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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 18

Capítulo 18 — Solo viuda, no divorciada

Al poco rato, Adrián salió de nuevo.

Amelia alzó la vista y solo entonces lo vio bien: llevaba una camiseta blanca de manga corta, un pantalón deportivo gris claro, y el cabello aún húmedo, con el flequillo caído sobre la frente. Se había esfumado por completo la frialdad del día. Parecía un universitario de veintipocos años. De esos a los que las chicas llaman el galán de la facultad.

—¿No es mejor que tu pretendiente? —preguntó Adrián con sorna.

—¿Eh? —Amelia lo miró sin entender. ¿Qué pretendiente? Ese hombre estaba rarísimo esa noche. Pero, eso sí, bastante vanidoso.

Adrián abrió la palma y la extendió hacia ella. Sobre la mano descansaba lo que parecía un estuche de anillo.

Amelia se desconcertó aún más.

—¿Qué significa esto?

Adrián abrió la cajita. En efecto, dentro había un par de anillos. El diseño era sencillo, pero se veía claramente que eran alianzas de pareja.

En los ojos de Amelia cruzó un destello de sorpresa. Levantó la mirada hacia él. Antes de que pudiera preguntar, Adrián explicó con tono neutro:

—Lo estuve pensando. Ya que nos casamos, es mejor que los demás sepan que estamos casados.

Hablaba con calma, pero pareció cargar un poco más de fuerza en «los demás». Fue lo que Fernanda le dijo aquel día lo que se lo recordó; enseguida le encargó a Emilio comprar las alianzas.

—No hace… falta, ¿no? —objetó Amelia con suavidad. Al fin y al cabo, solo habían firmado un acta; no lo habían anunciado a nadie, y quién sabe si en poco tiempo terminarían divorciándose.

Adrián frunció ligeramente el ceño. Así que era verdad lo de Fernanda: esta mujer sí tenía un pretendiente, y por eso no veía «necesario» que los demás supieran que estaba casada.

—Amelia, que no quieras usar el anillo… ¿no será que tienes otras intenciones?

Amelia le lanzó una mirada exasperada.

—Solo digo que, como nuestro matrimonio es en secreto, si me ven con un anillo, seguro me van a preguntar hasta el cansancio.

Quería evitarse problemas innecesarios.

—Basta con que les digas que estás casada. No hace falta que les digas con quién.

Adrián lo tenía todo previsto, hasta la respuesta que ella debía dar.

Amelia lo pensó. En el fondo no le parecía tan mala idea.

—Está bien.

Alzó la mano para tomar el anillo de mujer, pero Adrián se la apartó con un golpecito, cogió él mismo la alianza y dijo:

—Los anillos de pareja no se ponen uno solo. La mano.

—…Ah. —¿Tanto protocolo?

Amelia extendió la mano izquierda. Adrián le deslizó el anillo en el dedo anular. El leve frío del metal le apretó el corazón.

Bajo la luz, el anillo despedía un brillo tenue. Al mirarlo, algo extraño cruzó por su pecho. Hasta entonces, salvo por figurar en la misma acta, nada había demostrado que fueran marido y mujer. Ahora ese anillo se lo recordaba: de verdad se había casado con Adrián.

La sensación era algo irreal y, sin embargo, le daba una extraña calma.

Amelia tomó la alianza de hombre y se la puso a Adrián en el dedo con una sonrisa.

—Adrián, a partir de ahora, cuidémonos el uno al otro.

Durara lo que durara ese matrimonio, en ese instante sus vidas ya se habían entrelazado.

Adrián soltó un «ajá». Su voz, grave y aterciopelada, resonó:

—Amelia, aunque esté retirado, para un militar el matrimonio es de por vida. En mi registro solo cabe «viudo», nunca «divorciado». No se te ocurra pensar otra cosa.

Sus palabras la rozaron como la brisa tibia de marzo, y ella se dejó embriagar por ellas. Al ver a la mujer pasmada, Adrián alargó la mano, le acarició la coronilla, sonrió apenas y se dio la vuelta hacia su cuarto.

Amelia se quedó ahí plantada un buen rato, con el corazón desbocado.

Aquello que él acababa de decir… ¿qué había querido decir?

...

En la casa Cruz, una voz aguda de mujer rasgaba el silencio de la noche.

—Papá, yo no me caso. Sabes que a quien quiero es a Bruno.

Cintia le gritaba a Genaro con la cara descompuesta.

—Ese hombre tiene casi cincuenta años. ¡Es casi de tu edad!

Genaro también estaba desesperado.

—Cintia, papá no tiene otra salida. Si no llega una inversión pronto, la empresa quiebra. El señor Mora dijo que, con solo unir a las dos familias, le inyecta diez millones a mi compañía.

En los últimos dos años el negocio de los Cruz iba de mal en peor; con la economía como estaba, ese año directamente no le alcanzaba para cubrir gastos. Había buscado inversores por todas partes, y solo aquel señor Mora accedía… con la condición de casarse con su hija.

Genaro sabía que entregar a su hija a un viejo como Mora era condenarla, pero, por la empresa, no le quedaba alternativa.

Cintia zarandeó el brazo de Melina.

—Mamá, yo no me caso. Soy tu hija de sangre. No pueden hacerme esto. Y no puedo traicionar a Bruno.

—Si ese Bruno sirviera de algo, podría ayudar a los Cruz —gruñó Genaro, ceñudo, sin ocultar su rechazo—. Pero no tiene nada. ¿De qué te sirve andar con él?

—Bruno está a punto de entrar al Grupo Guerrero. Su futuro es brillante —protestó Cintia.

Genaro soltó una risa despectiva.

—Aun así, sería un empleado más. No es el presidente del Grupo Guerrero. ¿Nos va a poder ayudar a nosotros?

—Mamá… —Al ver que a Genaro no lo movía nada, Cintia recurrió a Melina.

Ella, muerta antes de casarse con ese Mora.

Melina suspiró.

—Cintia, tu papá tiene razón. ¿Por qué te fuiste a enamorar justo de un hombre sin dinero ni poder como Bruno?

Se volvió hacia Genaro.

—Marido, oí que ese Mora es de lo más mujeriego, que anda de una en otra. Si de verdad le entregamos a Cintia, no va a ser feliz.

Cintia era su única hija. A ese pozo de fuego no la iba a empujar.

Genaro le lanzó una mirada.

—¿Crees que no lo sé? ¿Pero tienes tú otra solución? Si no acepto sus condiciones, los Cruz nos vamos a la quiebra.

Melina no supo qué replicar. La quiebra de los Cruz significaba el fin de su vida de señora rica. Y quien ha probado la buena vida ya no quiere volver a la miseria de antes.

En eso, a Cintia se le movieron los ojos y una idea le cruzó la mente.

—Papá, ese señor Mora dijo que quería unirse a nuestra familia, pero… ¿especificó con cuál de nosotras?

—No.

A Cintia se le iluminó la cara.

—Papá, ¿no te olvidas de que tienes otra hija? Amelia es tan bonita. A lo mejor a Mora hasta le gusta más.

Lo que no le dijo a Genaro fue que Amelia tenía prometido. Bastaba con casarla con Mora antes de su boda y el problema quedaba resuelto: ella podría seguir con Bruno.

Melina se dio una palmada en el muslo, encantada.

—¡Claro! Amelia también es hija de los Cruz. Y como es la mayor, le corresponde casarse primero.

Genaro guardó silencio unos segundos.

—No es mala idea —dijo, preocupado—. Pero esa malcriada, cuando se fue de casa, dijo que ya no tenía nada que ver con nosotros. Si le pido que se case por conveniencia, se va a negar de plano.

Y, sin embargo, en el silencio de aquella sala, empezaba a tejerse el plan más ruin que padre alguno pudiera urdir contra su propia hija.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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