Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 19
Capítulo 19: El precio de tocar su lobo
Dante no llegó a su cama.
Lo llevaron al ala de curas de Casa Lirio antes del amanecer, con las vendas de las muñecas abiertas, la piel marcada por plata y el olor del lobo quemado pegado al aire. Dos guerreros cargaban su peso, pero ninguno se atrevía a mirarlo a la cara.
Milena entró detrás de Eliseo.
Jacobo intentó cerrarle el paso.
—Está débil.
—Él o yo.
—Los dos.
—Entonces estorbe menos.
El Beta apretó la mandíbula. La dejó pasar.
La sala de curas estaba bajo la casa, donde la piedra conservaba el calor y los cuencos de sal lunar colgaban de cadenas negras. Había agua corriendo por canales estrechos, paños de lino, cuchillos de obsidiana y un altar pequeño para pedirle a la Luna que la sangre recordara cómo vivir.
Dante estaba tendido sobre la mesa central.
La última vez que Milena lo había visto así, él era un Alpha dormido, una amenaza hermosa con veneno en las venas. Ahora estaba despierto. Eso lo hacía peor. Sus ojos seguían abiertos, negros en el centro, dorados en el borde, y el dolor que no mostraba le apretaba la mandíbula hasta hacerle temblar un músculo.
Eliseo levantó la sábana del brazo.
Las líneas plateadas se habían extendido hasta el codo. Metal vivo bajo la piel. Castigo antiguo cada vez que el wolf intentaba defenderlo.
Milena se acercó.
Dante giró la cabeza.
—No.
Su voz salió rota, pero siguió siendo orden.
Milena no obedeció.
—Ni siquiera sabe qué voy a hacer.
—Sí.
—Entonces también sabe que no tiene fuerza para impedirlo.
Jacobo soltó un aire corto.
Dante no lo miró. No apartaba los ojos de Milena, y el vínculo, aunque todavía sin marca, tiraba entre los dos con una rabia enferma. Él no tenía miedo de morir. Milena ya lo había entendido.
Tenía miedo de llevársela con él.
—Eliseo —dijo ella—. ¿Qué pasa si no se limpia el sello?
El sanador dejó los frascos sobre una mesa de piedra.
—La plata sube al hombro. Después al cuello. El lobo se retrae o se rompe. Si se rompe, el cuerpo puede seguir respirando, pero el Alpha no vuelve.
Jacobo cerró los ojos.
Milena sintió frío en el estómago.
Dante intentó incorporarse. La mesa crujió bajo su mano, pero el cuerpo no le respondió.
—No va a usar su sangre.
—Claro. Esperemos a que se muera por educación.
—Milena.
—Dante.
El nombre lo cerró.
No por magia. Por ella.
Milena tomó un cuenco limpio, agua lunar y sal negra. Sus manos recordaban lo que Abuela Clara le había enseñado con vasos de barro y agujas de hueso: nunca pelees contra el veneno de frente si vive en una sangre más fuerte que tú. Rodéalo. Cántale una salida. Si no escucha, muerde primero.
—No puedo romper el sello —dijo—. Pero puedo bajarlo del hombro.
Eliseo la miró.
—Eso requiere que el lobo empuje.
—Lo sé.
—Si empuja con fuerza, la plata lo castiga.
—Ya lo está castigando.
Dante la observó con fiebre.
—Si dejo salir al lobo, va a llamarla.
Milena entendió.
El wolf no quería salir hacia el aire. Quería salir hacia ella. Hacia el olor que lo había despertado, hacia la sangre que le prometía alivio, hacia la mujer que no estaba marcada pero que ya le dolía como una ausencia.
—Entonces lo llamo yo primero —dijo.
Jacobo murmuró una frase que sonó a oración.
Milena puso la palma sobre el pecho de Dante.
El vínculo encendió la sala.
Dante arqueó la espalda. Un gruñido le subió por la garganta, ronco, roto, cargado de dolor desnudo.
—Míreme —dijo Milena.
—No puedo.
—Sí puede.
Abrió su propio dedo con una punta de obsidiana y dejó caer una gota en el agua. La mezcla brilló un segundo, dorada bajo la luz de la luna atrapada en los cuencos.
Eliseo dejó escapar el aire.
—Esa no es sangre Cruz común.
—Después.
Milena metió la aguja lunar en el cuenco y tocó con la punta la marca de plata en la muñeca de Dante.
El dolor la golpeó a ella.
Directo.
Como hielo clavado en los huesos.
No gritó.
Dante sí.
El sonido hizo temblar las lámparas. Afuera, un lobo respondió con un aullido breve, asustado, y luego todo el ala de curas quedó en silencio.
Jacobo sujetó la mesa. Eliseo puso ambas manos sobre el brazo de Dante para evitar que el shift terminara de romperle la piel.
Milena empujó.
El veneno salió en hilos grises hacia el cuenco. Cada hilo le robaba calor. Primero los dedos. Luego las muñecas. Luego el pecho.
—Basta —gruñó Dante.
—No.
—Es una orden.
Milena levantó la mirada.
—No funciona conmigo cuando está asustado.
El vínculo tiró de los dos.
Dante se quedó inmóvil.
Eliseo vio la resistencia. Jacobo también.
Milena empujó una última vez. La plata bajó de su hombro al antebrazo. No desapareció. Pero dejó de subir.
La aguja cayó de su mano.
Sus dedos estaban blancos.
—Ahora puede vivir para seguir siendo insoportable.
Dante intentó responder.
No pudo.
Milena dio un paso atrás y las paredes se movieron. La última cosa que sintió fue la mano de Dante cerrándose alrededor de la suya.
Luego cayó.