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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 22

Capítulo 22: El heredero que volvió

Jenny llegó al estudio decidida.

Había pasado la noche en los brazos de su esposo, había escuchado un te amo que le costó dos años, y a la luz de la mañana la decisión se le veía nítida: se acabó. Lo de Lucas se terminaba hoy. Con orden, con responsabilidad, sin escándalo.

Lo puso en práctica desde que cruzó la puerta. Cuando Lucas le dio los buenos días con esa sonrisa de sol, ella pasó de largo. Cuando le llegó un mensaje al chat de la computadora, no lo abrió. La ley del hielo, capa sobre capa.

—Oye —Ximena se dejó caer en la silla de al lado, curiosa—, ¿y esa bufanda con este calor? Traes tapado el cuello como monja. ¿Qué me estás escondiendo, eh?

—Frío —cortó Jenny, y se hundió en la tableta.

—Ajá. Frío en pleno mediodía. —Ximena entrecerró los ojos, pero por suerte sonó su teléfono y se fue a pelear con un proveedor, sin más—. Esta conversación no se acaba, ¿eh, Jenny?

Del otro lado del estudio, Lucas la observaba desde su mesa de dibujo. No había vuelto a intentar hablarle después del tercer desaire. Solo la miraba, con el lápiz quieto entre los dedos, con una paciencia que a Jenny le erizaba la nuca cada vez que la sentía en la espalda.

Esa noche, sola en el estudio, se puso a revisar el webcómic que Lucas venía dibujando, el que encabezaba todos los rankings. Iba a retomarlo ella misma ahora que él se marchaba.

Abrió el archivo. Y se le fue el color de la cara.

Era la historia de una mujer entre dos hombres. Uno mayor, distante, poderoso. Otro joven, tierno, hambriento. A primera vista, la protagonista era una heroína cualquiera; para Jenny, en cambio, había detalles imposibles de confundir: el gesto de morderse el labio al dibujar, la costumbre de esconder el lunar junto a la ceja bajo un mechón, la manera de doblar los dedos cuando estaba nerviosa. Los personajes se llamaban Adrián, Leo y Nina, nombres sin relación aparente con los suyos. La trama iba avanzada. En el último capítulo subido, el hombre mayor descubría el amorío, y la mujer le pedía terminar.

Lucas había cambiado los decorados: la mansión era una villa junto al mar y el estudio ocupaba una vieja bodega, pero las conversaciones privadas seguían ahí, casi palabra por palabra. Hasta el collar de diamante rosa aparecía transformado en un broche rojo, colocado en la misma escena y con el mismo significado que el regalo de Sebastián.

Jenny fue pasando página tras página con el corazón en la garganta. Lucas no había inventado nada. Lo había vivido, se había guardado cada detalle, y lo había ido convirtiendo en historieta capítulo a capítulo, delante de sus narices, mientras ella creía que dibujaba fantasía.

Y la obra tenía más de cien mil comentarios pidiendo continuación. Para un lector cualquiera era un melodrama bien dibujado; para alguien del círculo íntimo, que hubiera escuchado aquellas frases o visto aquel collar, podía convertirse en una confesión. Ya estaba afuera. No se podía borrar ni esconder sin provocar preguntas. Bastaba con que una sola persona equivocada —doña Constanza, Fernanda, un periodista de sociales con una pista previa— atara los detalles con la realidad para que la vida de Jenny se derrumbara como en su peor pesadilla.

Jenny subió a la azotea a la mañana siguiente con las piernas temblando, y le pidió a Lucas que la acompañara.

El viento le movía el pelo. Abajo, la ciudad hervía. Se abrazó a sí misma y trató de decirlo con la voz más firme que pudo.

—Lucas, esto se tiene que acabar. Te voy a dar un aumento, vacaciones pagadas, lo que necesites para reacomodarte. Pero lo nuestro se termina hoy. Voy a arreglar las cosas con mi esposo.

Lucas no dijo nada por un momento. Tenía las manos en los bolsillos y la miraba con una calma que a ella le puso la piel de gallina.

—¿Vas a terminar conmigo —dijo despacio— para reconciliarte con él?

Antes de que Jenny alcanzara a responder, dio un paso y le arrancó la bufanda de un tirón. Le buscó el cuello para dejarle una marca nueva encima de las de Sebastián, para volver a firmar lo que consideraba suyo. Jenny se zafó con un empujón, jadeando.

Y entonces la máscara de sol se le cayó de la cara.

No fue un grito. Fue lo contrario: una quietud repentina, como si por debajo del muchacho tierno del estudio se hubiera abierto de golpe otra cosa, mucho más vieja y mucho más fría. Los ojos que la miraban ya no eran los del pasante que le llevaba el café caliente. Eran los de alguien que llevaba mucho tiempo esperando este momento y que, al verlo llegar, no encontraba en él más que amargura.

—Ya veo —dijo Lucas, y su voz se había vuelto de hielo—. En tu cabeza siempre fui algo temporal, ¿verdad? Un juguete para resolverte una necesidad mientras el señor Alcántara estaba ocupado. —Sonrió, y no había nada dulce en esa sonrisa—. Un perro al que se despacha con dinero cuando ya no hace falta.

—No es así —dijo Jenny, y le tembló la voz—. Nunca fue así.

—¿Ah, no? Entonces explícame el aumento. Explícame las vacaciones pagadas. —Dio un paso hacia ella, y ella retrocedió hasta el pretil—. Me estás liquidando, Jenny. Como a un empleado. Con prestaciones.

—Lucas, no...

—Renuncio.

La palabra cayó plana entre los dos.

—Efectivo desde este momento. No hace falta que me pagues el aumento. —Sacó el teléfono. Sonó, exactamente a tiempo, un número desconocido, como si lo hubiera orquestado—. Tengo que atender esto.

Se lo llevó a la oreja sin dejar de mirarla. Escuchó unos segundos. Luego, con los ojos clavados en ella, dijo en voz muy baja:

—Además de esta sorpresa, tengo otra para ti. No te voy a lastimar, Jenny. Yo solo quiero estar contigo para siempre.

Apagó el teléfono. Y bajó de la azotea sin mirar atrás.

Al otro lado de la ciudad, en el piso más alto de la Torre Alcántara, en Santa Fe, el consejo de Grupo Alcántara estaba reunido a puerta cerrada cuando las puertas se abrieron sin que nadie las anunciara.

Entró un joven de traje a la medida, con el porte de quien nunca en su vida ha pedido permiso para cruzar una puerta. Nada del pasante tierno del estudio de la Condesa quedaba en él. Se acomodó el gemelo del puño con una calma insolente y recorrió la mesa con la mirada hasta detenerse en la cabecera, donde Sebastián Alcántara se había puesto de pie, muy despacio.

—Buenas tardes, señores —dijo el joven—. Perdonen que me presente sin cita. Me llamo Lucas Ferrer. Soy el heredero de Grupo Ferrer.

El nombre corrió por la sala como una corriente fría. Ferrer. La empresa que Grupo Alcántara había desmontado hueso por hueso años atrás; la empresa cuyo dueño, don Aníbal Ferrer, había muerto arruinado; la empresa cuyo heredero, un niño entonces, había sido mandado al extranjero con un fideicomiso y un contrato que —todos en esa mesa lo creían— garantizaba que jamás volvería a pisar el país como amenaza.

Lucas puso sobre la mesa un documento amarillento, protegido en una funda.

—Reconocerán esto. El contrato de opción de compra forzosa que mi padre firmó con el licenciado Alcántara. La cláusula que ustedes redactaron para enterrarme. —Deslizó el papel hacia el centro—. La leí con cuidado. Y encontré la puerta que dejaron entreabierta.

—Ustedes creyeron que con mandarme lejos bastaba —siguió, y el tono era casi amable, lo que lo hacía peor—. Un niño con un fideicomiso al otro lado del mundo, atado por un contrato que nunca podría pagar. Muy limpio. Muy elegante. Enterrar a un enemigo sin ensuciarse las manos. —Ladeó la cabeza—. El problema de enterrar a alguien vivo, señores, es que a veces cava de vuelta.

Sacó un segundo folder y lo abrió sobre la mesa con dos dedos.

—Con cien millones recompré la totalidad de las acciones de Grupo Ferrer que estaban en el mercado. Cada una. Las que ustedes repartieron, las que malbarataron, las que creyeron perdidas para siempre en manos de terceros. Desde esta mañana, la empresa vuelve a ser mía. —Alzó apenas la barbilla—. Y yo vuelvo como presidente de Grupo Ferrer.

Un murmullo estalló y se apagó al instante. En esa mesa todos sabían lo que significaba. Los proyectos clave de Grupo Alcántara, los contratos que sostenían el trimestre, se ejecutaban a través de la infraestructura de Ferrer. Un Ferrer independiente, en manos hostiles, podía trabar la maquinaria entera de los Alcántara con una sola firma.

Un consejero se atrevió a hablar, con la voz tirante.

—Licenciado Alcántara, si Ferrer se sale de la alianza, los proyectos del trimestre... la ejecución completa pasa por su infraestructura. Nos puede paralizar. Tenemos que...

—Silencio —dijo Sebastián. Una sola palabra, sin subir el tono, y el consejero se calló.

Sebastián no había dicho nada hasta entonces. Miraba al muchacho como quien reconoce, con años de retraso, la forma exacta de un error que creyó sepultado. Lo había mandado lejos. Le había puesto un fideicomiso, un contrato, un océano de por medio. Había planeado cada detalle para que ese niño nunca volviera a ser una amenaza. Y el niño se había pasado esos años comprando de vuelta, hueso por hueso, la casa que le habían quitado. Aprendiendo el negocio. Esperando. Para volver justo hoy, con la sonrisa intacta y cien millones sobre la mesa.

Había un cabo que a Sebastián no le cuadraba, y le heló la espina cuando lo pensó: ¿por qué hoy? ¿Por qué precisamente esta semana, después de meses de silencio, elegía el chico reaparecer? Era como si algo lo hubiera empujado a destapar todas sus cartas de golpe. Como si acabara de perder algo que lo obligaba a ganar todo lo demás.

Nadie se movía. Todos los ojos de la mesa se posaron, uno tras otro, sobre el rostro de Sebastián, esperando su respuesta.

Lucas sostuvo la mirada de su rival por encima de la larga mesa de caoba, con las manos tranquilas a los costados y esa media sonrisa que ya no tenía nada de sol. Todo el peso de la sala colgaba de ese cruce de ojos: dos hombres que hasta esa mañana no sabían que eran enemigos declarados, midiéndose por primera vez a plena luz.

—Espero que trabajemos mucho juntos de ahora en adelante, licenciado Alcántara —dijo Lucas, en voz alta, para que lo oyera el consejo entero—. Al fin y al cabo, sus proyectos más importantes pasan por mi empresa. Sería una lástima que algo se... atorara.

Recogió sus documentos sin prisa, se acomodó el saco y dio media vuelta hacia la puerta. En el umbral se detuvo apenas, sin voltear del todo, y bajó la voz hasta un tono que solo alcanzó a Sebastián.

—Le manda saludos su esposa.

Y salió, dejando la frase suspendida en el aire como una hoja de cuchillo.

Sebastián se quedó de pie en la cabecera, con los nudillos apoyados en la mesa y la mirada clavada en la puerta por donde acababa de desaparecer el muchacho. En su cabeza empezaban a alinearse, una a una, piezas que hasta ese instante había tenido regadas por separado: el pasante nuevo del estudio de su esposa. El chico que apareció en el elevador del hospital con una marca roja en el cuello. El silencio de Jenny esos días. Y ahora, el heredero de la casa que él mismo había destruido, presentándose el mismo día, con el nombre de su esposa en la boca.

No podía ser coincidencia. Nada de esto era coincidencia.

El consejo entero lo miraba en silencio, esperando una orden, una reacción, cualquier cosa. Sebastián no la dio. Se enderezó despacio, se abotonó el saco y, sin una palabra para nadie, caminó hacia la salida.

—Iker —dijo al pasar junto a su asistente, en voz muy baja—. Todo lo que tengamos sobre Lucas Ferrer. En mi oficina. Ahora.

Afuera, sobre Santa Fe, empezaba a caer la tarde. Y en algún lugar de la ciudad, un webcómic con tres nombres apenas disfrazados seguía trepando en los rankings, esperando su próximo capítulo.

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