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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:416
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 22

Capítulo 22: Marisco

Me despertó un martillo. Estaba adentro de mi cabeza, justo detrás de los ojos, y pegaba con el pulso.

Abrí un ojo. La luz entraba blanca por la cortina, luz de mediodía, y en el buró estaba la Walther con la mascada rosa hecha moño, como un regalo de cumpleaños para alguien que odias.

Lo demás vino solo, en desorden. El mono con las dos manitas en mi dedo. "Hermana". La patada en la puerta. Una botella con la etiqueta amarilla, el fondo mirando al techo. Una paleta de cuero contra mi pecho. Un dedo empujando una mejilla. O-gro.

Y el vómito. Sobre él. Sobre la camisa negra.

Me senté de golpe y el cuerpo me devolvió al colchón antes de terminar de sentarme: una punzada desde las nalgas hasta la espalda baja que me sacó el aire. Me quedé de lado, con la cara en la almohada, y entonces me di cuenta de que bajo la cobija no traía nada. Ni el camisón. Alguien me lo había puesto y yo me lo había quitado dormida, o él no llegó a ponérmelo, y no quería saber cuál de las dos.

Tocaron. Doña Meche entró con una charola y me miró con esa cara de las señoras del mercado cuando el pollo ya no está fresco.

—Ay, niña.

En la charola, una taza de té, dorado, casi frío, y un frasquito de vidrio café con un gotero.

—Ese té lo trajo el patrón anoche —dijo—. Ya se enfrió dos veces. Y esto te lo tomas ahora, diez gotas en agua.

Miré el frasquito. No tenía etiqueta. Se me ocurrió, con el martillo detrás de los ojos, que en esa casa un frasquito sin etiqueta podía ser cualquier cosa, y que ayer lo había hecho enojar como nadie lo hacía enojar y seguía viva, y que a lo mejor seguir viva era lo que se corregía ahora.

Doña Meche me vio la cara y se rio con la nariz.

—Es para la cruda. El patrón lo mandó desde temprano, antes de irse a sus juntas. —Me sirvió las gotas en un vaso, contándolas con los labios—. Él odia que la gente beba. Odia el olor. ¿Y anoche te hizo tomarte una botella entera? —Movió la cabeza—. Ni modo. Tómate eso.

Sabía a hierba amarga y a alcohol. Me lo pasé de un trago.

—Hoy no sales del cuarto —dijo doña Meche desde la puerta—. Órdenes. Mañana llega una visita y el patrón está limpiando la casa. No me preguntes de qué.

Cuando se fue, me levanté como pude, con la cobija en los hombros, y abrí el clóset.

La manta gris estaba donde la había dejado. Metí los dedos entre el tercer doblez y el cuarto, y el frasco estaba ahí, liso, tibio de la lana. Lo saqué. Sesenta pastillas blancas que hacían un ruido de sonaja.

"¿Tú crees que el Lobo quiera un hijo tuyo?", había dicho Anya. "¿Qué crees que te pase si te embarazas?"

Le quité la tapa. Saqué una. Era chiquita, más chica que una lenteja, y me la puse en la lengua.

Y entonces el vientre se me hundió, una punzada sorda, de adentro, distinta a todas las de arriba y de abajo, y supe lo que era antes de bajar la vista. Una tibieza que se abría paso. El calendario que yo había perdido en el rancho me alcanzaba en ese clóset, a mediodía, con una pastilla en la lengua.

"Se suspende en la regla".

Me la saqué de la boca con dos dedos, la sequé en la cobija y la metí de regreso en el frasco. Enrosqué la tapa. Hundí el frasco en la manta, más adentro, hasta el fondo del doblez, y alisé la lana como él la había dejado. Cincuenta y nueve en la cuenta de Anya. Sesenta en la del frasco.

El resto del día fue una cueva.

Doña Meche me trajo lo que hacía falta sin que se lo pidiera, en una bolsa de papel, sin comentarios, y yo me hice bolita en la cama con las rodillas contra el pecho. Dolía abajo, por dentro, en oleadas que subían y bajaban, y dolía atrás, por fuera, cada vez que me movía, y las dos cosas se turnaban para que no hubiera manera de acomodarse. La toalla se corría. Se corría siempre. Quien las diseñó nunca había tenido que quedarse quieta en una cama ajena con la mitad del cuerpo en carne viva; las alas deberían ser de águila, pensé, y me dio risa, y la risa me dolió.

En mi casa, mi mamá ponía a hervir canela sin que yo se lo pidiera. Te daba el té en la taza de la Virgen y una bolsa de agua caliente envuelta en una toalla, y te decía "ya, ya, mija, es un día", y se sentaba en la orilla de la cama a ver la tele contigo.

Aquí había una bolsa de papel.

Y me vino Tamal, chiquito, con las manitas en los barrotes de la jaula bajo la lona. Me vino que yo estaba igual. Que me iba a quedar en ese cuarto hasta que el cuerpo se me acabara y entonces alguien me iba a llevar al cerro de atrás como se lleva lo que ya no sirve, y nadie en Narvarte iba a saber nunca en qué cuarto, en qué cerro.

Lloré. Primero bajito, como se llora en esa casa. Y luego se me olvidó dónde estaba y lloré como en el mercado, como en el estacionamiento de tierra, con toda la voz, con la almohada mordida y la garganta abierta.

No oí la puerta.

—¿Qué gritas?

Se me cortó el llanto con un hipo tan fuerte que me dolió el pecho. Me quedé quieta debajo de la cobija, con los ojos cerrados, como si no verlo sirviera de algo.

La cobija se fue. De un jalón.

Yo estaba ahí abajo, en el camisón blanco que doña Meche me había puesto, todo arrugado y torcido, con el pelo hecho un nido y los ojos, lo sabía sin verlos, como dos nueces. Él me miró de arriba abajo con la cara de siempre, y la mirada se le detuvo en la sábana.

Bajé los ojos. Una mancha. Chica, redonda, roja sobre el algodón blanquísimo, junto a mi cadera.

—¿Estás herida?

Se agachó. Su mano fue a levantarme el camisón por el muslo, la mano que me revisaba después del sótano, la que sabía dónde buscar.

—¡No! —Me rodé para el otro lado, con las piernas apretadas—. ¡Es la regla! ¡Me bajó!

La mano se quedó en el aire.

Lo vi. Vi a ese hombre que había tenido una pistola a los diez años, que había visto y hecho cosas que yo no quería imaginar, quedarse con la mano suspendida sobre una mancha del tamaño de una moneda, como si le hubieran cambiado el idioma. La retiró. Despacio. Tosió, una tos seca, y se enderezó, y fue al sillón de piel y se sentó, y se llevó la mano al bolsillo de la camisa donde traía el puro, y lo sacó, y lo miró, y lo guardó otra vez. Después miró la ventana. Después el reloj. Después la puerta del baño, como si hubiera que revisarla.

Era la primera vez que lo veía ocupado en no hacer nada.

Me bajé de la cama. Descalza, con el camisón agarrado por delante, me fui a la orilla y me quedé viendo la sábana.

—Manché la sábana… —Se me quebró la voz—. Perdón. Yo la lavo.

—Que doña Meche la cambie.

Ni asco, ni enojo. Lo dijo como se dice que va a llover. Ese hombre que alineaba las pantuflas y que había tirado a la basura una camisa de miles de dólares porque yo la había ensuciado, miró la sábana con mi sangre y dijo que la cambiaran.

Me quedé de pie ahí, con el dolor en oleadas, y levanté la mano. Como en la escuela. No sé por qué así.

—¿Puedo llorar un ratito?

Pedir permiso para eso. Él me miró largo.

—No.

Algo se me apagó. Bajé la mano.

—…No sola. —Se acomodó en el sillón, la espalda contra el respaldo—. Solo en mis brazos.

Y abrió los brazos.

Así, sin cambiar la cara. Como quien abre una puerta que ya estaba ahí.

Lo miré con la nariz tapada y las rodillas temblando de frío y de todo lo demás, y pensé: que sea lo que sea. Me dolía. Me dolía mucho y tenía frío y estaba a mil kilómetros de la taza de la Virgen. Crucé el cuarto y me dejé caer contra él, de lado, con las rodillas dobladas sobre sus piernas, y sus brazos se cerraron.

No me dijo "ya, ya". No me acarició el pelo. No hizo nada de lo que hace la gente. Me sostuvo, con una mano en la espalda y la otra en la nuca, apretando, y me dejó llorar contra su camisa hasta que la tela se puso tibia y pegajosa de lágrimas y de mocos, y no se movió.

Cuando se me acabó el aire, me quedé ahí, escuchándole el corazón. Iba lento. Muy lento, como si fuera de alguien que duerme.

Tenía su camisa apretada en el puño. Y me salió la pregunta que llevaba semanas debajo de todas las demás, la que no me atrevía ni a pensar completa.

—¿Usted… puede no matarme?

—No te mato.

Ni un segundo. Lo dijo como se contesta la hora.

—¿Pase lo que pase?

—Pase lo que pase.

Y entonces, porque el dolor me tenía tonta o porque todavía quedaba vino en algún rincón, dije lo que no debía:

—¿Ni aunque yo lo quiera matar a usted?

El cuerpo que me sostenía se puso duro. Sentí subir algo, un frío, desde el pecho contra el que estaba recargada, y en ese medio segundo pensé en la mancha de la sábana y en la paleta de cuero y en el cerro de atrás.

Y bajó. El frío bajó, y en su lugar salió una risa, corta, de nariz, la de anoche.

—¿Ya no te duele? —Me apretó la nuca—. Primero motín. ¿Ahora magnicidio?

No contesté. Me temblaba la barbilla.

—Tú no me matas. Yo no te mato. —Una pausa—. Parejos.

Me quedé quieta. No sabía si eso era una promesa o una broma o un contrato. En esa casa todo era contrato. Pero lo guardé donde guardaba las cosas que me mantenían viva, junto a la voz de mi mamá.

Me tomó por los hombros y me giró, y me acomodó de espaldas contra su pecho, entre sus piernas, como se acomoda un bulto. Su mano, la derecha, la grande, se metió por debajo de mi brazo y se puso sobre mi vientre, encima del camisón, abierta.

Estaba caliente. Muy caliente. Y empezó a moverse en círculos, despacio, con la palma entera, apretando apenas.

Y el dolor se aflojó. No sé cómo. Como si el calor lo desanudara desde afuera. Cerré los ojos y se me fue la cabeza para atrás, contra su hombro, y me quedé ahí, dejándome, con el ronroneo de un gato al que le pasan la mano a contrapelo y luego a favor.

—¿Cómo te llamas?

Abrí los ojos.

Llevaba en esa casa más de tres semanas. Había dormido bajo ese hombre, había llorado bajo ese hombre, había firmado con mi pulgar en tinta roja delante de ese hombre. Y él sabía "Quintana", porque lo decía Teo. Nada más.

Tenía la nariz tapada, la garganta rota de tanto llorar, y el labio de abajo partido por la mitad de tanto mordérmelo. Me salió como pude.

—Marisol.

Un segundo de silencio.

—¿Marisco?

Y se rio.

No como anoche. No por la nariz. Se rio con el pecho, con la garganta, con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, una carcajada que me sacudió la espalda entera y que llenó el cuarto, y que siguió, y siguió, y no se detenía. Yo nunca había oído ese sonido en esa casa. Creo que nadie lo había oído en mucho tiempo.

Y a mí se me subió la sangre a la cara.

—¡No! —Me giré, con el cuello torcido, y le grité en la mejilla—. ¡Ma-ri-sol! ¡Sol! ¡Como el sol!

Se me acabó el grito y se me acabó todo. Vi su cara a un palmo, con los ojos todavía arrugados de la risa, y me di cuenta de lo que acababa de hacer, y de a quién, y me encogí contra su pecho otra vez, chiquita.

—…Tengo la voz ronca —dije, hacia su camisa.

—No estoy sordo. —Todavía le quedaba risa en la voz—. Te acabo de dar salvoconducto y ya te quieres morir.

Puso la barbilla en mi cabeza. Sentí cómo me pesaba.

—Mar y sol —dijo, más bajo—. Agua y fuego. —La mano en mi vientre siguió girando—. Por eso te gustan los mapas.

Y luego, como quien pone un sello:

—Igual sigues siendo cachorra.

Yo no dije nada. Tenía la cara caliente y el vientre tibio y una palabra nueva, ridícula, encima, y no sabía qué hacer con ninguna de las tres cosas.

Me quedé dormida así. Cuando abrí los ojos, la luz ya era naranja y yo necesitaba el baño.

Cuando salí, el sillón estaba vacío.

No se quedaba nunca. Y esa noche, con el cuerpo como lo tenía, di gracias por eso con una vergüenza que no me quitó el alivio.

Doña Meche entró con dos muchachas y un edredón de pluma nuevo, y me señaló el sillón de piel con la barbilla.

—Siéntate ahí mientras. Y no te muevas.

Me senté. Era la primera vez. El sillón guardaba su forma, su hueco, y olía a él. Las muchachas quitaron la sábana con la mancha sin verme, doblándola hacia adentro, como se dobla algo que no importa, y pusieron una nueva, y el edredón encima, y se fueron.

Tocaron otra vez. Teo, con un frasco blanco en la mano, se quedó en el marco.

—De parte de la doctora, señorita Quintana. Para el dolor. Una al día como máximo. —Lo puso en el buró, junto a la pistola con moño, sin mirarla—. Palabras de la doctora.

—Teo… —Me acomodé el camisón—. ¿Le puede dar las gracias? Y… ¿ella está bien? Por lo de ayer. ¿El señor Salvatierra no…?

—La doctora está bien.

Inclinó la cabeza y se fue. Con Teo nunca se sabía si eso era una respuesta o una puerta cerrada.

Doña Meche estaba acomodando la cobija de arriba, y sin levantar la cabeza, con la voz que usaba para hablar de la lluvia, dijo:

—El patrón sufrió mucho de chico. Mucho. —Estiró la orilla—. Pero desde que tú llegaste… se ríe.

Me quedé viéndola.

Ese hombre. Con sus casas, sus hombres, su sótano, su alfombra de veinte mil dólares. Sufrir. Yo sabía lo que era sufrir: me lo había enseñado mi propio tío, con un vaso de agua en un aeropuerto de tierra. ¿Qué podía haberle pasado a él que fuera peor que eso?

Doña Meche apagó la luz grande y me dejó la de la mesita.

Me acosté con el frasco de las pastillas para el dolor entre las manos, contra el pecho, como se abraza un muñeco. Y antes de dormirme decidí que mañana, cuando trajera el té, le iba a preguntar. Cuánto. De chico. Cuánto.

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