Descripción
Esta historia comienza con Samantha, una joven universitaria de 21 años que siempre ha dicho que le gustan los hombres mayores, porque los considera más maduros y seguros de sí mismos. Un día conoce a un hombre de 31 años que ya tiene un compromiso sentimental. Sin embargo, su relación está llena de discusiones y problemas constantes, y él siente que cada vez se distancia más de su pareja. Entonces conoce a Samantha. Entre ambos nace una conexión que ninguno esperaba, pero que los lleva por un camino complicado. Ella terminará convirtiéndose en su amor prohibido, mientras él deberá enfrentar las consecuencias de sus decisiones.
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Capítulo 6: Las palabras que no debí decir
Eran aproximadamente las dos de la mañana cuando finalmente llegué a la casa.
Había tenido una reunión con varios empresarios y, después de terminar los asuntos de negocios, algunos compañeros decidieron quedarse compartiendo. La noche se alargó más de lo que había pensado y terminé tomando más de la cuenta.
No estaba en las mejores condiciones para hablar con nadie.
Cuando abrí la puerta de la casa, traté de hacerlo despacio para no despertar a nadie, pero apenas entré escuché una voz desde la sala.
—¿Santiago?
Me quedé quieto.
Prendí la luz y vi a Valeria sentada en el sofá.
Ella todavía estaba despierta.
—¿Vos todavía estás despierta? —pregunté, hablando con dificultad.
Valeria se levantó inmediatamente.
—¿Cómo así que si estoy despierta? ¡Te estoy esperando toda la noche!
Yo estaba cansado y, además, había tomado demasiado. No estaba pensando con claridad y tampoco estaba midiendo mis palabras.
—Pues ya llegué. ¿Qué más querés?
Valeria me miró sorprendida.
—¿Qué más quiero? Quiero saber dónde estabas metido.
—En una reunión.
—¿Hasta las dos de la mañana?
—Sí.
—Santiago, te llamé varias veces.
—Estaba ocupado.
—¿Y no podías contestar aunque fuera un mensaje?
—No tenía por qué estar pegado al celular.
Valeria respiró profundamente.
—Yo no te estoy pidiendo que estés pegado al celular. Te estoy diciendo que me preocupé.
—Pues no tenías que preocuparte.
—¡Claro que sí! Sos mi esposo.
Me reí de una manera poco apropiada.
—¿Ahora sí te acordás de que soy tu esposo?
Valeria se quedó mirándome.
—¿Qué querés decir con eso?
—Nada.
—No. Decime.
—Estoy cansado, Valeria. No quiero otra discusión.
—Yo tampoco quiero discutir, pero llegás a las dos de la mañana sin avisar y pretendés que yo simplemente me vaya a dormir.
—Pues sí. Eso deberías hacer.
Ella apretó los labios.
—Llevo toda la noche esperándote.
—Nadie te pidió que me esperaras.
Aquella frase salió de mi boca antes de que pudiera pensar en lo que estaba diciendo.
Valeria se quedó completamente quieta.
—¿Cómo?
Yo simplemente me encogí de hombros.
—Que nadie te pidió que te quedaras despierta.
—Yo te esperé porque me preocupabas.
—Pues no lo hagás.
—¿Por qué me hablás así?
—Porque estoy cansado.
—No, Santiago. Me estás hablando así porque estás tomado.
No respondí.
Ella continuó:
—Y mañana seguramente ni siquiera te vas a acordar de todo lo que estás diciendo.
—Me acuerdo perfectamente.
—Entonces escuchame.
Valeria se acercó un poco.
—Yo no te estoy reclamando porque quiera controlarte. Te estoy reclamando porque desaparecés durante horas, no contestás y después llegás como si nada.
—Tengo derecho a salir.
—Claro que tenés derecho. Yo nunca te he dicho que no podás salir.
—Entonces dejá de reclamarme.
—No estoy reclamando por la salida. Estoy hablando de la falta de respeto.
La miré con molestia.
—¿Respeto? ¿Ahora vos me vas a hablar de respeto?
—Sí.
—Después de todo lo que ha pasado entre nosotros...
—Precisamente por eso.
Me quedé callado.
Valeria respiró profundamente.
—Yo sé que nuestro matrimonio está mal. Sé que ya no somos los mismos de antes. Sé que querés divorciarte. Pero eso no significa que tengás derecho a tratarme mal.
Aquellas palabras me hicieron bajar un poco la mirada.
—No quiero pelear —dije.
—Entonces no peleemos.
—Estoy cansado.
—Yo también.
Hubo un silencio.
Valeria miró hacia la mesa de la sala.
—Ayer te preparé una merienda.
Fruncí el ceño.
—¿Qué merienda?
—Una para vos y para mí. Te estuve esperando.
No respondí.
—Me arreglé, preparé todo y pensé que ibas a llegar temprano para que pudiéramos hablar tranquilos.
Sentí un pequeño remordimiento, aunque todavía estaba demasiado confundido por el cansancio y el alcohol.
—No sabía.
—Porque ni siquiera me avisaste.
Me quedé en silencio.
Valeria continuó hablando, pero esta vez sin levantar la voz.
—Santiago, yo sé que vos ya no me amás como antes. Y eso me duele. Pero yo todavía te quiero. No quiero seguir viviendo entre discusiones. No quiero perseguirte ni controlarte. Solo quiero que podamos hablar como dos adultos.
La miré.
Por primera vez desde que había entrado, no tuve una respuesta grosera.
—Mañana hablamos —murmuré.
—Está bien.
—Ahora necesito dormir.
—Andá a descansar.
Subí lentamente las escaleras.
Antes de entrar a mi habitación, escuché a Valeria decir:
—Y, Santiago...
Me giré.
—¿Qué?
—Mañana, cuando estés sobrio, acordate de esta conversación.
No respondí.
Entré a mi habitación y cerré la puerta.
Aquella noche me dormí sin imaginar que, al despertar, tendría que enfrentar las palabras que había dicho y las consecuencias de haber llegado a casa sin medir lo que hablaba.
Y, sobre todo, tendría que recordar algo que Valeria me había dicho claramente:
ella no quería seguir peleando; quería que la escuchara.
Con uno era suficiente.
Si ya no quiere a la esposa, pues empezar el trámite del divorcio y volver a hablar con ella y la hija.
Si está interesado en Samantha, también ser honesto y maduro para decirle la realidad de su situación y dejar que ella tome la decisión de si continuar con la incipiente relación.
Así cómo va, sólo crearà conflictos entre todos y se sentirán traicionadas por él.
gracias por compartir esta atrapante movida interesante novela 💥✨❤️🧬🌹🇨🇴🌹🇨🇴