Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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LA CICATRIZ QUE NO MIENTE
La noticia de mi regreso se esparció como fuego por cada rincón del palacio, deteniendo todo movimiento a su paso. Los sirvientes se quedaban congelados en sus tareas, las conversaciones morían en el aire, y en cada rostro se dibujaba la misma expresión: asombro mezclado con un temor reverente. Nadie se atrevía a creerlo del todo, pero nadie podía dudarlo tampoco. El príncipe Mehmet, dado por muerto hace tanto tiempo, estaba de vuelta entre los muros que lo habían visto nacer. Poco después, llegaron mis hermanos, los que aún vivían. Primero Bayaceto, con paso firme pero inseguro; luego Selim, más lento, como si temiera despertar de un sueño; y por último Cihangir, el más pequeño y frágil de todos, que caminaba con la mano sobre el pecho, conteniendo la respiración. Se detuvieron en seco a unos pasos de mí, formando un semicírculo, sin saber si hablar, si abrazarme o si arrodillarse ante lo que parecía un fantasma vuelto de entre los muertos. El silencio se prolongó unos instantes, denso y cargado de emoción, hasta que Bayaceto, con voz entrecortada y los ojos brillantes de lágrimas contenidas, dio un paso adelante y señaló mi rostro con el dedo tembloroso:
—Es él… Es la misma estatura, la misma forma de mirar aunque ahora esté perdida… ¡Miren la cicatriz en su ceja derecha! —exclamó, y su voz se quebró—. Nadie más tiene esa marca. Fue cuando cayó de su caballo siendo apenas un niño. Todos estuvimos allí. Todos lo recordamos. ¡Es Mehmet, de verdad está vivo ante nuestros ojos!
Selim se acercó entonces, con lágrimas ya corriendo por sus mejillas, y me miró de arriba abajo como si quisiera grabar cada rasgo en su memoria:
—Hermano… te dimos por perdido para siempre… Pasaron años sin saber si estabas en este mundo o en el siguiente… No podemos creer que estés aquí, de pie, frente a nosotros…
Cihangir se adelantó con timidez, se acercó despacio y me tomó suavemente de la mano, como si temiera que me desvaneciera al tocarme:
—Yo apenas te conocía cuando te fuiste… pero todos hablaban de ti. Mi madre me contaba historias de tu valentía… Siempre soñé con que regresaras. Y ahora estás aquí. No te vayas nunca más, por favor.
Bayaceto fue el primero en romper la distancia y me abrazó con fuerza, golpeándome suavemente la espalda como si quisiera asegurarse de que era real. Selim se unió a él, y por último Cihangir se aferró a mi túnica, llorando de emoción. Yo permanecía rígido entre ellos, con la mirada perdida, sin devolver del todo esos abrazos, asintiendo apenas, como si todo aquello fuera demasiado grande para mi mente confundida. No los rechacé, pero tampoco mostré familiaridad. Solo los miraba uno a otro con ojos extraviados, como quien mira a personas que debería conocer pero que no logra ubicar en ningún recuerdo.
Más tarde, Hürrem me guió por los pasillos hasta el harén, donde todas esperaban en silencio absoluto. Las concubinas, las damas de compañía, las mujeres que en otro tiempo me habían visto crecer, permanecían de pie, con las manos juntas sobre el pecho, mirándome con una mezcla de reverencia y profunda compasión. Susurraban entre sí con voces apenas audibles: Parece tan perdido… Pobre príncipe, no recuerda nada… Qué habrá sufrido en todos esos años lejos de su hogar y de su gente… Yo solo las miraba, inclinaba levemente la cabeza, y dejaba que mi expresión de aturdimiento hiciera todo el trabajo por mí. No preguntaba demasiado, no decía nada que no debiera, solo parecía un hombre perdido en un lugar que todos insistían en llamar su hogar pero que su mente no lograba reconocer.
De pronto, el murmullo se apagó por completo, como si alguien hubiera apagado todas las voces de golpe. Las cabezas se inclinaron profundamente, las manos se cruzaron sobre el pecho en señal de respeto, y una voz potente recorrió toda la sala, clara y autoritaria:
—¡Ante Su Alteza, el Sultán Solimán!
Todos guardaron silencio absoluto. Solo se escuchaba el sonido de mis propios latidos y el paso lento y firme que se acercaba desde el corredor. Mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho, no por miedo, sino por la anticipación del momento que había estado esperando en silencio durante tanto tiempo. Me quedé de pie, erguido, esperando, con la mirada fija en la puerta que se abría lentamente. Y justo cuando su sombra empezó a dibujarse en el umbral… el capítulo terminó.