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Vendida Al Rey Dragón

Vendida Al Rey Dragón

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Dragones
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia Hache

Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.

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Capítulo 14

El estómago de Isabela rugió sutilmente, una traición silenciosa en medio de su orgullo. Aunque el apetito chocaba violentamente con la tensión del momento, la idea de pasar el resto del día con el estómago vacío en un lugar tan hostil le pareció una estupidez. No iba a debilitarse por culpa del orgullo; ya había demostrado que sabía sobrevivir en la peor de las tormentas.

—No necesito que me alimentes, Malakor —respondió ella con la barbilla en alto, obligando a sus piernas a dar un paso al frente y acortar la distancia—. Y guárdate tus comentarios sobre mi vida en Valaria. No sabes nada de lo que tuve que soportar entre esas paredes de hielo.

El rey de los dragones se giró por completo, deteniéndose en el umbral de la puerta lateral que comunicaba con los comedores privados del ala real. Sus ojos ámbar la recorrieron de arriba a abajo, evaluando la fiereza con la que se defendía incluso ante el hambre.

—Entonces demuéstrame de qué estás hecha más allá de tus palabras, princesa —dijo Malakor con una media sonrisa retadora, antes de adentrarse en el pasillo.

Isabela lo siguió de cerca, negándose a caminar detrás de él como una sombra sumisa. Se mantuvo a su costado, midiendo cada uno de sus movimientos mientras atravesaban un corredor secundario escasamente iluminado por antorchas de piedra. El aire aquí olía a especias pesadas, vino añejo y carne asada, un recordatorio físico de que el palacio de Asgardia vivía en los excesos de la guerra y la conquista.

Al entrar en la sala privada, una mesa baja tallada en madera volcánica y rodeada de pieles oscuras ya estaba repleta de bandejas de plata: carnes ahumadas, frutos rojos del sur, pan caliente y jarras de un líquido oscuro que humeaba tenuemente. No había sirvientes presentes; en el círculo íntimo del rey, la privacidad era la norma.

Malakor se dejó caer pesadamente en uno de los asientos principales, sin apartar los ojos de Isabela mientras ella permanecía de pie, evaluando el banquete con desconfianza.

—Tranquila, no hay veneno en la comida —bromeó el rey con una nota de burla en la voz, sirviéndose una copa de vino oscuro—. En Asgardia los enemigos se matan cara a cara, con espadas o con fuego, no por la espalda con copas envenenadas. Eso es de cobardes del sur.

Isabela tomó asiento frente a él, manteniendo una distancia prudencial, aunque el aroma de la comida le recordó cuánto le exigía el cuerpo después de la prueba de la mañana. Tomó un trozo de pan y un poco de carne, comiendo con elegancia contenida, consciente de que los ojos de Malakor no se habían despegado de su rostro ni un solo segundo.

—Dime una cosa, Malakor —comenzó ella, deteniéndose con el tenedor en la mano y mirándolo fijamente—, si según tú no hay secretos en este imperio... ¿por qué tu gente me mira como si esperara el momento exacto en que caiga muerta? No es solo porque sea la extranjera del norte. Hay algo más que no me estás diciendo sobre esta corona.

El rey detuvo el movimiento de su copa a medio camino de los labios. Su sonrisa burlona se desvaneció lentamente, reemplazada por una expresión oscura y calculadora que le dio a su rostro un matiz verdaderamente peligroso.

El silencio que siguió a la pregunta de Isabela fue denso, casi pesado, como si las paredes de piedra volcánica guardaran el secreto y se negaran a dejarlo escapar.

Malakor dejó la copa sobre la mesa de madera con un golpe seco que hizo tintinear los bordes de plata. Inclinó el torso hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, con la mirada ámbar clavada en los ojos de la princesa con una intensidad que parecía querer traspasarle el alma.

—¿De verdad crees que te trajiste solo una corona, Isabela? —preguntó el rey, con su voz ronca bajando de tono, adquiriendo una gravedad que helaba la sangre—. En Asgardia, una reina no es una simple esposa decorativa ni un trofeo firmado en un tratado de paz. La mujer que se sienta a mi lado no solo comparte mi lecho y mi trono; comparte la maldición de esta tierra.

Isabela contuvo el aliento, manteniendo la espalda recta frente al peso de sus palabras.

—No le temo a las maldiciones, Malakor. En mi tierra natal, el invierno ya se encargó de matar cualquier esperanza de miedo —respondió ella, con la voz firme, aunque sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del borde de la mesa—. Explícate. ¿Qué es lo que esconde esa corona que hace que tu propia horda me mire con esa mezcla de hambre y terror?

Malakor esbozó una sonrisa torcida, una mueca oscura que no alcanzaba a llegar a sus ojos.

—El imperio de Asgardia no fue construido solo con fuego y conquista, princesa —comenzó a explicar el rey, recostándose lentamente en su asiento sin apartar la vista de ella—. Los primeros reyes de esta estirpe sellaron un pacto de sangre con las bestias primigenias que habitaban las entrañas de los volcanes. Una unión absoluta entre el poder del hombre y el apetito insaciable del fuego.

Hizo una pausa breve, dejando que el peso del relato flotara en la habitación antes de rematar:

—Durante generaciones, cada reina que intentó reclamar este lugar sin la fuerza suficiente... terminó siendo consumida por el propio nido. No solo por las llamas de los dragones, sino porque el trono mismo rechaza a los débiles. La horda no te mira esperando que mueras a manos mías; te mira apostando el día en que tu cuerpo no soporte el peso de la corona y las bestias decidan devorarte desde adentro.

Isabela sintió que un escalofrío helado le recorría la espina dorsal, disipando de golpe el calor de la habitación. No era una simple amenaza política ni una prueba superada en la explanada; era un vínculo eterno con un poder voraz que no perdonaba debilidades.

Sin embargo, en lugar de encogerse de terror, la barbilla de Isabela se alzó con un orgullo indomable. Sus ojos oscuros brillaron con una furia helada, desafiando al mismísimo rey y a la historia de su imperio.

—Entonces tendrán que prepararse para perder la apuesta —respondió Isabela con una frialdad absoluta, dejando caer el tenedor sobre el plato—. Porque si el trono cree que va a devorarme, aprenderá muy pronto que el hielo corta más profundo que las garras de cualquier dragón.

Malakor la miró fijamente, estupefacto por un segundo antes de que una carcajada de pura y salvaje fascinación estallara en su garganta.

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Flæka Caviedez
Ayyyyy que no se la tomé
Nena
Uf!!! De una se la soltó
Natalia Vasquez
tantas pruebas que le pone Malakor a Isabela😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔👏👏👏👏👏quieres una reina o es una competidora 😂😂😂😂😂.
Natalia Vasquez
uppppps valla ese hombre va al punto 😂😂😂😂🤔🤔🤔🤔🤔🤔👏👏👏👏.
Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Natalia Vasquez
ambos son orgullosos y mandones😂😂😂😂😂.
Natalia Vasquez
se quedó mamando la otra pendeja, toma pa que lleves 😂😂😂😂👏👏👏👏👏🤔🤔🤔🤔.
Yolanda Plazola Arroyo: jajajaja y si valla babosada pará que se entretenga 😂😂
total 1 replies
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