Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 20
Capítulo 20 — "Esto no es amor"
La aguja de la leona no me tocó nada vital de milagro, pero entre la herida, la sangre perdida, el estómago envenenado y la fiebre que no bajaba, mi cuerpo dijo basta. Esa madrugada me llevaron a la unidad de cuidados del ala médica de la Fortaleza —una clínica entera, escondida en un sótano de piedra, con máquinas que en mi país solo se ven en los hospitales que uno no puede pagar— y me metieron en una cama de terapia intensiva con tubos y pitidos y un frío blanco que olía a desinfectante y a miedo.
Dante dio tres órdenes seguidas. La última fue traer de Miami, esa misma noche, a su médico de confianza.
Llegó al amanecer, todavía con el abrigo del avión: un hombre de bata impecable y ojos fríos al que todos, incluso Dante, llamaban con respeto el Doctor. Silvano. No me dijo una palabra amable —no era de esos—, pero tenía manos que sabían, y en cuanto lo vi trabajar entendí que a este sí no le temblaban por nadie. Revisó la herida, cambió medicaciones, ajustó el suero, y solo entonces, sin mirar a Dante, dejó caer:
—Se recupera. Pero esta mujer lleva semanas rota por dentro. La próxima no la salvo con suero.
Me contaron después lo que pasó del otro lado del cristal, porque yo estaba entre sueños. Que Dante no se movió de ahí en toda la noche. Que se le sentaba junto a la cama y le agarraba a la enfermera del brazo cada vez que un pitido cambiaba de ritmo. Que cuando el monitor bajó de golpe, a eso de las cuatro, se levantó tan rápido que tiró la silla, y que Silvano tuvo que ponerle una mano en el pecho y decirle, sin miramientos, que si no salía y lo dejaba trabajar, la que se iba a morir era yo por su culpa, no por la herida. Que Dante, el hombre al que nadie le habla así, obedeció como un niño y se quedó del otro lado del vidrio con la frente pegada al cristal.
Que Saúl, que lo conocía desde chico, nunca lo había visto así: con la corbata deshecha, las manos sudándole, mirando el monitor como quien mira el borde de un precipicio. Que lo oyó murmurar, para nadie, que le traería lo que fuera, la piedra más grande del mundo, un mar entero, si se despertaba. El hombre que no le teme a la muerte de nadie estaba, por primera vez, muerto de miedo por la mía. No lo supe entonces, pero esa noche algo se le quebró por dentro que ya no se le arregló nunca: la primera vez que de verdad estuvo a punto de perderme, y la primera vez que se dio cuenta de lo que eso le hacía. Fue la grieta. La primera. Después vendrían muchas más, y años después vendría el derrumbe entero. Pero la primera grieta fue esa madrugada, junto a una cama de terapia intensiva, por una muchacha de pueblo a la que él mismo había clavado una leona en el pecho.
Desperté dos días después, débil como un trapo, con hambre por fin.
Y lo que me despertó del todo no fue el pitido de las máquinas. Fue un olor. Un olor de mi casa: arroz caldoso con jitomate y huevo, la comida que mi mamá me hacía cuando estaba enferma, la de los domingos pobres. Alguien lo había averiguado —él lo había averiguado— y lo había mandado hacer. Me lo trajo Delia en un tazón, y detrás venía Dante, apoyado en el marco de la puerta, sin atreverse a entrar.
Comí en silencio, con él mirándome comer como quien vela un milagro. Y cuando terminé, hablamos. La conversación más importante que tuvimos en todo ese tiempo, la que lo dijo todo.
Empezó él, y me sorprendió, porque no vino a negar nada. Vino a confesar, a su manera dura, sin pedir perdón.
—Lo de atarte, lo de la mano dura —dijo, sentándose por fin, mirándose los dedos—. No es contigo nomás. Es como soy. Es lo que me gusta. A la que sea mi mujer, algún día, la voy a tratar igual. No sé ser de otro modo. Nunca me enseñaron.
Lo dijo como quien enseña una cicatriz, no como quien pide disculpa. Y yo, que tenía el pecho vendado por su culpa, sentí que si me callaba esa vez me callaría para siempre, y no le iba a dar ese gusto. Junté las fuerzas que me quedaban —eran pocas, la voz me salía en hilo— y le contesté con lo único que tenía, que no eran ejércitos ni dinero ni una leona de oro. Era la verdad, y la verdad, cuando una la dice de veras, pesa más que todo lo suyo.
—Entonces óigame bien, señor, porque no lo repito. —Y ahí, adrede, volví al usted, para que entendiera desde qué distancia le hablaba—. En una relación sin igualdad no hay sentimiento verdadero. Lo intenté, y cada vez fuiste tú quien rompió la ilusión. —Se me quebró la voz y seguí—. Una mujer pide poco: alguien que, aun teniendo el poder de destruirla, elija no hacerlo. Nadie rechaza ser el favorito de alguien de verdad. Pero esto… esto no es amor.
Se quedó callado un largo rato. La máquina pitaba despacio entre los dos.
—Verdad a cambio de trato preferente —murmuré, más para mí—. Es todo lo que le pedía. Que teniendo con qué aplastarme, escogiera no aplastarme. Eso lo habría dado todo. Esto no me pide nada; me lo quita.
—¿Y tú? —dijo él entonces, y me clavó los ojos—. Me hablas de sentir de verdad. ¿Alguna vez has sentido tú algo real por mí, Ana? ¿Una sola vez? ¿O todo, desde el primer día, fue cálculo para sobrevivir?
Y me calló.
Porque quise decirle que no, que nunca, que todo había sido teatro, y no me salió. Porque estaba aquella noche en Panamá, aquel beso que no calculé, aquel "sí, Dan" que me tembló en la boca. Y no fui capaz de jurarle que había sido mentira, ni siquiera fui capaz de jurármelo a mí. Bajé la vista. Ese silencio mío le contestó más que cualquier palabra, y los dos lo supimos.
—Yo también lo pensé —dije, bajito, porque ya no tenía nada que perder—. En Panamá, esa noche, lo pensé. Que a lo mejor. Que a lo mejor tú y yo. Y a los tres días me clavaste una leona en el pecho. Cada vez que empiezo a creer que hay un hombre debajo del Rey, el Rey vuelve a salir y me lo mata. No es que yo no quiera, Dan. Es que tú no me dejas.
Se me escapó el "Dan" sin querer, en medio del "usted" y del "señor", y los dos lo notamos, y ninguno lo dijo. Esa era la verdad de todo: que yo misma no sabía cómo llamarlo, y en cómo no sabía llamarlo estaba escrito, mejor que en cualquier discurso, que no había nada decidido entre nosotros. Ni el odio del todo. Ni lo otro.
Él no sonrió. Pero algo se le aflojó en la cara.
No me pidió perdón. Que quede claro: no dijo lo siento, no prometió cambiar, no se arrodilló. Pero por primera vez desde que lo conocía, tampoco me llevó la contraria. No me dijo que yo estaba loca, ni que no entendía nada, ni que las cosas eran como él decía y punto. Otras veces me habría cerrado la boca con dos palabras, o con la mano; esta vez no. Se quedó con lo que le eché en cara, en silencio, con la mandíbula apretada, tragándoselo, como quien recibe una cuenta larga que sabe que un día, quiera o no quiera, va a tener que pagar hasta el último centavo. Yo lo miré callarse y pensé: algo se movió. Un milímetro, nada más, pero se movió. Y en un hombre que jamás le había dado la razón a nadie en su vida, ese milímetro fue más que mil disculpas de cualquier otro.
—Te vas a quedar aquí hasta que estés bien —dijo al fin, levantándose, recomponiéndose la coraza—. Con suero, si hace falta, meses. No vuelves a poner un pie fuera de estos muros hasta que yo lo diga.
Me cortaba la huida otra vez, disfrazándola de cuidado. Ya lo conocía. Pero la conversación no había terminado, y yo todavía tenía una carta que jugar.
—Cuando me cure —dije, suavizando la voz, volviendo al tú a propósito, tanteando— llévame a ver mundo, Dan. Nunca he salido más allá de una jaula. Enséñame lo que hay. Contigo iría.
Lo dije mirándolo con toda la dulzura que pude fingir, ya calculando por dentro qué frontera, qué costa, qué aeropuerto me quedaría cerca de casa. Ver mundo era mi manera nueva de decir escapar.
Él se detuvo en la puerta. Se giró despacio. Y por la cara que puso supe que me había vuelto a leer entera, como leía siempre.
—Quieres huir a casa —dijo, sin enojo, casi con suavidad, que era lo que daba más frío—. Sé dónde viven tus padres, Ana.
La amenaza vieja, la de siempre. Pero esta vez, cuando lo dijo, había algo distinto en sus ojos. No era el desprecio del principio, ni la burla del gato con el ovillo. Era algo que yo no supe nombrar, algo nuevo, hondo y quieto, que me miraba desde muy dentro de él y que —lo entendí con un escalofrío— tampoco él sabía todavía qué era.
Salió y cerró la puerta.
Y yo me quedé sola con las máquinas, con el pecho vendado y el plato vacío que olía a mi casa, sabiendo dos cosas al mismo tiempo. Que iba a seguir buscando la manera de volver a Veracruz aunque me costara la vida, porque una jaula con ternura sigue siendo una jaula, y yo había nacido para andar suelta. Y que el hombre que me tenía presa había empezado, esa madrugada de terror junto a mi cama, sin quererlo y sin saberlo, a cambiar. Que Dios me perdone, porque en el fondo yo ya lo había visto, y una parte de mí, la más tonta y la más honda, se había puesto a esperar.
Cuál de las dos cosas iba a ganar, esa noche todavía no lo sabía ninguno de los dos.