustaba.
Miré los estantes.
—Entonces ¿qué es todo esto?
—Decoración.
Me quedé mirando cientos de libros.
—¿Compré una biblioteca completa como decoración?
—Quería que sus habitaciones fueran más impresionantes que las de Lady Catherine.
Cerré los ojos.
Serena.
Amiga.
Realmente habías llevado la competitividad a lugares extraños.
—¿Quién es Lady Catherine?
—La mujer cuyo compromiso arruinó.
—Oh.
La de la historia.
Perfecto.
—¿Sigue soltera?
Margaret me miró.
—Sí.
—Tengo que arreglar eso.
—¿Cómo?
—No lo sé. Luego. Se me da excelente ser cupido.
Abrí el primer cajón.
Joyas.
Segundo.
Más joyas.
Tercero.
Cartas de amor.
Sonreí.
—Kael...
Margaret carraspeó.
—Son suyas.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Mías?
Saqué una.
«Mi amado Kael...»
La cerré.
No.
No necesitaba conocer ese nivel de humillación ajena.
Abrí otra.
«Cada día lejos de ti...»
—No.
Otra.
«Anoche soñé con nosotros...»
La lancé.
—¡Definitivamente no!
Margaret estaba intentando no reír.
—¿Cuántas escribí?
—Muchas.
—¿Él las respondió?
Silencio.
—Margaret.
—No.
Auch.
Sentí pena por una mujer que ni siquiera conocía.
—¿Ni una?
—Una vez envió una nota.
—¿Qué decía?
Margaret pensó.
—«Recibido».
Me llevé una mano al pecho.
—Eso fue brutal.
—Usted la enmarcó.
Me giré.
—¿QUÉ?
Margaret señaló una pared.
Ahí estaba.
En un pequeño marco dorado.
Recibido.
Cerré los ojos.
—Quémalo.
—¿Su Majestad?
—Ahora.
—Pero era uno de sus objetos favoritos.
—Margaret.
—Sí.
—Fuego.
Tomó el cuadro.
—Como ordene.
—Y que Kael jamás se entere.
Una voz apareció detrás de mí.
—¿Que jamás me entere de qué?
Me congelé.
Claro.
Por supuesto.
Porque aparentemente aquel hombre podía detectar exactamente cuándo estaba hablando mal de él desde cualquier lugar del palacio.
Giré lentamente.
Kael estaba en la puerta.
Miró a Margaret.
Después el cuadro.
Después a mí.
—¿Ese es...?
—No.
—Serena.
—No es lo que crees que estás viendo.
Su mirada bajó hacia la nota.
Una ceja subió.
—Pensé que la habías perdido.
—Por desgracia no, pero ahora se perderá para siempre.
Margaret bajó la cabeza.
La traidora estaba sonriendo.
—Puedes retirarte —dije.
—Por supuesto, Su Majestad.
Se marchó con mi vergüenza enmarcada.
Kael entró.
—¿Vas a quemarla?
—Sí.
—La conservaste tres años.
—Tres años de malas decisiones.
Kael me observó.
—¿Qué estás buscando?
—Nada.
—Tienes abiertos cuatro cajones.
—Estoy reorganizando.
—Tú nunca reorganizas.
—Nueva afición.
Se acercó.
—¿Por qué cada vez que entro en una habitación estás haciendo algo que nunca hacías antes?
—Quizá deberías dejar de entrar en mis aposentos privados.
—Son...
—Si dices «también míos», juro que voy a lanzarte una joya en el rostro.
Kael cerró la boca.
Victoria.
—¿Qué quieres?
—El Consejo quiere hablar contigo sobre el incidente del banquete.
Mi buen humor murió.
—No hubo incidente.
—Casi golpeaste a una noble.
—Pero no lo hice.
—Lo sé.
Eso me hizo detenerme.
Otra vez.
Lo sé.
Kael había sido la primera persona que me creyó.
Extraño.
—¿Qué les dijiste?
—Lo mismo que ayer.
—Que perdí el equilibrio.
—Sí.
—Fue una mentira terrible.
—Lo sé.
—¿Te creyeron?
—Eso no importa.
Ah.
Emperador.
Conveniente.
Kael miró los cajones.
—No tardes demasiado.
Se giró.
—Kael.
—¿Qué?
No sabía por qué pregunté.
—¿La Serena de antes alguna vez te dijo que alguien la estaba amenazando?
Su expresión cambió.
Solo un poco.
—¿Por qué preguntas eso?
—Curiosidad.
—No.
—¿Nunca?
—No que recuerde.
—¿Investigaste los accidentes relacionados con Elena?
Sus ojos se estrecharon.
—¿Qué accidentes?
Mierda.
Todavía no habían ocurrido.
—Hipotéticos.
—Serena.
—Me gusta estar preparada.
—Para accidentes que no han sucedido.
—Exactamente.
Kael me sostuvo la mirada.
—Hay algo que no me estás diciendo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Muchas cosas.
—Eso no me tranquiliza.
—No era la intención.
Salió.
Esperé hasta escuchar sus pasos alejarse.
Después cerré la puerta.
—Bien.
Necesitaba trabajar rápido.
El cuarto cajón estaba lleno de facturas.
El quinto, documentos políticos.
El sexto... vacío.
—Sospechoso.
Toqué el fondo.
Madera.
Golpeé.
Toc.
Normal.
Otra zona.
Toc.
Otra.
Toc toc.
Hueco.
Sonreí.
—Sabía que eras dramática.
Busqué algún mecanismo.
Nada.
Empujé.
Tiré.
Golpeé.
Nada.
—Vamos.
Intenté meter una uña por el borde.
Nada.
—¿Dónde está el botón secreto?
Salem saltó sobre la mesa.
—No te sientes...
Su pata cayó sobre una pequeña mariposa tallada.
Click.
El fondo se levantó.
Me quedé mirándolo.
Salem me miró.
—Odio que seas más inteligente que yo.
Miau.
Dentro del compartimiento habían documentos y una pequeña daga.
Eso era menos tranquilizador.
Tomé el primer papel.
Una lista de nombres.
Sirvientes.
Nobles.
Guardias.
Algunos estaban tachados.
Otros tenían pequeñas anotaciones.
Comprado.
Desaparecido.
Rosenthal.
Mi respiración se ralentizó.
¿Qué era aquello?
Abrí otro.
Una carta.
Sin firma.
Detenga su investigación.
Fruncí el ceño.
Otra.
La próxima advertencia no será una carta.
Otra.
El emperador nunca creerá en usted.
Sentí frío.
—Serena...
Ella estaba siendo amenazada.
Antes de que Elena llegara.
Antes del comienzo de la novela.
Busqué más.
Había informes.
Fechas.
Movimientos de dinero.
Nombres que no reconocía.
Entonces encontré uno familiar.
Elena Rosenthal.
Mi corazón saltó.
Abrí el documento.
Era un informe sobre Elena. Su edad, árbol genealógico, educación, viajes... Nada parecía extraño... Hasta el final.
Una anotación manuscrita.
Con la letra de Serena.
Ella no sabe nada.
Debajo:
No es el objetivo.
Me quedé inmóvil.
No.
Volví a leerlo.
La Serena original había investigado a Elena antes de conocerla.
Pero no parecía querer hacerle daño.
Todo lo contrario.
Ella no sabe nada.
No es el objetivo.
Busqué frenéticamente entre los papeles.
Otra hoja.
Una lista.
• Amenazas recibidas: 14.
• Intentos de acceso a mis habitaciones: 3.
• Sirvientes vinculados: 6.
Y al final:
• No puedo confiar en la Guardia Imperial.
Mi estómago se hundió.
Lucien dirigía la Guardia.
¿Serena desconfiaba de él?
No.
Esperaba que no.
Pasé la página.
Había una última anotación.
• Si algo me ocurre, buscar en Rosenthal. No a la hija. Al padre.
Me quedé mirando aquella frase.
El padre de Elena.
En la novela...
Lord Adrian Rosenthal apenas aparecía.
Un noble respetado.
Amable.
Leal.
Padre protector.
Nada más.
—Esto no estaba en el libro.
Miau.
—Nada de esto estaba en el libro.
¿Por qué?
¿Por qué Serena investigaba a los Rosenthal antes de que comenzara su rivalidad con Elena?
¿Por qué recibía amenazas?
¿Por qué nadie lo sabía?
Seguí buscando.
Entonces encontré un sobre diferente.
Negro.
Sin sello.
En la parte delantera había dos palabras.
Para Serena.
Lo abrí.
Dentro había una carta corta.
Ya hemos hablado de esto.
Deja a la muchacha fuera.
Si sigues investigando, el emperador será el siguiente.
Kael.
Sabemos cuál es tu debilidad.
Y sabemos exactamente cuánto estás dispuesta a hacer para protegerlo.
Me senté lentamente.
La Serena original... ¿Había estado protegiendo a Kael?
Eso no tenía sentido.
Bueno.
Lo amaba.
Sí tenía sentido.
Pero el libro jamás mencionó nada parecido.
Busqué la fecha.
La carta había llegado... dos meses antes de que yo despertara en este cuerpo y mucho antes de que Elena apareciera.
Tomé otra hoja.
Y entonces encontré algo que me dejó completamente inmóvil.
Una copia de una orden imperial.
Firmada por Serena.
Transferencia inmediata de Lady Elena Rosenthal fuera de la capital.
En el margen había una anotación.
Kael jamás debe saber el verdadero motivo.
Debajo, otra frase:
Que me odie si es necesario.
Mi corazón comenzó a golpear.
—No...
Leí la última línea.
Mientras ambos sigan vivos, no importa.
Solté el papel.
Todo lo que creía saber sobre Serena acababa de agrietarse.
En la novela, aquella orden se presentaba como la primera prueba de sus celos.
Serena había intentado expulsar a Elena de la capital porque temía que Kael se enamorara de ella.
Eso era lo que habíamos leído.
Eso era lo que todos creían.
Pero aquí... la propia Serena había escrito otra cosa.
No estaba intentando separarlos.
Estaba intentando protegerlos.
A los dos.
Ding.
Me congelé.
Las letras aparecieron sobre los documentos.
[INFORMACIÓN NO AUTORIZADA DETECTADA.]
—Claro.
Me levanté.
—Ahora apareces.
[Estos datos no pertenecen a la narrativa principal.]
—Pero pertenecen a Serena.
Silencio.
—¿No?
Las letras titilaron.
[Cierre el compartimento.]
Solté una carcajada.
—No.
[Cierre el compartimento.]
—Definitivamente no.
[Esta información es irrelevante.]
—Entonces no te importará que la lea.
Silencio.
Ja.
Te atrapé.
—¿Por qué Serena protegía a Elena?
Nada.
—¿Quién la amenazaba?
Nada.
—¿Quién es el padre de Elena?
Las letras temblaron.
Interesante.
Escribí rápidamente en una hoja:
LORD ADRIAN ROSENTHAL.
El aviso cambió.
[DETÉNGASE.]
Mi sonrisa desapareció.
Eso era nuevo.
—¿Por qué?
[DETÉNGASE.]
—No.
Las letras comenzaron a oscurecerse.
[ESTA TRAMA NO LE PERTENECE.]
Sentí un escalofrío.
No información.
No historia.
Trama.
—Entonces existe.
Silencio.
—Hay otra historia.
Las letras desaparecieron.
—¡Espera!
Nada.
Pero ya era demasiado tarde.
Había respondido.
La novela que yo había leído no contenía toda la historia.
Había algo debajo.
Algo relacionado con Serena.
Con Elena.
Con su padre.
Y posiblemente con Kael.
Tomé los documentos.
Tenía que enseñárselos a alguien.
Kael.
No.
La nota decía que no confiara en él.
Bueno, técnicamente decía que él no debía descubrirlo.
Lucien.
Serena tampoco confiaba en la Guardia Imperial.
Margaret.
Quizá.
Miré las cartas.
Necesitaba tiempo.
Primero tenía que entenderlas.
Guardé todo nuevamente.
Excepto una hoja.
La orden sobre Elena.
La doblé y la escondí dentro de mi vestido.
Después cerré el compartimento.
—Ni una palabra.
Salem bostezó.
—Especialmente tú.
Esa noche no podía dormir.
Había una pregunta dando vueltas en mi cabeza.
Si Serena no había intentado destruir a Elena... ¿quién lo había hecho?
Porque los ataques de la novela sí habían ocurrido.
El veneno era real.
El accidente era real.
Las amenazas eran reales.
Simplemente... quizá nunca habían sido de Serena.
Me levanté.
Saqué la orden escondida.
La leí otra vez.
Que me odie si es necesario.
Mientras ambos sigan vivos, no importa.
Sentí un nudo extraño.
Había algo profundamente triste allí.
La Serena que yo había leído había muerto odiada por todos.
Incluso por el hombre al que quizá había estado intentando proteger.
—No eras la villana —susurré.
Toc. Toc.
Me congelé.
Alguien llamaba a la puerta.
Guardé el documento.
—¿Quién?
Silencio.
—¿Margaret?
Nada.
Me acerqué lentamente.
Abrí.
No había nadie.
Miré a ambos lados.
Vacío.
—Muy divertido.
Entonces vi algo en el suelo.
Un sobre negro.
Mi corazón se detuvo.
Igual que los otros.
Lo recogí.
Mis manos empezaron a temblar.
Eso era imposible.
Las cartas eran antiguas.
Dirigidas a la verdadera Serena.
Quienquiera que las hubiese enviado... no podía saber que yo estaba investigando.
Rompí el sello.
Dentro había una sola frase.
Deberías haber dejado ese cajón cerrado.
Dejé de respirar.
Debajo:
La primera Serena tampoco supo cuándo detenerse.
Mi sangre se heló.
La primera.
No...
No decía Serena.
Decía:
La primera Serena.
Miré hacia el corredor vacío.
Y por primera vez desde que había llegado a este mundo, tuve miedo de algo que no era mi ejecución.
Porque alguien dentro de aquella novela... sabía que yo no era la Serena original.