Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 12
Cap 12: La sanguijuela y su hija
Ximena no había pegado el ojo en toda la noche.
A las cuatro de la mañana el aroma frío de Adrián todavía flotaba en las sábanas, limpio y hondo, pero él andaba de viaje por lo de Edén y la cama se le hacía un desierto. Se dio vuelta una vez, dos, tres. Nada. Al final apartó la cobija de un manotazo, se echó una manta encima y salió descalza al balcón.
El jardín de Villaverde era una mancha negra abajo. La ciudad, un puñado de luces lejanas. Se apoyó en el barandal frío y respiró el aire de la madrugada como si pudiera calmarla.
No la calmó.
Sacó el teléfono. Buscó, entre los contactos que nunca borraba, un número que llevaba tres años sin marcar. El dedo dudó un segundo sobre la pantalla. Luego marcó.
Repicó cuatro veces.
—¿Bueno? —Una voz áspera, pastosa de sueño y de mal genio—. ¿Quién chingados habla a esta hora?
—Doña Sonia. —Ximena sonrió apenas, sin nada de alegría—. Soy Ximena Salazar. ¿Se acuerda de mí? Le tengo una noticia que le va a interesar. Su Liliana regresó a Monteverde. Muy elegante ella, trabajando en la cadena de televisión. Y viene embarazada.
Del otro lado hubo un silencio de tres segundos. Y luego el dique se reventó.
—¿Que qué? ¿Esa malagradecida está aquí, en Monteverde, y ni me avisó? —La voz subió de golpe—. ¡Con todo lo que me debe! ¡El pasaje que le pagué, la renta, los medicamentos de su papá, que ahí lo tengo tirado en la silla de ruedas mientras la señorita se pasea de reina! ¿En dónde está? ¡Dígame en dónde!
Ximena le dio todo. La dirección de la cadena. La hora exacta de entrada. Hasta le describió el coche en que llegaba.
—Va a estar ahí a las nueve —dijo—. En la puerta principal. No la deje ir.
Colgó, apagó la pantalla y se quedó mirando el cielo hasta que la primera luz gris borró las estrellas.
No fue a la cadena esa mañana. No hacía ninguna falta.
A las nueve y cuarto, el escándalo ya rodaba por tres grupos de WhatsApp de la redacción. Una mujer mal encarada, con un suéter zurcido en los codos y un bolso de mandado colgando del brazo, se había plantado en la entrada de la cadena y le había clavado las uñas en el pelo a Lili delante de medio noticiero.
—¡Hija ingrata! —chillaba doña Sonia mientras la zarandeaba de las greñas—. ¡Yo te parí en un cuarto sin agua ni luz! ¡Tu padre baldado en la silla y tú de princesa! ¿Cuánto ganas aquí? ¡Todo es mío, óyeme bien, todo!
Lili, con el rímel corriéndole por la cara, manoteaba y trataba, aun así, de sonreír a los celulares que la rodeaban.
—Señora, se equivoca, yo no la conozco. —La voz le salía trémula, dulce, ensayada—. Por favor, que alguien llame a seguridad, esta pobre mujer está confundida.
—¿Que no me conoces? —Doña Sonia soltó una carcajada horrible, de dientes torcidos—. ¡Enséñales la marca del cinturón que te dejé en la espalda! ¡Diles de qué barriada saliste, huerca mustia! ¡Diles cuánto me mandabas cada mes!
La máscara se le cayó a Lili de un golpe. La voz angelical se le rompió en un grito agudo, feo, de verdulera acorralada.
—¡No la conozco! ¡No la conozco! —Y empujó a su madre con las dos manos, tan fuerte que la señora casi rueda por el escalón.
Los colegas que semanas atrás la compadecían como a un corderito se miraron entre sí, sin decir nada. La becada humilde de gran corazón acababa de gritarle "no la conozco" a la mujer que juraba haberla parido, y de empujarla en la calle.
Dos horas más tarde, el teléfono de Ximena vibró sobre la mesa. Era Fernando.
—Xime. —Sonaba destrozado—. Lili está en urgencias. Amenaza de aborto. Se puso mal después de... de un problema en la cadena. —Tragó saliva—. Si al niño le pasa algo, no te lo voy a perdonar en la vida.
Ximena cerró los ojos un instante. Luego tomó las llaves del coche.
Llegó al hospital San Rafael, subió al piso de los cuartos privados y se detuvo antes de empujar la puerta entreabierta del VIP. Dentro, la voz de Lili, ya sin público, había vuelto a su registro de miel.
—Fue ella, Fer, te lo juro por nuestro bebé. Ximena le habló a mi mamá, ella le dio la dirección, ella lo planeó todo para humillarme en mi trabajo. Siempre me ha tenido envidia, desde la prepa. —Un sollozo perfectamente medido—. Nuestro hijo casi se muere hoy por su culpa. ¿Vas a dejar que te la siga metiendo entre nosotros?
Ximena empujó la puerta.
—Tienes razón en una cosa —dijo, tranquila, entrando—. Yo le hablé a tu madre. Pensé que le daría gusto saber que su hija estaba bien y de vuelta. —Miró de reojo el monitor fetal, la línea que subía y bajaba, firme, sana—. Y en lo otro te equivocas: el bebé está perfecto. El médico me lo dijo afuera. No hubo ninguna amenaza de aborto. Un cólico. Mucho teatro.
Lili palideció. Fernando frunció el ceño y volteó hacia la enfermera que acomodaba el suero.
—¿Es cierto eso?
La enfermera vaciló, incómoda.
—Los signos del bebé son normales, señor. La paciente... se alteró mucho, nada más.
—Descanse, señora —le dijo Ximena a Lili, con un usted que cortaba como vidrio—. Se ve que le hace falta.
Y salió sin esperar respuesta.
Esa tarde, en el departamento que Fernando rentaba, algo se rompió de verdad.
Él no lograba quitarse de la cabeza la mueca de Lili gritándole "no la conozco" a su propia madre, la mano empujándola contra el escalón. La mujer dulce que él creía conocer había desaparecido tras esa cara. Se quedó mirando la laptop de ella, olvidada sobre la mesa del comedor. Antes de pensarlo bien, la abrió.
Le pidió contraseña.
Probó la fecha en que se conocieron. Nada. Probó el aniversario de ellos. Nada. Se quedó viendo la pantalla, y entonces, casi sin querer, tecleó otra fecha: el cumpleaños de Ximena.
La pantalla se abrió.
A Fernando se le heló la sangre. ¿Por qué la contraseña de la laptop de Lili era el cumpleaños de Ximena?
Con el corazón golpeándole, buscó entre los archivos. Encontró una carpeta sin nombre, escondida en una subcarpeta de fotos. La abrió. Adentro había decenas de documentos, ordenados con fechas que empezaban más de un año atrás: capturas de pantalla fabricadas, un supuesto expediente escolar donde Ximena figuraba como abusadora de sus compañeras, un falso reporte médico de un aborto, borradores de mensajes anónimos ya redactados y listos para enviarse a la prensa. Todo apuntaba contra Ximena. Todo era mentira, armado con la paciencia de un relojero.
Fernando se dejó caer en la silla. Le sudaban las manos. Por primera vez en tres años, sintió que no tenía la menor idea de quién era la mujer que dormía cada noche a su lado.
Lejos de ahí, en el piso de dirección de la Torre AB, Adrián acababa de bajar del jet. Todavía traía el saco al hombro y las ojeras del vuelo cuando Gael se le acercó con una carpeta.
—Los perfiles para la vacante de asistencia en secretaría, señor. La agencia mandó cinco candidatas.
Adrián los hojeó sin interés, de pie, medio distraído. Se detuvo en el tercero.
La foto de una joven con una sonrisa demasiado ancha y unos ojos que no sabían disimular la ambición. Bajo la fotografía, el nombre completo: Susana Salazar.
Adrián levantó una ceja despacio.
—Vaya, vaya. —Cerró la carpeta con dos dedos—. Miren nomás quién quiere subir hasta acá.
es dura de entender, pero bueno , veamos como termina esta mujer