Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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Si supieran la verdad
El departamento era pequeño, sí, pero lleno de luz y de vida. Tres habitaciones, una para cada una, dos baños, una salita acogedora y una cocina donde nos movíamos entre cajas y risas. Estábamos en plena mudanza, colgando cortinas, acomodando platos, sintiendo por fin que teníamos un lugar nuestro, cerca del parque, tranquilo, lejos del ruido y de las deudas. Pero mi teléfono no dejaba de vibrar. Una y otra vez, sobre la mesa de la cocina. Mensajes. Llamadas. Todos de él.
Llevaba minutos sin saber qué responder. ¿Dónde estás? ¿Por qué no contestas? ¿Te has olvidado de mí? Leí una vez más la pantalla, mordiéndome el labio inferior con fuerza, como hacía cada vez que el miedo me ganaba. Mis dedos temblaban mientras escribía apenas una frase corta, insuficiente: Me he mudado. Después te llamo. Y lo envié, sintiendo que eso no bastaría para calmarlo. Sabía que no bastaba.
Mila, que estaba doblando toallas cerca de mí, levantó la vista y me miró con el ceño fruncido.
—Es él, ¿verdad? Lía… ese proyecto de novio tuyo parece bastante controlador. Te escribe cada dos minutos, te reclama, te exige respuestas… debes tener cuidado con eso. No es normal.
Luna asintió, apoyándose en la puerta de la cocina.
—Tiene razón. No me gusta que te presione así. Parece que no acepta que tengas tu espacio, tus cosas, tu tiempo.
El corazón se me dio un vuelco. Se estaban dando cuenta. Estaban prestando más atención de la que debían, y si seguían así, empezarían a hacer preguntas que no sabía cómo responder. Tenía que desviar el tema. Tenía que hacer que vieran esto con otros ojos. Y entonces, la mentira salió sola, rápida, antes de que pudiera pensarlo demasiado:
—No… no es eso —dije, forzando una sonrisa mientras dejaba el teléfono boca abajo sobre la mesa—. Es que… está fastidiado porque no le avisé de la mudanza. Dice que quería ayudarme, que sabía que me había golpeado, que estaba herida, y que no debí cargar cajas ni subir escaleras sola en mi estado. Se enojó porque dice que no me cuido, que no pienso en mi salud.
Las dos se miraron y la expresión de preocupación se transformó de inmediato en comprensión.
—Ah… bueno, si es por eso… —dijo Mila, relajándose—. Entonces es otra cosa. Tiene razón, Lía. Estabas mal herida, te dolía todo, y te pusiste a cargar cosas pesadas como si nada. No está bien. Deberías haberte apoyado en él. Si quiere ayudarte, déjalo. No tienes que hacerlo todo tú sola.
—Exacto —añadió Luna, sonriendo—. Tienes suerte, ¿sabes? Tienes a un hombre que está realmente interesado en ti, que te cuida, que se preocupa por tu bienestar antes que nada. ¡Qué lindo es eso! No todos tienen a alguien que los proteja así.
—Sí… qué lindo —repetí, con la voz apenas un susurro, sintiendo cómo se me formaba un nudo en la garganta.
Qué lindo. Si supieran. Si supieran la verdad… si supieran que no soy su novia, ni su prometida, ni su futuro. Si supieran que soy su juguete. Su entretenimiento. Su amante. La mujer que se esconde porque él tiene esposa. Si supieran que no me protege porque me quiera, sino porque soy su posesión, su cosa, algo que él marcó y que nadie más puede tocar… ¿qué pensarían de mí?
Me quedé congelada en medio de la cocina, con las manos caídas a los costados, mientras ellas seguían acomodando cosas, felices, creyendo que tenía a alguien que me amaba. Y mi mente se llenó de pensamientos oscuros, crueles, que no podía callar: Me verían igual? ¿Me seguirían tratando de la misma forma? ¿O me juzgarían como a una cualquiera? Como a alguien que no vale nada. Una mujer que se conforma con los restos de un hombre que pertenece a otra. ¿Me botarían como basura? ¿Me dirían que soy una vergüenza? ¿O se alejarían en silencio, decepcionadas, porque la amiga que creían buena no era más que la amante de un hombre casado?
Sentí que me ahogaba. Todo lo que habíamos construido, esta casa, esta unión, este sueño… todo podría desmoronarse en un segundo si supieran la verdad. Y lo peor no era que me juzgaran. Lo peor era que tendrían razón. Yo era la que había aceptado. Yo era la que había caído. Yo era la que sabía que estaba casada y aun así…
—¿Lía? —Luna se acercó y me tocó el brazo suavemente—. Estás pálida. ¿Estás bien? ¿Te duele algo?
Parpadeé rápido, espantando los pensamientos que me estaban destrozando, y asentí, forzando una sonrisa que me dolió en los labios.
—Sí… sí, estoy bien. Solo… cansada. Mucho movimiento hoy.
—Pues descansa un rato —dijo Mila—. Nosotras terminamos esto. Y cuando le llames, dile que ya estás bien, que te cuidamos nosotras. Pero la próxima vez… déjalo ayudarte. No está mal dejar que te cuiden.
—Sí… lo haré —respondí, bajando la mirada para que no vieran que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Me fui a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer contra la madera, deslizándome hasta quedar sentada en el suelo. Saqué el teléfono, miré su nombre en la pantalla, y sentí asco de mí misma. Ellas creían que era amor. Él sabía que era posesión. Y yo… yo sabía que era una prisión que yo misma había aceptado entrar. Y lo más aterrador de todo no era él. Lo más aterrador era que, si algún día descubrían la verdad… yo me quedaría completamente sola. Y no estaba segura de poder soportarlo.