Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 23
Capítulo 23
Apenas cerré los ojos, Dante me besó. No fue un beso de buenas noches ni una caricia para dormirnos tranquilos; me tomó la boca como si llevara horas aguantándose, con una mano metida en mi cintura y la otra hundida en mi cabello. Intenté empujarlo por puro orgullo, pero mis dedos acabaron cerrados en su camisa. Él lo sintió, claro, y se pegó más, metiendo una pierna entre las mías hasta que el roce me hizo soltar aire contra su boca.
—Dijiste que íbamos a descansar —alcancé a decir.
—Después.
No agregó nada más. Me mordió el cuello justo encima de una marca vieja y mi cuerpo contestó antes que mi boca. Apreté los muslos, torpe, demasiado tarde. Dante bajó la mano, me sujetó la pierna y me abrió lo suficiente para quedar acomodado entre ellas. La primera vez todavía me ardía en la memoria, pero su peso encima, su olor, esa manera de mirarme como si ya supiera cuánto me costaba fingir, me desarmaron más rápido de lo que quería aceptar.
Me quitó la blusa con prisa, sin romperla, pero sin paciencia. Luego la falda, la ropa interior, todo. Cuando quise cubrirme, me atrapó la mano y la llevó a su pecho para que me agarrara de él. Su boca bajó por mi cuello, por la clavícula, por mis pechos, dejando mordidas pequeñas que me hacían arquear la espalda. Sus dedos encontraron mi humedad y se quedaron ahí, moviendo la yema sobre mí hasta que mis piernas empezaron a temblar. Esta vez no era dolor lo que me tenía así. Era vergüenza, calor, ganas acumuladas y esa rabia absurda de que él pudiera notarlo con sólo tocarme.
Dante abrió el cajón con una mano. Escuché la caja de condones, el plástico rasgándose, su respiración pesada mientras se acomodaba. Volvió sobre mí ya listo, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros. Me abrió más las piernas y entró despacio al principio, no por duda, sino porque quería sentir cómo mi cuerpo se iba rindiendo centímetro a centímetro. Me mordí la mano para no gemir tan fuerte; él me la apartó y se inclinó a mi oído.
—No te tapes.
No pude contestar. Él empezó a moverse con un ritmo más seguro que la primera vez, más suelto, más dueño de sí mismo. Cada embestida me empujaba contra el colchón y me arrancaba un sonido distinto. Cuando intentaba girar la cara, Dante me sujetaba la mandíbula y volvía a besarme, tragándose mi voz. La cama crujió, las sábanas se enredaron bajo mi espalda y yo dejé de pensar en si alguien podía oírnos porque ya estaba demasiado ocupada tratando de seguirle el ritmo.
Me cambió de posición con manos firmes en la cintura, como si mi cuerpo le perteneciera desde hacía mucho y sólo estuviera recordándome dónde acomodarme. La vergüenza me quemó entera. Después encontró un ángulo que me hizo clavarle las uñas en la espalda. Ahí sí perdí la poca compostura que me quedaba. Mi cuerpo se apretó alrededor de él, mojado, caliente, respondiendo a cada golpe de sus caderas como si lo hubiera estado esperando.
—Dante...
Mi voz salió rota y eso lo encendió peor. El ritmo se volvió más duro, más profundo, con sus manos sujetándome fuerte, jalándome hacia él cada vez que entraba. Yo ya no fingía que sólo lo soportaba. Lo buscaba. Levantaba la cadera, le mordía el hombro, lo arañaba cuando el placer se me subía demasiado rápido. Él soltó una risa baja contra mi cuello, ronca, satisfecha, y me apretó más.
—Así.
Me corrí con la cara escondida en su piel, temblando de pies a cabeza, mientras él seguía moviéndose hasta dejarme sin aire. Dante aguantó un poco más, con los dientes cerrados y los músculos duros bajo mis manos. Cuando terminó, se hundió hasta el fondo y soltó un gemido que me recorrió la espalda entera. Nos quedamos pegados, sudados, con mi pulso todavía brincando donde él acababa de tocarme.
Yo miré el techo porque verlo a la cara habría sido aceptar demasiadas cosas.
—Te gustó —dijo, con esa calma insoportable.
Le tapé la boca con la mano.
—Cállate.
Dante me besó la palma y se rio bajo. Después me rodeó la cintura, pegándome otra vez a su cuerpo. No me moví. Dije que era por cansancio, pero era mentira incluso antes de terminar de pensarlo.
Me cargó al baño sin esperar a que recuperara dignidad. Iba desnuda contra su pecho, con una mano suya debajo de mis muslos y la otra en mi espalda. Escondí la cara en su cuello y él no se burló, lo cual casi fue peor. En la tina, el agua caliente subió demasiado y se derramó por un lado. Dante entró detrás de mí, me pegó a su pecho y enseguida sentí que seguía duro contra mi espalda.
—Dante...
—Shh.
Sus manos empezaron como si de verdad estuviera bañándome: hombros, brazos, cintura, jabón resbalando por mi piel. Pero bajaron demasiado pronto. Me abrió las piernas bajo el agua y sus dedos volvieron a encontrarme sensible, todavía hinchada, todavía mojada. Me tensé, avergonzada de responder tan rápido, y él me mordió el hombro mientras seguía tocándome hasta que el agua se movió alrededor de nosotros con cada temblor mío.
Me giró sobre sus piernas y me besó, con el vapor pegado a la piel y el agua salpicando fuera de la tina. Yo dije algo, no sé qué. Un reclamo sin fuerza, tal vez. Dante no le hizo caso. Me acomodó encima de él, me sujetó las caderas y me hizo bajar despacio hasta tenerlo dentro otra vez. Esta vez no hubo pausa ni pudor que sirviera. Mis manos se fueron a sus hombros, su boca a mi pecho, y el baño entero se llenó de jadeos, agua golpeando contra la porcelana y mi voz perdiéndose en su cuello.
Él marcó el ritmo desde abajo, levantándome y bajándome como quería, más lento cuando me ponía demasiado sensible, más fuerte cuando mi cuerpo volvía a buscarlo. No hablamos casi nada. No hacía falta. Sus manos, sus dientes en mi piel, sus caderas empujando contra las mías decían bastante. La tarde se volvió un desorden de agua en el piso, sábanas húmedas, condones abiertos y mis piernas fallando cada vez que intentaba levantarme.
Abajo, doña Rosa ya había terminado la cena.
Miró la mesa puesta.
Luego el techo.
Luego otra vez la mesa.
Desde arriba llegaban sonidos que no necesitaban explicación.
Doña Rosa tenía más de cincuenta años y no era ingenua. Había criado casas, matrimonios, pleitos y reconciliaciones suficientes para reconocer a una pareja recién casada cuando la escuchaba.
Aun así, se quedó un momento sin saber si reírse o persignarse.
—Estos muchachos —murmuró.
Esperó.
La comida empezó a enfriarse.
Volvió a mirar hacia arriba.
Al final subió las escaleras y tocó la puerta.
—Señor Dante, señora Ximena. La cena ya está lista.
Hubo silencio.
Luego movimiento.
Un rato después, la puerta se abrió.
Dante salió con una toalla en la cintura.
El torso desnudo, todavía húmedo, tenía marcas de uñas en el pecho y en los hombros. No parecía avergonzado. Ni un poquito.
Doña Rosa sí.
Se le subió el color a la cara y miró hacia un lado.
—Ay, señor.
—Doña Rosa —dijo Dante, tranquilo—. ¿Puede subir la cena?
—Claro.
Ella tosió para esconder la risa.
—Pero bájele tantito, ¿sí? No me vaya a desmayar a la señora otra vez.
Dante no contestó.
Doña Rosa bajó antes de que él pudiera decir nada.
Dante cerró la puerta y volvió a la recámara.
Yo estaba boca abajo en la cama.
Sin fuerza.
Sin dignidad.
Con el cabello revuelto y la piel todavía caliente.
Lo vi entrar tan tranquilo, como si doña Rosa no hubiera escuchado media tarde de mi desgracia.
Agarré una almohada.
Se la lancé.
Dante la atrapó antes de que le pegara en la cara.
Obvio.
Ni eso me salió.
—¿Estás enojada? —preguntó.
Lo miré con toda la fuerza que me quedaba.
Que no era mucha.
—¿Tú qué crees?
Se acercó con la almohada en la mano.
Tenía la boca lastimada, el pecho marcado y esa calma insoportable de hombre satisfecho.
—¿Fue porque no quedaste conforme?
Abrí la boca.
No podía creerlo.
—Dante Montalvo.
Él levantó una ceja.
—Eso sonó serio.