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ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Héroes / Venganza / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.

Pero un día, Cástor no aparece.

Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.

Entonces toma su lugar en la academia humana.

Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.

Es Pólux.

Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…

metérsete con el hermano de un dios es otra.

Porque Cástor podía perdonarlos.

Pólux no.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

HASTA UN CIEGO TENDRÍA EL CRITERIO PARA DISCERNIR QUE ELLOS MIENTEN

La puerta se cerró tras mí con un golpe seco, como si el propio aire sellara mi destino. El despacho era amplio, de muebles oscuros y olor a libros viejos y autoridad rancia. Detrás del escritorio, el director Valverde me miró por encima de las gafas, con expresión severa, como si mi presencia fuera una ofensa en sí misma. A mi lado, Elena y Javier ya habían tomado asiento, con las cabezas altas y los labios apretados, listos para tejer su mentira una vez más.

—Siéntate —ordenó Valverde, señalando la silla vacía frente a él.

No me moví de inmediato. Recorrí con la mirada cada rincón del despacho, luego posé la vista en el director, directa, sin rastro de la timidez que siempre mostraba.

—¿Antes de sentarme, puedo preguntar algo? —mi voz era suave, pero cada palabra pesaba como plomo—. Dicen que usted es el director. Que se supone que vela por la verdad, por la justicia de esta casa. ¿Es así?

Valverde frunció el ceño, molesto por la interrupción.

—Eso intento, sí. Siempre basándome en los hechos y en lo que las personas de confianza me cuentan.

—¿Personas de confianza? —solté una risa breve, seca, sin alegría—. ¿Se refiere a ellos? —señalé a mis padres adoptivos, que se tensaron al instante—. ¿A los que dicen cuidarme, y sin embargo no saben ni cuál es mi plato favorito? ¿A los que durante años vieron cómo volvía a casa con moretones y ropa rota, y nunca preguntaron qué me pasaba? ¿Esos son sus personas de confianza?

Elena se puso de pie de un salto, indignada.

—¡Cómo te atreves! ¡Vienes aquí tras lo que pasó en la azotea y nos acusas de esto! ¡El director ya sabe lo que ocurrió! ¡Fue un accidente! Tú te acercaste demasiado al borde, te tropezaste…

—¿Un accidente? —la interrumpí, sin apartar la vista de ella—. ¿Así lo llaman ustedes? ¿Un accidente es que tres personas me rodearan, me empujaran contra la barandilla y me dijeran que nadie me echaría de menos? ¿También fue un accidente que ustedes llegaran justo cuando caía, sin haber hecho nada por impedirlo?

—¡Eso es mentira! —gritó Javier, golpeando el brazo del sillón—. ¡Estás confundido por el golpe! ¡No sabes lo que dices!

—¿Confundido? —di un paso hacia él, y el hombre retrocedió instintivamente—. Recuerdo cada palabra. Cada empujón. Cada risa. Y ahora vienen ustedes, que nunca estuvieron cuando los necesitaba, a contar una historia que ni siquiera se molestaron en hacer creíble.

Valverde golpeó suavemente el escritorio con el bolígrafo, imponiendo silencio.

—Basta. Aquí no vamos a gritar. He hablado con los tres alumnos presentes en la azotea, y todos coinciden: estabas alterado, te acercaste al borde por tu cuenta y perdiste el equilibrio. No hay testigos de que nadie te empujara. Tus padres afirman que últimamente estabas muy inestable emocionalmente…

—¡Ah, ya entiendo! —lo miré fijamente, con esa mirada que parecía ver más allá de las palabras—. Así que usted da por hecho que ellos dicen la verdad, y yo miento. ¿Por qué? ¿Porque son adultos? ¿Porque tienen dinero y buen nombre aquí? ¿O porque es más fácil creer que el chico solitario y sin familia de sangre es el problema, en lugar de mirar a los que lo rodean?

Me incliné ligeramente hacia el director, y mi voz bajó, cargada de una autoridad que no podía provenir de un simple estudiante.

—Usted se llama director. Se supone que tiene criterio, ojos para ver más allá de lo que le ponen delante. Pues le digo algo: hasta un ciego tendría el criterio para discernir que ellos mienten. Se les nota en la forma en que no me miran a los ojos. Se les nota en lo rápido que inventaron una excusa. Se les nota en que no les importa si caí o no, solo les importa no quedar mal.

El silencio llenó la habitación. Valverde se quedó sin respuesta, incómodo, sacudido por la certeza de que algo en mí había cambiado por completo.

—No voy a pedirle que me crea porque yo lo diga —continué, enderezándome—. Tampoco tengo que demostrarle nada a nadie. Tengo un video. Todo quedó grabado. Lo que pasó, lo que dijeron… todo. Así que no estoy aquí para convencerlo. Estoy aquí para que sepan que la verdad ya no se puede ocultar.

Me giré hacia la puerta, sin esperar permiso para irme.

—Quédense a discutir lo que quieran. Yo ya he dicho lo necesario. Cuando quieran ver la prueba, saben dónde encontrarme. Hasta entonces… no vuelvan a mentirme a la cara.

Salí del despacho y cerré la puerta. Al otro lado, el director, Elena y Javier se quedaron en silencio, pálidos, sabiendo que el juego acababa de cambiar para siempre.

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