El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 12
Colgué con la mano temblando. No de miedo. De rabia.
"Te voy a tener atada a mí toda la vida."
Guardé el teléfono, respiré hondo tres veces, y caminé hacia el Maybach que ya me esperaba junto a la banqueta. Pero antes de llegar, dos muchachas de la universidad se le habían adelantado. Rodeaban a Dante, riéndose, coquetas, con los celulares en la mano.
—¿Nos das tu WhatsApp? —le decía una—. Ándale, no seas malo.
Dante ni siquiera las miró. En cuanto me vio llegar, estiró el brazo, me lo pasó por los hombros y me pegó a su costado.
—No puedo —dijo, tan tranquilo—. Ella es mi futura novia.
—¡Dante! —Me lo sacudí de encima, roja, mirando de reojo a las muchachas que se reían—. No digas eso. —Y a ellas—: No le hagan caso, es un juego suyo.
Las dos se fueron cuchicheando. Yo me metí al coche antes de que se me cayera la cara de la pena.
—Llévame a Los Tulipanes —dije, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria—. A casa de Rodrigo.
Dante me miró.
—¿Qué pasó?
—Retiró el consentimiento del divorcio. —Apreté la mandíbula—. Voy a que me lo diga en la cara. Y por qué.
Arrancó sin preguntar más. En el camino no hablamos. Yo iba armando en la cabeza todo lo que le iba a decir a ese hombre.
Veinte años. Veinte años le di a Rodrigo Beltrán. Mi juventud, mis mejores años, mi cuerpo, mi trabajo, mi hijo. Le lavé, le cociné, le crié al muchacho casi sola, le aguanté a la madre, le sostuve la carrera cuando él andaba en las nubes de sus investigaciones. Y ahora, cuando por fin junté el valor para irme, el hombre retiraba una firma nada más para verme sufrir. Para tenerme atada, como dijo. Como a un animal.
"Te lo dije. Nunca te van a dejar ir en paz."
No, pensé, apretando los puños sobre las piernas. Esta vez no. Esta vez peleo hasta el final.
Cuando llegamos al fraccionamiento, Dante hizo el intento de bajarse conmigo.
—Tú te esperas afuera —le dije—. Esto es mío. Yo lo arreglo.
—Bea…
—Afuera, Dante. Por favor.
Cedió, a regañadientes, y se quedó en el pasillo, recargado en la pared, con las llaves girando entre los dedos.
Toqué. Me abrió doña Herminia.
Y lo que vi adentro me revolvió el estómago.
Los tres. En mi comedor. Rodrigo, doña Herminia y Karina Montiel, comiendo comida para llevar de unos contenedores de unicel, servidos en mi vajilla, en mi mesa, como una familia. Karina traía una gasa pegada en la mejilla —donde yo le había puesto la mano— y en cuanto me vio, se acurrucó contra Rodrigo y puso cara de gatita apaleada.
Y ahí estaba. La mesa que yo había puesto durante veinte años, con la amante sentada en mi silla. El mantel que yo compré, la vajilla que fue regalo de mi boda, todo servido para ellos tres, tan cómodos, tan en familia, como si yo nunca hubiera existido en esa casa. Como si veinte años se pudieran borrar en tres días.
El estómago se me revolvió. No de tristeza. De asco.
—Ah, eres tú —dijo Rodrigo, sin levantarse—. ¿A qué vienes?
—Vengo a que me expliques por qué retiraste el consentimiento —dije, plantada en medio de la sala—. Ya lo habíamos acordado todo, Rodrigo. Ya habíamos firmado el convenio.
—Me arrepentí. —Se limpió la boca con una servilleta, sin prisa—. Y ya. No te tengo que dar explicaciones.
—¡Sí me las tienes que dar! Veinte años de matr…
—Ay, no grites —intervino Karina, entre lloriqueos ensayados—. Rodrigo, dile que no me grite, me pone nerviosa…
—Tú te callas —le dije, sin voltear siquiera a verla del todo—. Esto es entre él y yo.
—Beatriz, mija —doña Herminia se metió con su voz de siempre—, al fin y al cabo aquí todos somos familia, ¿para qué tanto pleito? Las cosas se hablan…
—¿Familia? —Solté una risa—. ¿Esto es familia?
Karina se levantó de la mesa. Se acercó a mí, muy despacio, con las manos entrelazadas sobre el pecho, la mirada baja, toda mansedumbre.
—Mira —dijo, con voz suave y falsa—, yo no quiero problemas. Mejor sepárense, ¿no? Yo… yo me hago a un lado. No quiero ser la culpable de nada.
Se hacía a un lado dando un paso adelante. La conocía. Era el paso atrás de las que quieren avanzar, la humildad de mentiras de las que quieren que todos vean lo buenas que son. "Yo me hago a un lado", decía, sabiendo que Rodrigo saltaría a retenerla, a defenderla, a dejarme a mí de villana. El teatro más viejo del mundo.
—Qué generosa —dije, y no escondí el sarcasmo—. Mira nada más. La señorita se hace a un lado. Y yo que pensé que había venido a instalarse en mi silla.
Karina parpadeó, desconcertada de que no me tragara el anzuelo.
Rodrigo se puso de pie entonces, colocándose junto a ella, pasándole el brazo por la cintura delante de mí. Delante de su madre.
—¿Sabes qué es tu problema, Beatriz? —dijo, y en su cara había un desprecio que nunca antes me había atrevido a mirar de frente—. Que ya estás vieja. Ya andas en la menopausia, amargada, seca. ¿Quién te va a aguantar? Karina es joven. Karina me hace sentir vivo. Tú llevas años siendo un mueble en esta casa.
Karina puso los ojos en blanco y sonrió de lado, saboreándolo.
Y ahí algo se me rompió por dentro. Pero no me quebré. Al revés. Sentí una claridad fría, total, como cuando por fin se acaba una tormenta que llevaba años cayéndote encima.
Un mueble. Eso había sido para él. Un mueble útil, que cocinaba y planchaba y no estorbaba. Y ahora que el mueble había decidido levantarse y caminar solo, resultaba que estaba viejo, seco, acabado.
"Menopáusica. Amargada. ¿Quién te va a aguantar?"
Miré a Karina, que sonreía saboreando mi humillación. Miré a doña Herminia, que bajaba la vista fingiendo pena. Miré a Rodrigo, con su brazo de dueño alrededor de la cintura de otra, en mi casa, en mi cara.
Y decidí que no. Que no me iba a quedar callada un minuto más de mi vida.
Di dos pasos y le solté a Karina una cachetada.
Fuerte. La que llevaba veinte años guardada sin saberlo.
Karina se fue de espaldas y cayó al piso. Pero no se agarró la cara.
Se agarró el vientre.
—¡Mi bebé! —chilló, retorciéndose, con las dos manos sobre el estómago—. ¡Ay, Dios, mi bebé! ¡Rodrigo, me va a pasar algo! ¡¿Voy a perder a mi bebé?!
Me quedé congelada.
—¿Qué… —Las palabras no me salían—. ¿Qué bebé?
—¡Está embarazada, animal! —gritó Rodrigo, echándose al piso a levantarla—. ¡De mí! ¡Y tú le pegas!
El aire se me fue de los pulmones.
Un hijo. Rodrigo iba a tener un hijo con ella. Mientras yo todavía era su esposa. Mientras yo peleaba por un divorcio que él bloqueaba. Un hijo, la cosa que a mí me había costado sangre y años, la cosa que él siempre trató como un estorbo cuando era mío y ahora presumía como bendición cuando era de otra.
Miré a doña Herminia, buscando que lo negara. Que dijera que era mentira, otro teatro, otra trampa.
Pero la vieja bajó la cabeza y dijo, sin una pizca de vergüenza:
—Mira, mija… mi hijo se equivocó. Tuvo un hijo con otra mujer, es verdad. —Se llevó las manos al mandil—. Pero tú no te divorcies, ¿eh? Ese niño va a nacer, y va a necesitar una familia, y tú eres buena para eso, tú siempre has sido la que aguanta…
Y entonces me reí.
Me reí con una carcajada que me salió del fondo, amarga, rota, imparable. Me reí hasta que se me llenaron los ojos de agua sin llorar.
Veinte años. Veinte años cocinando en esa cocina, lavando esa ropa, criando a ese hijo, aguantando a esa suegra, esperando a ese hombre que llegaba tarde. Veinte años siendo la que aguanta. ¿Para esto? ¿Para que me pidieran que criara al hijo que mi marido tuvo con su amante mientras me llamaban vieja y seca en mi propia sala?
¿En qué momento me convencí de que eso era el amor? ¿En qué momento acepté que mi valor cabía en un mandil y una escoba? La muchacha que soñaba con una tienda de mascotas, la que leía a los poetas de noche y quería escribir, ¿dónde había quedado? Enterrada. Debajo de veinte años de "aguanta, mija", de "entre marido y mujer", de "a tu edad quién te va a querer".
Pues resulta que sí. Que la habían enterrado, pero no estaba muerta.
—Ay, no —dije, entre risas, secándome los ojos—. No. Ya no. Se acabó.
Karina, desde el piso, lloriqueaba en brazos de Rodrigo, mirándome con un ojo entre los dedos para no perderse mi cara.
Y Rodrigo… Rodrigo se levantó.
Lo vi cambiarle la cara. La humillación de un hombre pequeño que acaba de quedar en ridículo delante de su amante embarazada. El orgullo herido, que es la peor de las rabias.
—Te estás riendo de mí —dijo, muy bajo, avanzando hacia mí—. En mi casa. Delante de todos.
—Rodrigo. —Retrocedí un paso.
Me agarró del brazo. Fuerte. Me clavó los dedos y me zarandeó como a un muñeco. Sentí el dolor subirme por el hombro, y algo peor que el dolor: el miedo antiguo, el de aquella tarde, el de la primera bofetada de mis cuarenta años.
—¡Deja de reírte! —gritó, ya sin control, la cara desencajada, la vena saltada en la frente—. ¡Vieja loca! ¡Te voy a enseñar a respetar!
—Suéltame —dije, y me oí la voz firme aunque por dentro temblara—. Suéltame, Rodrigo. No te atrevas.
Pero se atrevió. Claro que se atrevió. Un hombre que ha pegado una vez pega siempre; solo necesita que lo humillen lo suficiente. Y yo, riéndome de él delante de su amante embarazada y de su madre, lo había humillado hasta el fondo.
Y levantó la mano.
La vi subir en el aire, abierta, temblando de furia, encima de mi cara.
Y del otro lado de la puerta cerrada, sin saber lo que pasaba adentro, seguía esperando Dante.