Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 2
—¿Podrías darme un espejo, por favor? — Le pedí a la chica.
La joven pareció dudar durante unos segundos.
—Por supuesto, señor Sayon. Espere aquí, por favor, no tardo nada.
La chica salió extrañamente de la habitación.
Algo realmente raro. ¿Acaso no había espejos allí? Ahora que lo pensaba, aquella habitación era muy lúgubre, casi vacía. No había muchas cosas, salvo lo esencial: una cama, una mesa con una silla, un armario y poco más. Solo las hermosas rosas junto a la ventana le daban un poco de vida al lugar.
La chica no tardó mucho en regresar, aunque esta vez llevaba un pequeño espejo de mano escondido.
—Por favor, no haga nada malo con él. No soportaría verlo otra vez así.
Me advirtió antes de entregármelo.
¿Qué quería decir? ¿Acaso yo iba a hacer algo malo con el espejo? ¿Qué cosa?.
Acepté el espejo y me miré en él.
Y fue exactamente como había pensado.
Cabello negro y largo en lugar de rubio y corto. Ojos grandes y ámbar, brillantes, en lugar de cafés. Una nariz pequeña y perfecta en lugar de una más gruesa y respingada.
Este cuerpo...
No era el mío.
Éste no era mi cuerpo, no lo era, pero era yo.
Aunque, mirándolo mejor, se parecía un poco al ser que vi antes de despertar en donde sea que estuviera ahora, solo que la cara de este Sayon estaba más seca y sin vida. Era de locos pensar que aquel maravilloso ser hubiese sido esto.
Puse una mano sobre mi boca, tratando de procesar lo que estaba pasando.
—¿Señor Sayon, se encuentra bien? ¿Quiere vomitar? ¿Lo llevo al baño? —preguntó preocupada la chica que estaba a mi lado.
¿Qué iba a decir? ¿Que era de otro mundo, que había muerto y que algo me había traído a este lugar? Definitivamente no.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté a la chica, intentando mantener la calma.
Ella parpadeó durante unos segundos y, con una voz tan dulce que contrastaba con la tensión del momento, respondió:
—Soy Layla, soy su cuidadora, señor Sayon.
Me sorprendí. ¿Cómo que era mi cuidadora?.
—¿Cuántos años tengo? —pregunté.
—Pues... veintiocho, señor Sayon —respondió.
¡Guau! Ahora tenía veintiocho años, cuando antes tenía cuarenta y cuatro.
—¿Y tú cuántos años tienes? —pregunté.
—Tengo veinticinco, señor Sayon.
La miré con cierta confusión.
—¿Y por qué una chica de veinticinco años es la cuidadora de un hombre de veintiocho?.
—Bueno... es que usted está enfermo —dijo, evitando mi mirada—. Pero con sus pastillas se siente más aliviado.
Terminó de hablar con cierto temor, como si esperara alguna reacción desagradable de mi parte. Yo dirigí mi mano hacia ella y noté cómo se tensaba, esperando quizá alguna mala acción, pero simplemente le acaricié el cabello.
—Gracias por cuidarme —le dije con una sonrisa.
Ella quedó más que sorprendida.
—Por favor, ¿podrías dejarme descansar? —le pedí.
—C-claro —respondió Layla antes de salir de la habitación.
Me quedé solo, en silencio, dentro de aquella habitación, mirando el techo. Realmente estaba en otro lugar, pero todo parecía tan parecido a lo que conocía que resultaba extraño. No sabía dónde estaba, no sabía qué había ocurrido conmigo y tampoco sabía quién era realmente Sayon, pero en aquel momento estaba demasiado confundido para encontrar respuestas.
De pronto, sentí los ojos pesados y, sin darme cuenta, me quedé dormido.
Estaba teniendo un sueño.
No, no era un sueño, estaba recordando mi verdadera vida.
Yo era Harold Collins, hijo único de una familia de clase media. Mis padres siempre fueron buenos conmigo, se esmeraron en mí, siempre quisieron lo mejor para mí y, precisamente por eso, fueron realmente estrictos. Elegían lo que consideraban mejor para mí y muchas veces no tenían en cuenta lo que yo quería.
No eran malas personas, pero creo que el hecho de tener un solo hijo a los cuarenta años no les hizo demasiado bien.
Acabé estudiando medicina cuando en realidad quería hacer otra cosa, acabé casándome con mi mejor amiga cuando ninguno de los dos sentía un amor romántico por el otro, simplemente porque mis padres la aprobaron y porque siempre había querido satisfacerlos. Eran mis personas favoritas y quizá no debí ser tan complaciente con mis pobres padres.
Yo nunca me enamoré. Era un sentimiento que deseaba conocer, pero que siempre había sido ajeno a mí. Aisha era mi mejor amiga y también mi esposa, y nos entendíamos a la perfección, pero no estábamos enamorados. A pesar de haber estado juntos durante tantos años, éramos dos personas con personalidades completamente diferentes.
Ella era extrovertida, risueña, alegre y muy optimista, siempre dispuesta a ayudar, siempre con una hermosa sonrisa en el rostro. Sabía escuchar y siempre encontraba las palabras correctas para cualquier situación.
Yo era algo cerrado, aunque también sabía abrirme cuando era necesario. Siempre me esforzaba por mis padres, quería hacerlos felices y conseguir que estuvieran orgullosos de mí. Por ello fui un estudiante sobresaliente en todo, el mejor de mi clase, me gradué con honores y conseguí un currículum prácticamente intachable. Siempre estaba haciendo cálculos, midiendo mi comportamiento, pensando cuidadosamente cada cosa que hacía. Quizá, en cierto modo, siempre había sido un poco falso.
Claro que no todo era perfecto. Era amable y, según Aisha, también dulce.
Ella siempre me decía que era una persona seria, pero de esos serios que te sonríen sinceramente.
Era una persona realmente increíble, solo que estaba completamente loca por un género de historias con el que terminé familiarizándome por su culpa: el Omegaverse.
Yo no leía esos libros, pero como ella siempre me contaba todas sus historias de principio a fin, se podría decir que ya conocía bastante bien todas las cosas extrañas de aquel mundo.
Aunque, dejando eso de lado...
Yo era un buen doctor. Mis pacientes me querían y yo también los quería a ellos. Era el trabajo que mis padres habían escogido para mí y, aunque no era mi sueño, terminó gustándome. Ayudaba a mucha gente y eso me hacía sentir bien.
Yo tenía un pequeño problema que nunca pude solucionar. Desde hacía mucho tiempo, los niños me fascinaban. Los amaba. Me encantaba verlos, hablar con ellos y cuidar de ellos. Eran tan hermosos, tan angelicales, tan tiernos y olían tan bien que simplemente me resultaban irresistibles. Siempre cuidaba fervientemente de los pequeños con cáncer en el hospital, velando por su salud y tratando de hacer todo lo posible para que estuvieran bien.
Que los hombres pudieran albergar vida en su interior fue lo único que realmente me interesó de las historias de Aisha.
Mi amor por los niños se convirtió poco a poco en el deseo de tener uno, y aquel deseo terminó convirtiéndose en una gran necesidad. Un día le dije a Aisha que quería tener hijos, ella aceptó y lo intentamos.
Pero después de dos años intentándolo, finalmente descubrimos que yo era infértil.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho