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Un Matrimonio Imperial

Un Matrimonio Imperial

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Traiciones y engaños
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.

Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.

Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.

La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.

NOVELA EXTENSA...

Advertencia: Novela +21

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Capítulo 24: La doctrina de la ruina

La luz del sol entraba a raudales por los ventanales del penthouse, dorada y brillante, pero no lograba calentar el aire que respiraba. Me miré en el espejo del tocador, larga y detenidamente, como si necesitara asegurarme de que seguía siendo yo. La chica que me devolvía la mirada no era la misma que había llegado aquí hace días, temblorosa, insegura, intentando no molestar. Algo se había roto anoche, y en lugar de lamentarlo, sentí que se liberaba.

—Basta —susurré a mi reflejo—. No vuelves a encogerte para que nadie se sienta cómodo.

Me senté en el borde de la cama y me tomé un momento para ordenar lo que había decidido. Era sencillo, brutalmente sencillo: a partir de ahora, yo iba primero. No Nash, que me moldeó a su imagen y semejanza hasta que olvidé quién era. No Denney, que me trajo a su mundo de cristal con reglas que nadie me explicó y miradas que me cortaban el aliento. Ningún hombre volvería a dictarme cómo vestirme, cómo comportarme, cuánto espacio ocupar. Si su presencia les molestaba, problema suyo. Yo no iba a desaparecer.

Denney Callahan había dejado de ser ese enigma imponente que apareció en mi rescate en la boda. Había dejado de ser el titiritero misterioso que movía los hilos desde las sombras. Ahora lo veía claro: era solo otro hombre. Arrogante, rico, acostumbrado a que todo se doblegue a su voluntad. Y si su intención era hacerme sentir pequeña, sucia, fuera de lugar… se equivocaba de mujer. Le devolvería cada mirada helada, cada silencio punzante, cada gesto de desprecio. Le pagaría con la misma moneda, y con intereses.

Me puse de pie y abrí el armario. Elegí deliberadamente uno de mis conjuntos favoritos: de seda verde pálida, fluida, con un escote suave y pantalones de talle alto que caían rectos y ligeros al caminar. Era mi diseño, mi tela, mi silueta. No era ropa para esconderme. Era ropa para brillar. Me peiné el cabello suelto, en ondas que me caían por la espalda sin orden ni sujeción, y me puse los pendientes largos que me regaló mi madre. No me arreglé para él. Me arreglé para mí. Para recordarme que sigo aquí, intacta, a pesar de todo.

Salí de mi habitación y caminé por el pasillo con paso firme. Entré en la sala principal y, sin dudarlo ni un segundo, dejé mi carpeta de bocetos, el rollo de cinta métrica y las tijeras de acero pulido sobre la mesa de centro de mármol blanco. La superficie estaba impecable, fría, perfecta. Mis cosas la ocuparon de inmediato, rompiendo esa perfección. Sonreí. Era solo el principio.

Fui a la cocina, preparé mi café y dejé la taza sobre la barra de granito sin colocarla en ningún salvamanteles. Encendí la pantalla grande de la sala y cambié el canal a un documental sobre diseño textil, con el volumen lo suficientemente alto como para que se escuchara claramente. No estaba siendo desagradable. Estaba siendo yo. Y si eso le molestaba, tendría que aprender a tolerarlo.

Oí sus pasos antes de verlo. Firmes, rítmicos, inconfundibles. Apareció en el umbral de la cocina impecable: traje de tres piezas de lana gris oscura, camisa blanca sin una sola arruga, corbata perfectamente anudada. El cabello negro peinado hacia atrás, la mandíbula apretada, los ojos gris plateado fijos en mí. Lo vi recorrer la barra, la taza sin plato, mis cosas sobre la mesa, y luego volver a mi rostro. La vena de su sien se marcó de inmediato.

Me senté en el borde de la barra, crucé las piernas y lo sostuve la mirada. No bajé la vista. No aparté el rostro. Bebí mi café despacio, mirándolo directamente a los ojos, con una calma que era pura provocación.

—Desordenó todo —dijo, y su voz era baja, contenida, como si estuviera mordiendo cada palabra.

—Sí —respondí, tranquila—. Estoy trabajando.

—Hay lugares para esas cosas —señaló la mesa del comedor con un gesto seco—. Esta zona es para comer.

—Yo como y trabajo aquí —dije, dándole un sorbo al café—. Acomódate.

Sus manos se cerraron en puños a los costados. Dio un paso hacia mí y el aire se volvió denso.

—No estableciste tú las reglas en esta casa, Lana.

—Tampoco las estableciste tú para mí —le devolví, sin apartar la mirada—. Me trajiste aquí sin pedirme permiso. Me hiciste fingir que somos pareja sin preguntarme qué quería. Así que ahora compártes el espacio, Callahan. O enciérrate en tu habitación como un niño enfadado. Lo que prefieras.

Se acercó más, hasta que sentí el calor que emanaba su cuerpo, distinto al aire fresco del resto de la casa. Olía a madera oscura y a esa loción que se quedó pegada a mi ropa la noche de la boda. Debería apartarme. Debería sentir miedo. Pero no me moví. Me quedé justo donde estaba, con las piernas cruzadas, la cabeza alta, desafiándolo a que hiciera algo.

—Me estás provocando —dijo, casi en un susurro.

Me encogí de hombros con una sonrisa fría.

—¿Te sientes provocado? Qué delicado eres.

Sus ojos se oscurecieron. Recorrieron mi cuerpo, lento, pesado, y no vi asco esta vez. Vi algo más oscuro, más hambriento, algo que me hizo latir el corazón con fuerza desbocada. Lo vi apretar los dientes, vi cómo se le tensaban los músculos del cuello. Y comprendí con una claridad aterradora: cuanto más lo desafío, más le atrae. Cuanto más lo odio, más quiere tenerme.

—Cuidado —advirtió, y la palabra vibró entre nosotros—. Juegas con fuego.

—Al menos no me aburro —respondí.

Se giró bruscamente, se sirvió un vaso de agua con mano firme, tomó sus documentos del escritorio y volvió hacia mí. Se detuvo a solo unos centímetros de mis rodillas, tan cerca que podría tocarme si se inclinaba. Su respiración era profunda, controlada, pero sentía la tensión que lo recorría por dentro, como una cuerda a punto de romperse.

Me miró a los ojos, y su mirada era tan intensa que dolía.

—Disfruta tu día en mi penthouse, Lana —dijo, con voz baja, pausada, cargada de una promesa que no quise descifrar—. Rompe cuantas reglas quieras. Pon tus tijeras, tus telas y tu desorden donde te dé la gana. Pero no olvides una cosa: en este juego de odio que acabas de iniciar… la casa siempre gana.

Sonreí, despacio, con toda la arrogancia que pude reunir.

—Entonces asegúrate de tener suficientes fichas, Callahan —le dije, inclinándome un poco hacia él, sintiendo cómo se le aceleraba la respiración—. Porque pienso hacerte perder hasta el último centavo de tu paciencia.

Me sostuvo la mirada un instante eterno. Vi algo cruzar su rostro: rabia, deseo, algo que parecía dolor. Luego se apartó con brusquedad y entró en el ascensor privado. La puerta se cerró lentamente, cortando su imagen de golpe.

Me quedé sola en la cocina, con el corazón latiéndome tan fuerte que me dolía el pecho. Me pasé una mano por el cabello, temblorosa de repente. Había ganado esta batalla. Él se había ido sin imponerme nada. Pero sabía que esto no había hecho más que empezar. Cada día sería así: miradas afiladas, palabras cortantes, la tensión creciendo entre nosotros como una llama que nadie se atrevía a apagar.

Caminé hacia la ventana y vi su coche salir del edificio, desaparecer entre el tráfico. Apoyé la frente en el cristal frío. ¿Por qué no siento miedo? Me pregunté. ¿Por qué cuando me mira así, furioso y hambriento a la vez, no quiero huir? ¿Por qué cada vez que chocamos, siento que me acerco más a la verdad que él se empeña en ocultar?

Sacudí la cabeza y me aparté de la ventana. No importaba. No importaba qué sentía él ni qué sentía yo. Lo único que importaba era no perder. No dejarme aplastar. Ser yo, completa y sin disculpas, en medio de esta jaula de oro que él construyó.

Recogí mi bolso, me puse los zapatos y salí hacia el taller. El sol brillaba en la calle, cálido y real. Caminé con la cabeza alta, sintiendo la tela de mi conjunto moverse conmigo, sintiendo el peso de la promesa que me hice esta mañana.

Guerra declarada. Y esta vez, no pienso rendirme.

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JOGXANDY BELLO
jejeje critica constructiva, fue a humillar a otros y se humillo ella misma, solo no se doblega contra él protahonista pero si se humilla contra los demas, sobretodo con sus enemigos, no estoy entendiendo la logica de la narraccion. Espero que el cambio realmente sea significativo
A.B.G.L: Si resulta algo exasperante, pero es que ahora quiero darles ese toque humano, donde hay margen de error y así, espero que te vaya gustando...👏
total 1 replies
JOGXANDY BELLO
Que horror eso que es la primera aparicion y ya pierde los modales, no creo que este dando la imagen de chica super poderosa jejeje
A.B.G.L: hola, gracias por tu primer comentario, la verdad es que estoy queriendo que la evolución de los personajes fluyan natural y algo calmado, pero mas adelante ella cambiará un poco, gracias por tu apoyo...
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