Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 4
Capítulo 4 — La novia, el lente y el intruso
El Estudio Azahar olía a flores frescas y a plancha caliente. Me llevaron a un vestidor del tamaño de mi cuarto entero, con espejos por todas partes, y una asistente me ayudó a ponerme el primer vestido: uno blanco, sin tirantes, bordado con miles de cristales diminutos que atrapaban la luz.
Cuando me vi en el espejo, no me reconocí.
El vestido se ceñía a cada curva de mi cuerpo, caía como agua, y de golpe la mujer del reflejo ya no era la niñera con anillo, ni la moneda de cambio, ni la hermana fea. Era alguien. Alguien que podía sostenerle la mirada al mundo.
Saqué el teléfono y me tomé una selfie, porque merecía un testigo de ese instante aunque fuera yo misma. La subí a Instagram con lo primero que me salió del alma:
"Si no puedo ser princesa, seré reina."
Guardé el teléfono sin esperar nada. Segundos después vibró: un "me gusta". De Damián Valcárcel.
Me quedé mirando la notificación como si fuera un jeroglífico. *¿Él? ¿El hombre de mármol le da like a una foto mía?* No dije nada. Pero algo, muy chiquito, se me movió en el pecho.
El fotógrafo nos colocó frente a un ventanal con luz de mediodía. Damián, de esmoquin, estaba a mi lado tan rígido como una columna. Yo, a un palmo de distancia, igual de tiesa. Éramos dos estatuas educadas fingiendo que no se conocían.
—A ver, a ver. —El fotógrafo bajó la cámara y nos miró con las cejas levantadas—. Entre ustedes dos cabe una persona más. ¿Para quién le guardan ese espacio? Es una boda, no un velorio. Acérquense.
Ninguno se movió. Y entonces, para mi sorpresa, fue Damián el primero en ceder. Su brazo rodeó mi espalda, firme, y me atrajo hacia él. Sentí el calor de su mano a través de la tela, y todo mi cuerpo se puso en alerta.
—Ahora la señorita —dijo el fotógrafo—. La mano en el rostro de él, mírelo como si lo quisiera. Suave.
Levanté la mano. Y me temblaba.
Le rocé la mejilla con las yemas de los dedos, la línea de la mandíbula, la piel recién afeitada. Y me dio vergüenza que se notara, pero era la verdad más tonta y más grande del mundo: *es la primera vez que toco la cara de un hombre.* Veintitantos años y nunca había tocado así a nadie. Y tenía que ser él. Este desconocido helado con el que me habían casado a la fuerza.
Damián bajó los ojos hacia mí. Yo levanté los míos. Nos quedamos así, más cerca de lo que ninguno de los dos había querido nunca estar, sus respiraciones y las mías mezclándose en ese palmo de aire tibio. Por un segundo —solo uno— me pareció que detrás de todo ese hielo había un hombre respirando de verdad, mirándome de verdad.
Ninguno de los dos abrió la puerta. Yo bajé la vista. Él apartó la suya. El fotógrafo disparó, encantado con la toma, sin sospechar lo que acababa de captar y lo que no.
—¡Perfecto! Cambiamos de vestuario. Ahora el estilo retro.
Me estaban ayudando con el segundo vestido cuando el escándalo estalló abajo.
Un golpe. Un grito. La voz del guardia y otra voz encima, pastosa, furiosa, terriblemente conocida.
—¡Suéltame! ¡Vengo a buscar a mi novia!
Salí a medio vestir al descansillo de la escalera. Teo. Teo, borracho, despeinado, con los ojos rojos, empujando al guardia del estudio y subiendo los escalones a trompicones.
—Teo, por Dios, ¿qué haces? —bajé unos pasos.
—¿Que qué hago? —Me señaló con el dedo, temblando entero—. ¿Cómo puedes estar tomándote fotos de boda con otro, Renata? ¿Con él? ¡Con un tipo que no te quiere! ¡Ven conmigo!
Damián apareció detrás de mí, sin prisa, y se apoyó en el barandal con los brazos cruzados. Ni una arruga en la calma. Miró a Teo de arriba abajo, con una media sonrisa que era pura crueldad elegante.
—Así que este es tu famoso "sin destino" —dijo, despacio—. Con esa actitud, cualquier destino se le espanta solo.
*¿"Sin destino"?* La frase me sonó a algo, a algo mío, pero no tuve tiempo de pensarlo, porque Teo se lanzó hacia mí. El guardia lo sujetó, Teo se revolvió, y en el forcejeo, en la orilla de la escalera, perdió el equilibrio.
Lo vi caer. Rodar por los escalones con un ruido espantoso de miembros y peldaños, hasta quedar tirado al pie de la escalera, gimiendo.
—¡Teo! —El grito me salió del fondo. Me arranqué hacia él.
Una mano se cerró sobre mi brazo y me detuvo en seco.
Damián. No me miraba a mí; miraba al hombre caído. Pero sus dedos me sujetaban con una firmeza que no admitía discusión.
—No olvides quién eres ahora —dijo, en voz baja, solo para mí—. La señora de Valcárcel.
Me quedé paralizada. En esa frase cabía todo: la orden, la advertencia, la jaula. Yo ya no era una amiga que corre a auxiliar a un amigo herido. Era un apellido que no podía dejarse ver arrodillado junto a un borracho. El guardia y una asistente levantaron a Teo. Lo llevaron al Hospital Mariana. Contusión leve, dijeron después. Nada roto, salvo lo que ya venía roto de antes.
Terminamos la sesión. No sé cómo. Sonreí a la cámara con el alma en otro lado.
Cuando salí del estudio, ya de tarde, esperaba encontrarme sola con un taxi. En cambio, ahí estaba el auto negro de Damián junto a la acera, con la puerta trasera abierta. Y él, adentro, mirando al frente.
—Sube —dijo—. Te llevo al hospital.
Lo miré sin entender. Este hombre que me había sujetado el brazo para que no fuera, ahora me llevaba él mismo. *Frío por fuera. ¿Y por dentro qué eres, señor Valcárcel?*
No hablamos en todo el camino. Pero me llevó.
En el Hospital Mariana, Juli ya estaba en el pasillo. Entré sola a la habitación. Teo, con un vendaje en la frente y la borrachera medio bajada, me miró desde la cama con una pena que me dolió más que cualquier reproche.
—Vine a salvarte —murmuró— y me caí por las escaleras. Qué héroe.
—Teo. —Me senté a su lado, y esta vez elegí cada palabra con cuidado, porque sabía que eran las últimas de una clase—. Escúchame. Te quiero. Como al amigo más leal que he tenido. Pero no de esa manera, y forzarlo solo nos va a destruir a los dos. Busca tu propio amor. Uno que sea para ti de verdad. A partir de hoy, cada quien por su lado. ¿Sí?
Teo cerró los ojos y asintió, despacio, y una lágrima se le escapó por el rabillo. Yo también sentí la mía. Pero era una despedida limpia, de esas que duelen porque están bien hechas.
Salí. Juli me acompañó hasta el elevador. Me pasó un brazo por los hombros, mirándome de reojo con esa mezcla suya de burla y cariño.
—Oye —dijo, mientras esperábamos—. Ese Valcárcel te trajo hasta acá con su propio auto. Frío será, pero mira. Quién sabe. A lo mejor, con el tiempo, hasta le agarras cariño.
—¿Con ese carácter? —Solté una risa cansada—. Lo dudo muchísimo, Juli.
Las puertas del elevador se cerraron sobre mi reflejo, y por un rato me permití no pensar en nada.
Esa noche, ya en casa, cuando creía que el día por fin me daba tregua, entró un mensaje de Juli.
"Rena. ¿Y el mensaje que le mandaste anoche a Damián en vez de a Teo? ¿Ya lo viste o no?"
Se me heló todo. Abrí el WhatsApp con el pulso disparado, subí por el historial, y ahí estaba mi error, escrito con mi propia mano, la noche anterior, cuando les contaba a mis amigos lo poco que sentía por ese matrimonio. Me había equivocado de conversación. En lugar de escribirle a Teo, le había escrito a él.
"Con él, no hay destino."
Cerré los ojos. *Con razón lo del "sin destino" en el estudio. Lo leyó. Lo leyó todo.*
Y debajo de mi mensaje, enviada horas atrás, tranquila, cortante, imposible de ignorar, estaba la respuesta de Damián Valcárcel:
"Más te vale que sepas que ya estás casada. Con nadie más necesitas tener 'destino'."