Clara Estrella enviada a un internado por sus padres que solo favorecen a su gemela, Clarisa. Es traida nuevamente solo para ocupar el lugar de Clarisa en un matrimonio arreglado. Lo que todos ignoran que Clara fue tomada por una organización secreta y entrenada como asesina. Por lo que ya no es esa chica retraida y complaciente, que a pesar de no querer casarse acepta al considerar a su nuevo esposo la mejor pantalla para cumplir con sus misiones. Solo debe fingir ser una esposa complaciente. ¿Podrá Clara soportar fingir? ¿Lograra cambiar la actitud libertina de su esposo? ¿Qué pasara cuando sepan lo que ella es en verdad?
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18- Sigo sin creer
🔵ADRIÁN
Quedé impresionado.
Esa es la palabra. Impresionado. No por el grito de Clarisa, que ya estoy acostumbrado a que las mujeres griten mi nombre. Sino por lo que dijo Santiago.
"Es mi esposo".
Leo. El gigante. La mano que abarca la cintura de Clara entera. ¿Esposo de Santiago?
Lo miré. A los dos. Parados uno al lado del otro. Santiago con su traje gris de secretario, el que elegí yo mismo. Leo con su traje negro, enorme, con esa voz gruesa que hace vibrar el piso.
No podía imaginarlos juntos. No podía. No es por prejuicio, que quede claro. Es que... No me cerraba. Santiago tiene voz gruesa, igual que Leo. Manos grandes. Espalda ancha. Es un tipo serio, que no se ríe nunca, que me cubre en la empresa porque yo no quiero estar ahí. Yo lo elegí a propósito. Hombre, casado, serio, para que ninguna secretaria se me insinuara y ninguna se me acercara a él. Porque en mi oficina, cada vez que aparezco, todas se alborotan. Se arreglan el pelo, se ríen fuerte, se pelean por traerme el café. Estoy harto de eso. Por eso elegí a Santiago. Sabía que era casado. Lo decía su ficha. Pero nunca le noté nada raro. Nunca lo vi con nadie. Nunca me habló de su marido. ¿Por qué no me dijo?
No. No confiaba.
Que sea la inclinación que tenga, Leo es un hombre. Y Clara es Clara. Hermosa. Diosa esta noche. ¿Cómo no va a verla como mujer? ¿Cómo no va a querer algo más? Un hombre, por más casado que esté, es un hombre. Y yo conozco a los hombres.
Los vi irse. Clara con la mano de Leo todavía en su cintura. Santiago atrás, con su carpeta.
— ¡Clara! — grité.
Ella se detuvo. No se dio vuelta enseguida. Leo sí. Me miró fijo. El gigante me miró desde arriba.
— Mañana. Reunión. En mi oficina. Los tres — dije —. En la empresa. A las nueve.
Clara asintió, fría, como siempre. Sin sentimientos. Como si nada de lo que pasó le hubiera afectado.
— Ahí estaré — dijo.
—Vendrás conmigo.
—Claro. Debo terminar algo antes.
Asentí, conteniendo el aliento, fingiendo que no me molestaba.
¿Por qué no viene conmigo?
¿Por qué se va con ese?
Regrese al departamento. Lo senti vacío. Silencioso.
—Al parecer no viene.
Dijo Marcos rompiendo el silencio.
—Guarda silencio. Le dije con los dientes apretados.
—¿Creiste lo que dijo Santiago?... Si quieres mi opinion.
—No quiero.
—Igual te la doy. No creo que sean pareja, salta a la vista que no es asi. Solo lo cubrio. No queria que su amigo pierda la cara por meterse con la mujer de su jefe. O no queria que su jefe quede mal ante las personas. Como un cornudo.
—Ya callate.
Eleve la voz perdiendo el control. En eso llego Clara. No saludo. Estaba mas seria de lo habitual.
Cuando ella se encaminaba al cuarto de huespedes, la frene.
—Somos esposos. Dormimos en el mismo cuarto. Si llega a venir mi abuelo ¿Qué pensara?
Aprete los puños esperando una contraria de su parte. En su lugar ella me miro sin ninguna emoción y asintió.
Su calma me inquieta, su indiferencia me duele mas que me insulte. Si me gritara, insultara, tengo mil maneras de refutar todo, pero su silencio es una espada que me atraviesa y no entiendo la razón.
A la mañana temprano Clara salió y ya no regreso.
No me quedaria esperando. No dejaria que sepa que me importa. Por lo que me fui en dirección a la empresa. Llegué a las ocho y media. A propósito. Quería ver si ella llegaba sola o con el grandote.
Mi oficina queda en el piso 22 de los Montoya. Cuando entré, pasó lo de siempre. Las secretarias. Todas. Se levantaron. Se acomodaron la blusa. Una se tropezó llevando papeles que no tenía que llevar.
— Señor Montoya, qué sorpresa — dijo Carla, la de recepción.
— ¿Está Santiago? — pregunté.
— Sí, ya llegó. Con... con dos personas.
Sentí un sabor amargo en la boca. Clara se encontró con ese antes. Al parecer no aguanto la espera de verlo primero.
Entré.
Ahí estaban. Santiago en su escritorio chico, Clara sentada en la silla de visitas con ese enterito negro de nuevo, el ajustado, y Leo de pie porque no entraba en ninguna silla. Enorme. Ocupando media oficina.
— Siéntense — dije. Aunque ya estaban sentados. Leo no podia debido a su tamaño.
Cerré la puerta. Las secretarias afuera pegaron la oreja, lo sé.
— Quiero la verdad — dije, mirando a Leo —. Sin vueltas. ¿Vos y Clara?
Leo me miró. No se rió. No se ofendió. Me miró como se mira a un nene caprichoso.
— Adrián — dijo con su voz gruesa —. Estoy casado con Santiago. Hace cuatro años. Lo amo. Clara es mi compañera. Como una hermana. No la veo como mujer. La veo como... como alguien que sobrevivió a la isla igual que yo.
¿Isla?
¿Así se refiere a la prepa?
No entiendo lo que significa.
— Eso es lo que decís — le contesté —. Pero yo te vi. Tu mano en su cintura. Tu forma de mirarla.
Santiago se levantó.
— Adrián, te pido respeto — dijo, con su voz gruesa también —. Conozco a Leo desde que teníamos diecinueve. Sé lo que le gusta y lo que no. Y te aseguro que no es Clara. Y Clara no... — me miró —. Clara no está con él.
—Entonces habló Clara. Dime tu versión.
Por primera vez me miró a los ojos sin ese hielo de siempre. Cansada.
— Adrian — me dijo —. Solo fuimos a recuperar esas joyas para regresarlas al museo. Era nuestro proyecto. El collar y los aros. No era para venderlos. Era para devolverlos. Por eso pujaste contra nosotros. Por eso te robé las llaves. — metió la mano en su bolsillo y sacó mi tarjeta negra y mi llave —. Acá tenés. No las quería para nada más que para abrir la caja de tu suite y sacar el conjunto antes de que lo guardaras.
Me dejó las llaves en el escritorio. Sus dedos rozaron los míos. Fríos.
— ¿Qué significa todo esto? ¿En qué trabajas? Explicámelo.
—No puedo decirte. Solo debes saber que somos de los buenos.
—No me basta. Si somos esposos debes ser sincera conmigo.
—Nos pagan para recuperar cosas robadas, por vía legal.
—Ok —Golpeo el escritorio con una lapicera— Si inventas todo esto para ocultar tu relación, no te juzgaré.
—No miento. Es la verdad.
Me quedé callado. No entendía. No entendía por qué me molestaba tanto verla con otro. Por qué me había dado celos verla vestida como diosa para otro, cuando como mi esposa de contrato siempre anda con ese enterito negro. Por qué me dolió más eso que la foto donde besaba a Marcos en el parque.
Marcos, que había entrado sin que me diera cuenta y estaba apoyado en la puerta, se acercó y me susurró al oído, para que solo yo escuchara:
— Estás enamorado de tu esposa de contrato y no querés admitirlo.
Lo miré. Quise pegarle. Quise decirle que no. Que yo me juré nunca ser de una mujer. Nunca. Que por eso firmé el artículo 3. Que por eso vivo de modelaje, de fotos, de no atarme a nadie, de no hacer nada en la empresa de los Montoya. Que por eso me casé con una desconocida, porque no me importaba si era Clarisa o su hermana, porque era un contrato, nada más.
Pero no dije nada.
Porque Marcos tenía razón.
Yo, Adrián Montoya, que me juré nunca ser de una mujer, que me juré nunca mirar a una sola, ahora estaba celoso. Celoso de Clara. De mi esposa de contrato que es fría, inexpresiva, sin sentimientos, que solo se enfoca en su trabajo inventado para ocultar una relación. Porque me resulto muy rebuscada su respuesta. Ni que fueran de una agencia secreta. Seguro era todo mentira.
De lo que tengo certeza es que me siento celoso de que otro le abarque la cintura con una mano y yo nunca lo hice.
Y ella ahí, sentada, con su enterito negro, mirándome como si no entendiera nada. Como si yo fuera el raro.
— ¿Terminamos? — preguntó Clara —. Tenemos que devolver las joyas.
Levanté la caja de terciopelo que había dejado sobre mi escritorio. El collar y los aros de oro y diamantes que había comprado para regalárselos y demostrarle que solo yo puedo darle cosas bonitas.
Se la extendí.
— Tomá — le dije —. Devolvelas.
Ella lo agarró. Nuestras manos se tocaron de nuevo.
Y por primera vez, no quise soltarla.
Cuando se fueron Marcos se aproximó.
—¿Por qué se lo diste?
—Averiguaré si es verdad lo del museo.
—Y si no.
—Sabré que me mintió y que Leo es su pareja.
—¿Qué harás?
—Si me mintió, anularé el contrato y que esté con quien le gusta en verdad.
—¿Nada más?
—¿Qué más puedo hacer?
—Pelea por ella, conquístala, es la primera vez que te veo así por una chica. Lucha por tenerla.
No se equivocaba Marcos. Pero por primera vez no sabía que hacer para conquistar a Clara. No era igual a ninguna de las chicas que conozco.