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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La convocatoria

Mozart bajó las escaleras con el corazón en la garganta y una tarjeta de reclutamiento arrugada en la mano.

Emmet estaba en la cocina, sirviéndose café. Llevaba una camiseta vieja del Manchester con el cuello estirado y una expresión de lunes por la mañana que no admitía conversaciones largas.

—Papá.

Emmet levantó la mirada.

—¿Qué?

Mozart puso la tarjeta sobre la mesa. La deslizó con dos dedos, como si quemara.

—Me invitaron a la selección de la juvenil del Manchester.

Emmet dejó la taza en el aire. A medio camino de sus labios. El café se balanceó dentro.

—¿Qué?

—El sábado. Prueba completa. Si el técnico da el visto bueno, me integro al entrenamiento regular.

Emmet dejó la taza sobre la encimera. Despacio. Como si necesitara asegurarse de que no se le iba a caer. Miró la tarjeta. Miró a Mozart. Volvió a mirar la tarjeta.

—¿La juvenil del Manchester?

—Sí.

—¿La selección directa? ¿Sin pruebas preliminares?

—Sí.

Emmet se quedó inmóvil durante tres segundos. Después cruzó la cocina en dos zancadas, agarró a Mozart por los hombros y lo abrazó. Fuerte. Con una fuerza que no tenía nada que ver con el fútbol y todo que ver con algo más antiguo, más primitivo, más parecido al orgullo que a cualquier otra cosa.

—Maldita sea, Ronaldhino —murmuró contra su pelo—. Maldita sea.

Le dio un beso en la frente. Breve. Seco. Como si le diera vergüenza hacerlo pero no pudiera evitarlo.

Mozart se quedó rígido.

No era por el disfraz. No era por la mentira. Era porque nadie lo había abrazado así. Nunca. Clara era cariñosa, sí, pero de una forma contenida, medida, como si el afecto fuera una partitura que había que interpretar sin exagerar. Esto era diferente. Esto era un hombre que no sabía qué hacer con el orgullo que le cabía en el pecho y lo único que se le ocurría era apretar.

Mozart sintió que algo se le aflojaba por dentro. Algo que llevaba dieciséis años apretado.

—Gracias, papá —dijo.

Y la palabra *papá* le supo a algo nuevo. A algo cálido. A algo que no sabía que necesitaba hasta que lo tuvo.

Emmet se apartó. Se frotó la nuca. Miró hacia otro lado, como si necesitara recomponerse.

—El sábado. ¿A qué hora?

—Nueve de la mañana. Campo tres.

Emmet asintió.

—Iré.

—¿De verdad?

—¿Crees que me voy a perder eso? —Emmet tomó la taza de café otra vez. Se detuvo—. Pero no voy a estar en la grada principal.

Mozart frunció el ceño.

—¿Por qué?

Emmet lo miró. Y en su expresión había algo que Mozart no esperaba: seriedad. Casi gravedad.

—Porque si alguien me ve allí, van a decir que te favorecí. Que te conseguí la prueba. Que el hijo de Emmet Green no necesitó ganarse el puesto como los demás. —Negó con la cabeza—. No. Tú vas a entrar a ese campo y vas a jugar. Y si te quedas, va a ser porque te lo ganaste. No porque tu apellido te abrió una puerta.

Mozart sintió un nudo en la garganta.

—¿Y dónde vas a estar?

—Donde nadie me vea. Pero voy a estar.

---

El sábado por la mañana, el campo tres del Manchester amaneció cubierto de una neblina fina que hacía brillar la hierba como si estuviera mojada de plata.

Veintitrés chicos calentaban en el césped. Camisetas blancas sin número, pantalones cortos, tacos nuevos que todavía olían a caja. Mozart estaba entre ellos, estirando los isquiotibiales con una calma que no sentía. Diño le había enviado seis mensajes esa mañana. *"No pienses. Siente. El balón es tu arco. La cancha es tu partitura."*

En la grada lateral, tres reclutadores tomaban notas. Uno de ellos, Peter Hayes, el mismo que le había dado la tarjeta la semana anterior, revisaba una carpeta con expresiones de rutina.

Y en la última fila de la grada opuesta, con una gorra calada hasta las cejas, gafas de sol y una bufanda que le cubría la mitad de la cara, Emmet Green se sentó con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

Nadie lo reconoció.

El técnico silbó.

—¡Prueba de control! ¡Circuito de pases! ¡Muévanse!

Mozart corrió. Y esta vez no hubo dos minutos de torpeza. Esta vez no hubo cañones ni tropiezos. Esta vez el balón estaba pegado a su bota como si tuviera imán. Controló con el muslo, giró, pasó al primer toque. Controló con el pecho, dejó caer, condujo en curva. No pensaba. No calculaba. Escuchaba. El ritmo de los tacos. El eco de los gritos. El silencio entre un pase y el siguiente.

Y jugó.

Jugó como tocaba el violín. Con el cuerpo entero. Con los ojos cerrados cuando hacía falta. Con una elegancia que no pertenecía a un campo de fútbol, sino a un escenario. Amagaba con el hombro y dejaba a dos rivales mirando el césped. Cambiaba de dirección como quien cambia de clave. Aceleraba en los momentos exactos, frenaba cuando nadie lo esperaba, y siempre, siempre, el balón terminaba donde él quería.

Los otros chicos lo miraban. Los entrenadores dejaron de hablar entre ellos. Peter Hayes dejó de escribir en su carpeta.

Durante veinte minutos, Mozart hizo lo que quiso. Un caño que hizo reír a un compañero. Un pase de treinta metros que cayó exactamente en el pie del delantero. Un regate en el área que terminó con un disparo suave, colocado, que entró por la escuadra como si alguien lo hubiera puesto ahí con la mano.

Cuando el técnico silbó el final, Mozart estaba jadeando. Con las manos en las rodillas. Con una sonrisa que no podía borrar.

Peter Hayes se acercó al técnico. Le dijo algo al oído. El técnico asintió. Después miró a Mozart.

—Tú. Ven aquí.

Mozart caminó hacia ellos. El corazón le latía en las orejas.

—¿Nombre? —preguntó Peter Hayes.

Mozart tragó saliva.

—Ronaldhino Green.

Peter Hayes lo anotó. Después lo miró con una expresión que Mozart no supo descifrar. Sorpresa, quizá. O reconocimiento.

—Green, ¿eh?

Mozart sintió que el estómago se le encogía.

—Sí.

Peter Hayes lo estudió un segundo. Después negó con la cabeza, como si descartara un pensamiento.

—Este muchacho es muy bueno —dijo, girándose hacia el técnico—. Muy bueno. Que se integre al entrenamiento del equipo regular. Lunes, miércoles y viernes. Cuatro de la tarde.

El técnico asintió.

—Bienvenido, Green.

Mozart asintió. Dio la vuelta. Caminó hacia el vestuario. Y cuando pasó junto a la grada opuesta, levantó la mirada.

En la última fila, Emmet se quitó las gafas de sol. Se quitó la gorra. Y sonrió.

No dijo nada. No aplaudió. No gritó. Solo sonrió. Una sonrisa enorme, orgullosa, que le arrugaba los ojos y le hacía parecer veinte años más joven.

Mozart sonrió también.

Y siguió caminando.

---

En el vestuario, mientras se cambiaba, su teléfono vibró.

*Diño: "¿Y?"*

Mozart se quitó las botas. Miró la pantalla. Sonrió.

*"Estoy dentro."*

Tres segundos.

*Diño: "¡¡¡VIEJO!!! ¡¡¡LO SABÍA!!! ¡¡¡ERES UN GENIO!!!"*

*"No soy un genio. Solo escuché la cancha."*

*"Eso es ser un genio, idiota."*

Mozart se rio. Guardó el teléfono. Se puso la camiseta de entrenamiento con el número que le habían asignado. Se miró en el espejo del vestuario.

Ronaldhino Green. Jugador de la juvenil del Manchester.

Un nombre que no era suyo. Una vida que no era suya. Un padre que lo había abrazado esa mañana sin saber a quién abrazaba.

Mozart se miró en el espejo. Y por primera vez, no supo exactamente quién le devolvía la mirada.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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