Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 20
El eco de sus propias palabras quedó suspendido en el aire, pesado y amargo como ceniza. Elizabeth lo miró detenidamente, con la mandíbula ligeramente tensa y el brillo de una furia contenida asomando al fin por debajo de su pánico. La resignación que había arrastrado desde el día de su destierro comenzaba a fracturarse, dejando al descubierto el dolor crudo de una traición familiar imperdonable.
—Tal vez fue mi hermana... Ella siempre quiso ocupar mi lugar, asegurarse el título y casarse con el heredero de la casa ducal rival a toda costa —dijo Elizabeth con voz gélida, bajando la mirada un instante hacia sus propias manos antes de volver a sostenerle los ojos al emperador—. No le importó pisotearme para conseguirlo.
Vinicius se quedó en completo silencio, observándola con una mezcla de sorpresa y profundo recelo. La crudeza con la que había arrojado la confesión lo desconcertó.
—¿Y lo dices así, tan calmada? —inquirió el emperador, frunciendo el ceño mientras abandonaba el apoyo del escritorio y se acercaba un poco más, intrigado por la frialdad aparente con la que afrontaba su propia tragedia—. Hablas de una traición directa de tu propia sangre y de un destierro absoluto como si comentaras el clima de la mañana.
La máscara de aparente tranquilidad de Elizabeth se resquebrajó de inmediato, liberando la tormenta de frustración y desamparo que llevaba meses ahogando en su pecho.
—¿Y qué quiere que haga, su alteza? ¿Que grite? ¿Que llore por los pasillos de su palacio suplicando compasión? —estalló ella, dando un paso al frente con los ojos encendidos de impotencia y el pecho agitado—. Si soy yo sola contra todos, nadie aquí me va a creer. Mis propios padres me dieron la espalda; vieron cómo me destruían y prefirieron aplaudir para salvar su maldito estatus. Me desterraron como a un perro callejero. ¿Qué se supone que haga yo? ¿A quién se supone que le importe?
El tono de Elizabeth resonó con fuerza en las paredes de piedra del despacho. No era el grito de una espía desafiante, ni el reproche calculado de una cortesana; era el grito desgarrador de una mujer abandonada por el mundo, enfrentándose al monarca más temido del imperio sin importarle ya las consecuencias.
Vinicius no se movió. Su lobo interior, sintonizado con el dolor y la fiereza que emanaban de la joven, emitió un gruñido sordo de reconocimiento ante ese espíritu indomable que se negaba a romperse por completo. El emperador la observó fijamente, midiendo el peso de su desesperación, y comprendió que el sello oscuro que bloqueaba su loba no era solo una maldición mágica, sino el fruto podrido de la crueldad de su propia familia.
—A mí no me importa el destino de los traidores que te dieron la espalda, Elizabeth —dijo Vinicius con una voz profundamente grave, que sonó como un juramento lanzado en la penumbra—. Pero si alguien en este mundo ha osado ponerle un sello de magia negra a una loba para destruirla y robarle su esencia... en mi territorio, eso se paga con sangre.
El emperador acortó la distancia que los separaba, quedando a tiro de piedra, y con una lentitud deliberada, levantó la mano para sujetar suavemente su barbilla, obligándola a mantener la mirada fija en la suya.
—Ya no estás sola contra todos —añadió el soberano con un susurro magnético y oscuro—. Ahora estás bajo mi techo, bajo mi protección... y bajo mis reglas. Vamos a cazar a los responsables de ese sello, cueste lo que cueste.
Elizabeth retrocedió un paso con brusquedad, sacvolviendo su rostro del agarre de Vinicius y cruzando los brazos en un gesto instintivo de defensa. La cercanía del emperador era demasiado intensa, un campo magnético que amenazaba con arrastrarla a un territorio donde ya no controlaba ni sus propias emociones.
—Ya dejé de ser una amenaza para su reino y su hijo —dijo ella con la voz entrecortada, intentando poner distancia entre ambos mientras su pecho subía y bajaba con agitación—. No necesito su protección, su alteza. Lo único que vine a buscar a este palacio fue un refugio para sobrevivir, no un pacto con el gobernante más temido del imperio. Si cree que por saber mi verdad ahora me tiene atada a sus caprichos o a sus cacerías de venganza, se equivoca.
Vinicius se quedó con la mano suspendida en el aire por un instante antes de bajarla lentamente. La repentina resistencia de la joven, lejos de enfurecerlo, encendió una chispa de fría fascinación en su mirada bicroma. Ninguna persona en el palacio le había hablado con tanta osadía dos veces en una misma noche.
—¿Crees que esto se trata de un capricho, Elizabeth? —replicó el emperador con voz pausada, dando un paso lento hacia adelante mientras reducía de nuevo la distancia, obligándola a retroceder hasta chocar con el borde del pesado escritorio de roble—. No te equivoques. No te ofrezco mi protección por caridad, ni busco hacerte un favor. Un sello de magia negra que corrompe a una loba dentro de mis fronteras es una afrenta directa a mi corona. Y tú, con ese poder incontrolable en las manos, te guste o no, te has convertido en el centro de un misterio que amenaza la estabilidad de mi reino.
El emperador se inclinó ligeramente, acorralándola con su imponente presencia, sin dejar que apartara la mirada.
—Así que no me hables de huir, ni pretendas actuar como si pudieras trazar tus propias reglas aquí —continuó Vinicius en un susurro grave, tan cerca que Elizabeth podía sentir la calidez de su aliento—. Estás atrapada en esto tanto como yo. Y la próxima vez que intentes dar un paso atrás para escapar de mí... recuerda que no hay muralla en este imperio lo suficientemente alta como para ocultarte de lo que ya he decidido encontrar.