El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 22 — La Huida y la Verdad
Corrieron entre la espesura del bosque sin mirar atrás, con el ruido de disparos y gritos desvaneciéndose poco a poco a sus espaldas. Christine sentía el aire frío quemarle los pulmones, las ramas azotarle el rostro, y aun así no soltaba la mano de Damon ni un instante. Él los guiaba con paso seguro, conocedor del terreno como si lo hubiera recorrido mil veces antes, con Elías apoyado pesadamente en su otro hombro, cada vez más débil tras meses de encierro.
—Por aquí —susurró Damon al oído de ella, desviándose por un sendero estrecho cubierto de hiedra que apenas se distinguía entre los árboles—Hay una cueva cerca. Escondite de mi padre. Nadie la conoce.
Llegaron minutos después, tras subir una pendiente rocosa: una entrada baja disimulada entre piedras musgosas. Una vez dentro, Damon encendió una pequeña linterna y la luz reveló un refugio seco y amplio, con leña apilada, manteles viejos y provisiones que parecían llevaban allí décadas. Dejó a Elías con cuidado sobre una capa de paja seca y Christine se arrodilló de inmediato a su lado, revisándole el pulso, examinándole las heridas.
—Está deshidratado y muy débil —dijo ella con voz rápida, profesional, mientras sacaba una cantimplora de la mochila que llevaba al hombro, pero sobrevivirá. Respira con dificultad por el encierro y el miedo, pero su corazón aguanta.
Mientras le daba de beber a sorbos pequeños, Damon vigilaba la entrada con el arma en la mano, tenso como una cuerda a punto de romperse. Christine se levantó, se acercó a él y le tomó la mano, sintiendo cómo temblaba ligeramente.
—Estamos a salvo por ahora —le dijo suavemente—Gracias. Por enviar los refuerzos. Por no dejarme sola allá afuera.
Él la miró con una mezcla de cansancio y adoración profunda.
—Gracias a ti por ganar tiempo —respondió, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos—Sin tus palabras, nos habrían matado antes de que llegaran. Eres increíble, ¿lo sabías?
—Lo aprendí del mejor —susurró ella, sonriendo con ternura.
Se sentaron juntos junto a Elías, esperando a que recuperara fuerzas. Cuando el hombre abrió los ojos por fin, los recorrió a ambos con una expresión seria y pesada, como si cargara con el mundo entero sobre los hombros.
—Debí decírselo hace años —empezó con voz rasposa, mirando a Christine fijamente—Su madre no quería que viviera con la culpa. Pero callar fue peor. Mucho peor.
Respiró hondo antes de continuar, y cada palabra salió lenta y dolorosa.
—Todo empezó con su padre, Christine. Él descubrió que Marco y varios políticos importantes estaban desviando dinero público hacia negocios ilegales. Iba a denunciarlo todo. Marco lo mató. Hizo que pareciera un accidente de tráfico. Cuando su madre lo supo, quiso contarlo todo, pero Marco la amenazó con matarla a usted si abría la boca. Entonces hizo un trato: se callaba y se alejaba de todo, a cambio de que la dejara criarla tranquila. Pero el trato nunca se cumplió del todo. Siempre hubo vigilancia, siempre hubo miedo. Y cuando Damon apareció en su vida… Marco usó eso para destruirlos a ambos. Le mintió a su madre diciéndole que Damon iba a entregarla a la policía como cómplice, y le mintió a Damon diciéndole que ella lo rechazaba por ser quien era. Los separó con mentiras hasta que la presión fue demasiado. Su madre no se suicidó solo por miedo. Lo hizo para protegerla. Dejó una carta con todas las pruebas. Ocultó en ella dónde estaba todo. Para que cuando fuera mayor, supiera la verdad y pudiera defenderse. Pero Marco la encontró antes de que usted la leyera. O eso creyó.
Christine sentía que el suelo se movía bajo sus pies. Las lágrimas corrían por sus mejillas, no de dolor, sino de una claridad devastadora. Damon la abrazó con fuerza por la espalda, sosteniéndola mientras todo su mundo se reordenaba de golpe.
—¿La carta, sigue existiendo? —preguntó ella con voz temblorosa.
Elías asintió lentamente.
—La escondió en el único lugar donde nadie se atrevería a buscar: en el mausoleo familiar, junto a su padre. Sabía que Marco jamás tocaría la tumba por superstición. Ahí está. Todo: nombres, fechas, cuentas bancarias, órdenes firmadas. Suficiente para derribarlo a él y a toda su red. Para que ninguno vuelva a tocarte jamás.
Damon apretó la mandíbula con fuerza, sus ojos oscuros encendidos de determinación.
—Eso acabará con él, para siempre.
—Sí —confirmó Elías—Pero hay algo más. Algo que su madre escribió solo para usted. Dice que si algún día el destino la unía con el hijo de Alejandro, sabría que no fue casualidad. Que estaban destinados a reparar el daño que sus familias no pudieron evitar. Que el amor no borra el pasado, pero sí puede construir un futuro mejor sobre él.
Christine cerró los ojos y se apoyó contra el pecho de Damon, sintiendo cómo su corazón latía al mismo ritmo que el suyo. La verdad había llegado al fin, completa y desgarradora, y aunque dolía, también sanaba. Ya no había secretos entre ellos. Ya no había sombras que los separaran. Solo el camino por delante, la justicia que merecían, y un amor que había sobrevivido a todo: mentiras, veneno, muerte y tiempo.
—Vamos a buscarla —susurró Damon al oído de ella, besándole la sien—Recuperaremos lo nuestro. Y cerraremos este capítulo para siempre.
Christine asintió, tomó su mano y la apretó con todas sus fuerzas.
—Juntos —dijo—Siempre juntos.
...La verdad no solo los liberó, les dio las armas para ganar....
...CONTINUARÁ ...
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