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La esposa que dejó de esperar

La esposa que dejó de esperar

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: gigiwww

Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.

Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.

Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.

Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.

Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:

—¿Tú eres el señor del parque?

Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.

Se demuestra quedándose.

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Capítulo 21 — El nombre aún no pronunciado

El ambiente de la habitación cambió al instante.

León permanecía cerca de la puerta con esa frialdad característica en la mirada, mientras Armando ocupaba el borde de la cama con Liora en brazos.

Los ojos de ambos hombres se cruzaron.

Nadie pronunció una sola palabra.

Pero la tensión en el aire resultaba casi palpable.

Y en medio de aquella atmósfera, Liora sonreía radiante agitando su manita.

—¡El señor del parque!

León posó la vista en la pequeña de inmediato.

Por alguna razón que no terminaba de comprender, cada vez que veía a Liora toda la rigidez que cargaba encima se desvanecía poco a poco.

Se acercó con pasos pausados.

—Buenos días.

Liora asintió con entusiasmo.

—¿Te bañaste?

La pregunta inocente hizo que Alya apartara la cara de golpe, sofocada por la vergüenza, mientras Armando fruncía el ceño sin entender.

León se quedó un segundo inmóvil antes de responder con calma:

—Sí.

—Hueles rico.

Por primera vez en toda la mañana, la comisura de los labios de León se curvó apenas.

Alya, al notarlo, se quedó paralizada un instante.

León es otra persona cuando está con Liora.

Más suave.

Más humano.

Y eso, precisamente, revolvía aún más lo que sentía por dentro.

Armando rompió el silencio con tono cortante:

—Volvió usted.

León desvió la atención hacia él.

—Sí.

Una sola sílaba.

Plana.

Sin embargo, la fricción entre ambos era evidente.

Liora, completamente ajena a lo que ocurría, los observó a uno y a otro con cara de desconcierto.

—¿El abuelo está enojado con el señor?

Alya casi se atragantó al oír la pregunta.

Armando exhaló largo.

—No.

—Mentira —murmuró Liora con toda naturalidad.

León tuvo que agachar la cabeza para disimular una sonrisa.

Esta niña es demasiado honesta.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó León mientras se aproximaba a la cama.

Liora asintió despacio.

—Ya no tengo fiebre.

—Bien.

Sin pensarlo, León le acarició la coronilla con suavidad.

Un gesto sencillo.

Pero que dejó a todos en la habitación en silencio por un momento.

Incluido él mismo.

Porque el contacto resultó demasiado natural.

Como si su cuerpo conociera a esa niña desde siempre.

Alya se tensó levemente al presenciarlo.

Armando, por su parte, lo registró todo sin decir nada.

La expresión del hombre mayor se volvió indescifrable.

Porque por primera vez…

Distinguía algo en los ojos de León que jamás había existido cuando estaba con Sabrina.

Atención genuina.

Ternura.

Y un sentido de pertenencia.

Poco después llegó el médico a revisar a Liora.

—La fiebre bajó bastante bien —informó con una sonrisa—. Si no repunta durante la noche, mañana puede recibir el alta.

Alya dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios…

Liora, en cambio, alzó la manita con orgullo.

—¡Porque me tomé la medicina!

El médico soltó una risa breve.

—Niña muy valiente.

Una vez que el doctor se retiró, la calma volvió a instalarse en la habitación.

Kate apareció con el desayuno y se quedó de piedra al encontrar a León y a Armando compartiendo el mismo espacio.

—Vaya… —susurró por lo bajo—. Se corta la tensión con un cuchillo.

Alya le clavó una mirada asesina para que cerrara la boca.

Kate se apresuró a fingir que estaba muy ocupada destapando la comida.

Liora, entretanto, ya había recuperado toda su energía.

—Mami, tengo hambre.

—Sí, vamos a comer.

Alya estaba a punto de darle la primera cucharada a su hija cuando León le retiró el tazón de las manos sin aviso.

—Yo me encargo.

Alya lo miró extrañada.

—¿Tú?

León le sostuvo la mirada, impasible.

—¿Por qué? ¿No soy capaz?

—No dije eso…

Pero antes de que pudiera terminar, Liora ya había celebrado con un gritito.

—¡Quiero que me dé el señor!

Alya perdió la batalla por completo.

León se acomodó al borde de la cama y tomó la cuchara pequeña.

—Abre la boca.

Liora obedeció abriéndola de par en par, igual que un polluelo esperando su comida.

La imagen le arrancó a Kate una sonrisa enternecida que disimuló como pudo.

Armando se limitó a observar en silencio.

Y Alya…

Notó que algo le apretaba cada vez más fuerte el pecho.

Porque la escena lucía demasiado perfecta.

Como una pequeña familia completa.

Aunque ya no lo fueran.

—Despacio —indicó León al ver que un poco de papilla quedó en la comisura de Liora.

Le limpió la boca con un pañuelo de papel sin siquiera pensarlo.

Liora soltó una risita.

—Eres igual que Mami.

León se detuvo un segundo.

—¿Ah, sí?

—Igual de mandón para dar de comer.

Kate fingió un ataque de tos.

Alya giró la cara muerta de vergüenza.

Y León…

Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, algo cálido le inundó el pecho.

Profundamente cálido.

Al mediodía Armando se despidió; asuntos de trabajo lo reclamaban.

Antes de marcharse se acercó a Alya.

—Ya no tienes que tener miedo —le dijo en voz queda—. Papá está aquí ahora.

Los ojos de Alya ardieron al instante.

Llevaba demasiado tiempo necesitando escuchar esas palabras.

Armando le dirigió a León una mirada gélida antes de encaminarse hacia la puerta.

—La decisión sigue siendo de Sabrina.

León no contestó.

Pero un músculo le palpitó en la mandíbula.

En cuanto Armando se fue, la habitación se volvió mucho más silenciosa.

Kate, al percibir que la atmósfera se ponía rara, buscó una excusa a toda velocidad.

—¡Voy por un café!

Y desapareció sin más, dejándolos a los tres solos.

Alya dejó escapar un suspiro bajo.

—Kate…

Pero su amiga ya se había esfumado.

Ahora solo quedaban ella, León y Liora, que entretenía a su conejo de peluche sobre la cama.

—Mira —dijo Liora mostrándole el muñeco a León—. Se llama Mimo.

León lo examinó con expresión seria.

—¿Y qué le gusta comer a Mimo?

—Zanahorias.

—Buena elección.

La conversación era simple y a la vez entrañable.

Y sin saber bien por qué…

León descubrió que no quería irse de esa habitación.

—Señor.

—¿Hm?

Liora ladeó su cabecita con inocencia.

—¿Por qué me miras tanto?

La pregunta lo enmudeció un instante.

Su expresión se fue suavizando despacio.

Porque incluso ahora le costaba creer…

Que esa niña fuera de verdad su hija.

Contempló el rostro diminuto durante un largo rato antes de responder en un hilo de voz:

—Porque me gusta mirarte.

Y sin darse cuenta…

La palabra "señor" empezó a pesarle cada vez más en el corazón.

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