EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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LA MUJER DETRAS DE LA VENTANA
La fotografía seguía temblando entre las manos de Valeria.
No podía apartar los ojos de aquella mujer.
Su madre.
Viva.
Después de tantos años creyendo que Isabel había muerto antes de que ella pudiera siquiera recordarla, ahora tenía una prueba frente a sus ojos.
—¿Dónde es? —preguntó.
Nicolás señaló la dirección escrita detrás de la fotografía.
—17-42-7.
Adrián frunció el ceño.
—Eso no es una dirección completa.
—No —respondió Nicolás—. Es una clave.
Valeria levantó la mirada.
—¿Una clave para qué?
Elena se acercó lentamente.
—Para llegar hasta Isabel.
—Entonces vamos.
—No es tan sencillo —dijo Nicolás.
Valeria lo enfrentó.
—Para ustedes nunca es sencillo. Siempre hay una razón para esperar, una razón para esconderme algo.
—Porque cada vez que alguien se acerca demasiado a la verdad, alguien termina muerto.
Valeria quedó en silencio.
Adrián tomó su mano.
—Esta vez iremos juntos.
Ella lo miró.
Había algo en sus ojos que consiguió tranquilizarla.
No porque él tuviera respuestas.
Sino porque, por primera vez, no pretendía tenerlas.
—Gracias —susurró.
Adrián acarició suavemente sus dedos.
—No tienes que agradecerme por quedarme.
Valeria sostuvo su mirada.
—Tengo miedo.
—Yo también.
Ella sonrió débilmente.
—No pareces tenerlo.
—Porque estoy demasiado ocupado intentando que no te pase nada.
Sus palabras le tocaron algo profundo.
Valeria se acercó y apoyó la frente contra la suya.
Durante unos segundos, el peligro desapareció.
Solo quedaron ellos.
—No vuelvas a desaparecer de mi lado —susurró ella.
Adrián la miró fijamente.
—No pienso hacerlo.
Un ruido en el pasillo los obligó a separarse.
Nicolás había abierto una puerta oculta detrás de una estantería.
—Por aquí.
Caminaron por un estrecho pasadizo.
Al final encontraron una escalera que conducía nuevamente hacia la superficie.
Cuando salieron, Valeria reconoció el lugar.
Era una calle antigua.
La misma que aparecía en uno de sus recuerdos.
Frente a ellos había una casa pequeña, de fachada blanca.
Valeria se quedó inmóvil.
—Yo conozco esta casa.
Elena se acercó.
—¿Estás segura?
—Sí.
Una imagen cruzó su mente.
Una mujer sosteniendo su mano.
Una canción.
Una ventana.
Y una voz diciendo:
—Algún día tendrás que volver aquí.
Valeria respiró profundamente.
—Mi madre estuvo aquí.
Nicolás asintió.
—Durante un tiempo.
—¿Cuánto?
—Tres años.
Valeria giró lentamente.
—¿Tres años?
—Después desapareció.
—¿Por qué?
Nicolás bajó la mirada.
—Porque descubrió que alguien de la organización estaba protegiéndola.
Adrián intervino.
—¿Quién?
Nicolás no respondió.
Valeria sintió que la ansiedad volvía a crecer.
—¿Quién?
—Tu padre.
Ella abrió los ojos.
—¿Julián?
—Sí.
—Pero mi padre murió.
—Después de asegurarse de que Isabel pudiera escapar.
Valeria miró la casa.
De pronto comprendió algo.
—Entonces mi padre sabía que ella estaba viva.
Nicolás asintió.
—Sí.
La revelación dolió más de lo que esperaba.
—Todos estos años...
Su voz se quebró.
—Todos estos años pensé que mi padre me había dejado sola.
Adrián se acercó.
—No te dejó.
—¿Entonces por qué nunca me dijo la verdad?
Nicolás respondió:
—Porque sabía que si tú recordabas a Isabel, ellos te encontrarían.
Valeria cerró los ojos.
Otra memoria apareció.
Su madre arrodillada frente a ella.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Prométeme que nunca odiarás a tu padre.
La pequeña Valeria lloraba.
—¿Por qué te vas?
Isabel la abrazaba.
—Porque necesito que vivas.
La memoria desapareció.
Valeria abrió los ojos llorando.
—Ella se fue voluntariamente.
Nicolás negó con la cabeza.
—No exactamente.
—¿Qué quieres decir?
—La obligaron.
Un automóvil apareció al final de la calle.
Adrián lo vio primero.
—Tenemos compañía.
Elena miró hacia atrás.
—Tenemos que entrar.
Los cuatro corrieron hacia la casa.
Adrián abrió la puerta de un golpe.
Dentro estaba todo cubierto de polvo.
Pero había algo extraño.
Una taza sobre la mesa.
Todavía reciente.
Valeria se acercó.
La tocó.
—Está tibia.
Nicolás se quedó inmóvil.
—No puede ser.
Entonces escucharon un ruido en el piso superior.
Un paso.
Después otro.
Adrián levantó el arma.
—Quédate detrás de mí.
Valeria negó con la cabeza.
—No.
—Valeria...
—Si es ella, quiero verla primero.
Subió las escaleras.
Cada peldaño parecía acercarla a una vida que le habían arrebatado.
Llegó al pasillo.
Había tres puertas.
La primera estaba abierta.
La segunda, cerrada.
La tercera tenía una pequeña marca grabada en la madera.
El símbolo del anillo.
Valeria se acercó.
Apoyó la mano sobre la puerta.
Y escuchó una respiración al otro lado.
—¿Mamá?
Silencio.
Valeria sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
—Soy yo.
La puerta comenzó a abrirse.
Muy lentamente.
Y una mujer apareció detrás.
Cabello oscuro.
Ojos idénticos a los de Valeria.
El rostro marcado por los años.
Pero era ella.
Isabel.
Madre e hija se quedaron mirándose.
Ninguna habló.
Hasta que Isabel llevó una mano a sus labios.
—Valeria...
Ella dejó de respirar.
Había esperado escuchar esa voz durante toda su vida sin saberlo.
—Mamá...
Isabel comenzó a llorar.
Valeria dio un paso.
Luego otro.
Pero antes de poder abrazarla, Isabel levantó una mano.
—No.
Valeria se detuvo.
—¿Por qué?
Isabel miró hacia las escaleras.
Su expresión cambió.
Miedo.
Un miedo auténtico.
—Porque si has venido hasta aquí...
Miró a Nicolás.
Después a Adrián.
Y finalmente volvió a mirar a su hija.
—...significa que él ya te encontró.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Isabel cerró los ojos.
Y susurró:
—El hombre que mató a tu padre.