Traicionada, echada a la calle y con su pequeño hijo Thiago al borde de la invalidez tras un trágico accidente, Domenica Montero creía haber tocado fondo cuando su marido la abandonó a su suerte. Sin embargo, el destino le tenía reservada una jugada maestra. Al aceptar un matrimonio de conveniencia con el magnate Alexis Alcalá para salvar a su familia y cumplir la promesa hecha a la matriarca Victoria Montenegro, Domenica pasa de ser la cenicienta humillada a convertirse en la intocable señora de Alcalá, dueña de un imperio y madre de unos gemelos rebeldes a los que curará con amor. Cinco años después, cuando la familia Bracamonte regresa ciega de soberbia para arrebatarle a su hijo y robarle la millonaria herencia que les pertenece, descubrirán demasiado tarde que la mujer a la que intentaron destruir ahora camina de la mano del hombre más poderoso del país. Una historia imperdible de venganza, amor incondicional y justicia divina.
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EL COLAPSO DE LAS MURALLAS Y LA CONFESIÓN DEL LEÓN
El estudio se convirtió en el epicentro de un cataclismo emocional donde el orgullo, la furia y la negación estallaron en mil pedazos. El beso, que había comenzado como un acto de desesperación y dominio por parte de Alexis, se transformó rápidamente en un torbellino incontrolable de necesidad mutua. Domenica, a pesar de sus intentos desesperados por mantener el control y recordar cada uno de los agravios, cada desplante y cada mes de fría indiferencia, sintió cómo sus defensas se desmoronaban ante la marea de sensaciones que el magnate despertaba en ella con solo tocarla.
Las manos de Alexis, firmes y febriles, se deslizaron por su espalda, aferrándola con una intensidad posesiva pero tierna, como si temiera que con un simple parpadeo ella fuera a desaparecer de entre sus brazos. El aliento de ambos se mezclaba en un ritmo caótico, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el espacio cerrado del despacho, ahogando cualquier intento de mantener la razón.
Domenica intentó articular una protesta, apoyando las palmas de sus manos contra el pecho duro y firme de su esposo para intentar apartarlo, pero sus propias palabras salieron rotas y sin fuerza.
—No... Alexis... detente... esto está mal... —balbuceó Domenica con la voz temblorosa, mientras los labios de él recorrían su mandíbula con devoción y urgencia, besando cada rincón de su piel—. No puedes venir a exigir... a tratarme como si fuera una de tus propiedades... y luego... y luego besarme de esta manera... ¡Me vuelves loca!
Alexis detuvo sus besos por un instante, aunque no se apartó ni un solo centímetro. Apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos con fuerza, mientras su pecho subía y bajaba con violencia. Sus manos seguían aferradas a la cintura de Domenica, temblando ligeramente por la descarga de adrenalina.
—¿Crees que no lo sé? —susurró Alexis con la voz ronca, profundamente quebrada, pegando sus labios casi a los de ella al hablar—. ¿Crees que para mí ha sido fácil vivir a miles de kilómetros sabiendo que tengo a la mujer más hermosa, inteligente y valiente del mundo como esposa, y tener que conformarme con verte a través de una fría pantalla de computadora? ¡Domenica, mírame a los ojos y dime que no sientes nada! ¡Dime que este fuego que me está quemando por dentro no lo sientes tú también cada vez que te acerco a mí!
Domenica abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada oscura de Alexis, que en ese momento ya no reflejaba la arrogancia ni la fría superioridad del magnate implacable, sino una vulnerabilidad cruda y desesperada que la dejó sin aliento. Sus propias lágrimas, silenciosas y traicioneras, resbalaron por sus mejillas.
—Eres un imbécil, Alexis Alcalá... un maldito orgulloso y un celoso insoportable —murmunó Domenica con la voz rota por el llanto y la frustración, mientras levantaba las manos para acariciar lentamente las ásperas mejillas de su esposo, rindiéndose ante lo inevitable—. Me has hecho sufrir tanto con tu distancia... con tu desdén... creí que jamás te importaría más allá de ser la madre de tus hijos y la fachada perfecta para tu familia.
Al escuchar esas palabras, una descarga de pura culpa y arrepentimiento golpeó el pecho de Alexis. Sus ojos se anegaron levemente, y con una ternura infinita que contrastaba con su habitual rudeza, limpió las lágrimas de Domenica con las yemas de sus pulgares.
—Perdóname... perdóname por haber sido un ciego, por haber dejado que el miedo a perder el control y el orgullo me impidieran ver a la mujer maravillosa que tengo a mi lado —suplicó Alexis con un hilo de voz, besando con extrema delicadeza cada rastro de lágrima en su rostro—. Te juro, Domenica, te juro por lo más sagrado que tengo, que ya no habrá más distancias, ni más contratos fríos, ni más silencios. Desde hoy, mi lugar está aquí, a tu lado y al de nuestros hijos.
Domenica dejó escapar un suspiro profundo, sintiendo que el peso de un año entero de soledad y orgullo herido se desvanecía por fin de sus hombros. Ya no quedaban murallas entre ellos; el fuego que los había mantenido en guerra se había transformado en una pasión desbordante y en una promesa de entrega total.
Sin mediar otra palabra, con una urgencia renovada y una complicidad que por fin nacía desde el fondo de sus almas, Alexis volvió a capturar los labios de Domenica en un beso profundo, hambriento y definitivo, mientras la levantaba ligeramente en brazos para estrecharla contra su cuerpo, sellando en la intimidad de aquel despacho el verdadero comienzo de su historia de amor.