A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — Me gustan mayores
Llevaba tres días riéndome sola de un nombre.
"Leoné." Lo dije en voz alta frente a la laptop, saboreando las sílabas, y otra vez esa risa boba me subió por el pecho sin permiso. No sabía de dónde me salía. Solo sabía que, cada vez que leía la palabra impresa en la etiqueta dorada, algo se me aflojaba por dentro, como un nudo que ni sabía que traía.
—Deja de sonreírle a la pantalla como quinceañera —me regañé, y volví a los pedidos.
Los pedidos eran el verdadero milagro. En una semana, Leoné se había vendido casi solo. Lorena me escribió a las siete de la mañana: "Comadre, se me acabó el sérum, ¿me apartas tres? Uno es para mi cuñada, que ya lo vio en mi cara y no me cree que no me hice nada." Media colonia del gimnasio Vitalis había vuelto a comprar. Hasta las muchachas de la recepción, que ganaban lo que ganaban, se juntaban para pedir un frasco entre todas.
Y luego llegó el pedido que me dejó con el café a medio camino de la boca.
Trescientas cajas. Una sola clienta. Nombre: Soledad Arzúa. Dirección de facturación en Las Lomas.
—¿Trescientas? —le pregunté a la pantalla, como si me fuera a contestar—. ¿Y esta señora qué? ¿Va a bañar en sérum a todo Polanco?
Estaba todavía con la boca abierta cuando tocaron el timbre.
Abrí esperando a la mensajería y me encontré con una melena rosa chicle, unos tenis carísimos y una sonrisa que reconocí antes que la cara, porque era la misma sonrisa de mi vecino, solo que en versión desparpajada.
—Tú eres Regina —dijo, y se metió a mi departamento como si viviera ahí—. Soy Estrella. La hermana del amargado de junto.
—Del... —Cerré la puerta despacio—. Del joven Mendívil.
—De Leo, sí. El del cuarto piso, el que no contesta el teléfono, el que tiene a mi mamá pidiéndole velas a la Virgen. —Se dejó caer en mi sillón y me clavó unos ojos idénticos a los de él—. Fue ella la de las trescientas cajas, por cierto. Mi mamá. En cuanto vio el frasco dijo: "esto lo hizo una mujer que sabe lo que vale", y ya, a repartirlo entre medio Las Lomas como si fueran tamales de Candelaria.
Me senté frente a ella sin saber bien qué hacer con las manos.
—No sé ni qué decir. Es... muchísimo.
—No digas nada. Los Mendívil somos así de exagerados. —Se encogió de hombros, y por un segundo la sonrisa se le puso más suave—. Venimos de una familia rara, Regina. Mi mamá tuvo a Leo ya grande, después de que se nos murió Nacho, mi hermano el mayor. Un embarazo de altísimo riesgo, a su edad, después de un entierro. Todos le rogaron que no. Ella dijo que sí. Leo nació de ese "sí". Por eso lo tienen entre algodones desde chiquito y por eso mi tía Lucía viene desde Miami cada tres meses a querer casarlo con alguien.
—Es la mayor, la manda más de la familia —siguió Estrella, contando con los dedos—. Dirige medio imperio allá arriba y a su esposa la trae en palmitas, pero con Leo y conmigo se cree con derecho a organizarnos la vida. Luego está Mónica, la de en medio, en un puesto de gobierno, muy correcta ella, la que nunca da un paso en falso. Y yo, la oveja rosa, que diseño trapos y no le hago caso a nadie. Cinco fuimos. Cuatro quedamos. Y el consentido, el que llegó de milagro, es el que ahora trae a toda la tribu con el Jesús en la boca.
—¿Casarlo?
—Los Urbina. Una niña recién bajada de Cambridge, guapa, de buena cuna, todo el paquete. —Estrella puso los ojos en blanco—. Ayer se lo presentaron en la comida familiar. ¿Sabes qué preguntó el niño consentido, delante de todos, sin despegar la vista del plato? "¿Cuántos años tiene?" Le dijeron veinticuatro. Y él, tan campante: "A mí me gustan mayores."
Se me quedó atorada la respiración un instante. No supe por qué.
—Se estaría burlando —dije, y agarré mi taza para tener algo que sostener.
—Mi hermano no se burla de esas cosas. Mi hermano trae a una mujer metida en la cabeza, y nadie en la familia sabe quién es. —Estrella ladeó la cabeza—. Mayor que él, dice. Mi mamá casi se desmaya.
No alcancé a contestar, porque en ese momento la puerta que compartíamos el pasillo se abrió y ahí estaba Leo, saco sin corbata, cara de pocos amigos, un táper en la mano.
—Estrella. —El nombre le salió como una advertencia—. ¿Qué haces aquí?
—Conocer a la vecina. Deberías probarlo tú, cavernícola. —Se levantó, me guiñó un ojo y me apretó el brazo al pasar—. Un gusto, Regina. Usa mi mamá de aval, que ya te adoptó.
Se fue por donde vino, dejándonos a los dos en el marco de la puerta.
—Perdón por ella —dijo Leo, y me tendió el táper sin mirarme a los ojos—. Carne para el mole. Sobró en la casa.
—A usted siempre le sobra comida, Leo. Qué casualidad. —Tomé el táper. Estaba tibio. Alguien lo había calentado a propósito—. Su hermana me contó lo de las trescientas cajas. Dígale a su mamá que se lo agradezco muchísimo, pero que no hace falta que...
—Le gustó tu producto. Ya. No le des tantas vueltas. —Metió las manos a los bolsillos—. ¿Te contó algo más?
Lo miré. Tenía las orejas rojas.
—Me contó que le presentaron a una niña de los Urbina —solté, con más picardía de la que pensaba usar—. Y que usted dijo que le gustan mayores. ¿Eso es cierto, joven Mendívil, o es puro cuento de su hermana?
Se hizo un silencio raro. Leo levantó la vista y, por primera vez en semanas, no la apartó.
—Es cierto —dijo, muy quieto—. Me gustan mayores.
Y me sostuvo la mirada un segundo de más, uno de esos segundos que después uno repasa mil veces, hasta que el calor me trepó por el cuello y yo hice lo que sé hacer mejor: desviar.
—Pues qué bueno que ya lo tiene claro. Vaya cásese con una señora de sesenta y déjeme el mole en paz. —Cerré la puerta con el táper contra el pecho, riéndome como para tapar otra cosa.
Detrás de la puerta lo oí quedarse un rato ahí parado. Después, pasos que se alejaban.
Todavía tenía el corazón haciendo cosas absurdas cuando me sonó el teléfono. Jimena.
—Comadre, ¿ya supiste el chisme del año? —arrancó sin saludar—. Tu exsuegro y compañía están hechos un manicomio. La tal Brenda se mudó al piso de arriba del edificio Altavista, justo encima de Gustavo. Y la otra, la chamaca, la Yésica, anda echando lumbre por los ojos. Se agarraron en el elevador, comadre. Delante del portero.
—¿En serio? —Me senté. El calor de hacía un minuto se me fue de golpe, reemplazado por una calma helada muy grata—. Pues que se maten entre ellas. Ya no es mi circo.
—Ni tus changos, exacto. Ah, y algo más: la maquila que Náyra tenía apalabrada para producir en grande se les cayó. Se quedó "en evaluación", dizque. Nadie les quiere firmar. Gustavo está que trina.
—Qué pena —dije, sin sentir ni tantito.
Colgué sin que se me moviera un músculo de la cara. Un año antes, esa misma noticia me habría quitado el sueño; me habría preguntado qué habían dicho de mí, si me habrían nombrado, si Gustavo estaría bien. Ahora era como oír el clima de una ciudad en la que ya no vivía. Me serví un vaso de agua y me di cuenta, casi con gracia, de que dormía mejor desde que había dejado de importarme esa gente.
Me quedé viendo el táper tibio, las trescientas cajas en la pantalla, la puerta cerrada. Y esa frase de Estrella volvió a rondarme como mosca:
Mi hermano trae a una mujer metida en la cabeza. Mayor que él. Nadie sabe quién es.
—Pobre mujer —murmuré, negando con la cabeza—. Sea quien sea.
Y me reí sola otra vez, sin saber por qué. Igual que con el nombre de la marca.