Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPITULO 8
En ocasiones, las peores condenas no son las que te someten con cadenas, sino aquellas que llevan un rostro angelical y un cuerpo descomunal.
AZRAEL
Acomodo el cuello de mi camisa y ajusto el reloj dorado en mi muñeca. Tomo mi móvil y las llaves del auto para irme; faltan tan solo treinta minutos para estar frente a ella.
—Los guardias ya están listos y...
—Se quedarán aquí. Iré solo —corto a Vladimir antes de que termine.
—Eso es una locura. Te han atacado antes, no puede ir solo por ahí, señor —refuta con tono de alarma.
—He dicho que no —no acepto cuestionamientos—. Haré las cosas a mi modo.
—Esto es muy arriesgado.
—No te preocupes y déjame hacerlo a mi manera.
—No vale la pena arriesgarse así por una simple chica, señor. Tiene a muchas que...
—Que no se comparan con ella —lo fulmino con la mirada—, así que ahórrate tus patéticas sugerencias.
Lo aparto y sigo mi camino hacia la salida. Me traen el auto y me apresuro a subir. Pese a que voy solo al volante, sé que hay más de diez hombres vigilándome la espalda desde puntos estratégicos.
El edificio de fachada clara aparece frente a mí; el nombre de la compañía reluce en letras doradas: D’Lincor Esthetics. Estaciono justo enfrente y, con la espalda recta y la seguridad que me es propia, bajo del vehículo. La brisa fresca me sacude el cabello y me quito las gafas de sol antes de entrar. No me molesto en saludar a nadie; simplemente camino hacia donde me guían.
—Bienvenido, señor Smirnova. La señorita Lincor estará con usted en un momento. Sígame.
Me conducen a la sala de juntas. Mientras espero, me acerco a los grandes ventanales para observar el paisaje transitado de la zona. La piel me cosquillea y el pulso se me acelera cuando siento que la puerta se abre detrás de mí.
—Buenos días... —La voz que emiten a mi espalda pone mis sentidos en alerta máxima. Al darme la vuelta, comprendo que, en efecto, la realidad supera mis recuerdos—. Lamento haberlo hecho esperar.
Por primera vez en mi jodida vida, mi cuerpo no parece coordinar. Mis músculos se tensan mientras mis ojos recorren a la mujer que acaba de entrar. Al chocar con su mirada, no puedo negar que son los primeros ojos por los que siento que caería en la mayor de las tentaciones.
Doy un paso hacia ella. La tensión aumenta cuando extiendo mi mano.
—Azrael Smirnova —me presento, sin apartar la vista de la suya.
—Mucho gusto, señor —ella sujeta mi mano, enviando estímulos eléctricos a todo mi cuerpo—. Dasha Lincor.
Sigo el movimiento de sus labios mientras mantengo su mano entre la mía.
—Podemos iniciar cuando quiera, señor.
Me obligo a soltarla y a seguirla hasta la mesa. No puedo dejar de mirarla. Es hermosa, sumamente hermosa. Lleva el cabello suelto y un vestido negro de tirantes que se ciñe a su esbelta figura, resaltando cada curva que presiento será mi perdición.
—Me han dicho que está interesado en la nueva línea que hemos lanzado al mercado —comienza ella—. ¿Podría saber cómo es que un hombre con un perfil como el suyo se ha interesado por mi compañía?
Sonrío y me acerco un poco sobre la mesa.
—Sé reconocer lo bueno a distancia, señorita Lincor. Y créame, sé que todo lo que hay acá, incluida usted, es justo lo que me interesa.
No pasa desapercibido el rubor que le cubre las mejillas.
—No responde del todo a mi pregunta pero... gracias —sonríe, tirando un poco más de las cadenas que nos unirán.
—Investigué sobre empresas para invertir en este país y una de las que mejor perfil tenía era esta —no miento del todo—. Busco nuevos horizontes, y creo que invertir con usted me dará lo que busco... y mucho más.
—Siendo así, podemos iniciar, señor Smirnova —dice con una sonrisa mientras abre la carpeta sobre la mesa.
—Azrael —la corrijo—. Si trabajaremos juntos, no me hable de "usted". Somos jóvenes y, créame, yo no pienso tratarla únicamente como mi socia.
Levanta las cejas con confusión, pero no me importa. No pretendo andar con rodeos para dejarle claro qué es lo que quiero de ella.
—Mejor sigamos aquí... —murmura ella, tratando de recuperar el hilo.
La siguiente media hora transcurre mientras la escucho hablar detalladamente sobre el trabajo. Sin duda, lo que tiene de hermosa lo tiene de inteligente; de eso no queda duda alguna.
—Es un gusto formar parte de esto, Dasha —digo, volviendo a tender mi mano hacia ella.
—El gusto es nuestro, Azrael.
—El trato se debe cerrar de una forma más correcta —añado, sin soltarla aún—. ¿Le parece?
—Me parece bien.
—Una cena —propongo. Ella asiente—. Mañana.
—De acuerdo.
Dicho esto, rompo la unión de nuestras manos, pero sin perder el contacto visual. Me despido de ella con el mismo hormigueo en las manos, asegurándole que nos veremos muy pronto.
Enciendo el motor y pongo el auto en marcha hacia las afueras de la ciudad, donde se encuentra la mejor zona de clubes nocturnos. Las camionetas de mi seguridad se alinean detrás de mí en cuanto salgo de la empresa. Vlad se pone en contacto conmigo.
—Vía despejada hasta el club del sur, señor.
—Entendido.
Hundo el acelerador. Pocos minutos después me adentro en las calles más apartadas. Los mejores clubes están aquí, y es aquí donde puedes encontrar todo lo que busques. Yo busco liberar la tensión acumulada; placer y deseo carnal, nada más.
El aire pesado del club y el olor a tabaco barato impregnan mis sentidos mientras entro en la zona VIP. Salí de la empresa de Dasha buscando ruido, distracciones que borraran la calidez de su mano y el eco de su voz en mi cabeza. Vlad tenía razón: me estoy obsesionando. Y como siempre hago cuando algo me gusta, no descanso hasta lograr lo que quiero.
Me siento en una mesa apartada y dejo que me sirvan un par de tragos. El alcohol se desliza por mi garganta, aliviando un poco la tensión acumulada estos días. Pierdo la noción de la hora. Me despojo del saco y me dirijo a los reservados del club.
La mujer que me espera en la cama es exactamente lo que pedí: curvas generosas y mirada dispuesta. No hay nombres, no hay pasado, solo sexo. Ella se acerca, sus manos expertas desabrochan mi camisa y sus labios buscan mi cuello. Debería ser suficiente. Debería ser el alivio que mi cuerpo reclama.
Pero, joder, no lo es.
Dejo que haga su trabajo cuando se arrodilla frente a mí. Me suelta la bragueta y libera mi miembro. Se ocupa de lo que sabe hacer; me empuja sobre la cama y se sube a horcajadas sobre mí. Cuando intenta acercar su boca a la mía, la sujeto con fuerza de la mandíbula.
—No rompas las reglas —le recuerdo. Ella asiente—. ¿Y cuáles son las reglas? —le pregunto, ejerciendo más presión.
—No besar ni tocar al líder sin su permiso —susurra.
—Entonces acata la maldita orden.
De un solo movimiento la hago girar, dejándola bajo mi cuerpo y presionándola contra el colchón. Me pongo el preservativo y entro de una estocada. Me muevo con fuerza, enterrándome en ella sin piedad. Intento buscar la liberación, pero no la encuentro por más que me mueva. Sus manos se meten entre nuestros cuerpos e intentan acariciarme.
Cada caricia se siente vacía. Cada movimiento es un recordatorio de que no es a ella a quien quiero bajo mi cuerpo. Es frustrante, es patético. Me aparto bruscamente, dejándola confundida y a medio vestir sobre las sábanas de seda.
—Vete —ordeno con voz ronca, sin mirarla.
—Pero, señor Smirnova, yo creía que...
—He dicho que te vayas. Ahora.
Le arrojo un fajo de billetes sobre la mesilla sin siquiera contarlos. No me importa el dinero, solo quiero recuperar el silencio. Escucho la puerta cerrarse y, por fin, me quedo solo con mis demonios.
Es medianoche cuando entro en la habitación del hotel donde me estoy quedando. Salgo al balcón, dejando que el frío de la noche golpee mi pecho desnudo. Enciendo un cigarrillo; el humo llena mis pulmones antes de soltarse lentamente hacia el cielo oscuro de la ciudad.
Observo las luces a lo lejos, pensando en que en algún lugar de esta selva de asfalto, ella está durmiendo, ajena a la tormenta que ha desatado en mí. Nunca me había pasado esto. Siempre he sido el dueño de mis impulsos, el arquitecto de mis deseos. Las mujeres siempre han sido un medio para un fin, nunca el fin mismo.
Doy una última calada y aplasto el cigarrillo contra la barandilla de metal. Mis nudillos se tensan. Esto me está empezando a afectar de una manera que no puedo controlar, y el control es lolo único que me mantiene vivo en este mundo.
Mañana, en la cena, no solo cerraré un trato comercial. Mañana empezaré a descubrir qué clase de magia negra carga esa mujer para haberme desarmado en tan solo un par de segundos; sin aplicar seducción, sino con lágrimas cubriéndole el rostro y el dolor carcomiéndole el alma.
Porque si voy a caer en esta condena, me aseguraré de que ella caiga conmigo.