Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 13: Miedo y deseo mezclados.
El aire de la habitación estaba cargado, denso, lleno de ese calor que emanaba de su cuerpo y de la energía que vibraba entre los dos. Lucien seguía sobre mí, su piel dura y caliente pegada a la mía, sus manos grandes recorriendo cada rincón de mi figura con una mezcla de devoción y hambre que me hacía temblar de pies a cabeza. Cada roce suyo encendía fuego en mi piel, cada suspiro suyo contra mi oído me hacía perder un poco más el control y, sin embargo… en el fondo de mi pecho, algo más se movía, algo que no era solo entrega.
Miedo.
No era miedo a él, ni a que me hiciera daño —sabía, con una certeza absoluta, que antes de permitirme un solo dolor, él se destruiría a sí mismo—. Era miedo a la magnitud de lo que estaba pasando. Miedo a lo que significaba entregarme así, por completo, a un ser que vivía fuera de todo lo que yo conocía, que tenía siglos de existencia, poderes que no podía comprender y un amor que no tenía medida ni límites. Miedo a perderme en él, a dejar de ser yo misma, a que todo lo que sentía fuera tan grande que me consumiera hasta no dejar nada.
Y ese miedo se mezclaba, se entrelazaba, se fundía con el deseo hasta volverse una sola cosa: una emoción intensa, confusa, poderosa, que me hacía querer huir y querer quedarme, querer alejarme y querer acercarme más, todo al mismo tiempo.
Lucien se detuvo de golpe. Sus manos, que recorrían mi cintura, se quedaron quietas contra mi piel. Levantó un poco la cabeza y me miró a los ojos, y en esa mirada profunda, en esas llamas oscuras que siempre me leían entera, vi que lo había entendido todo. No necesité hablar, no necesité explicarme. Él conocía cada rincón de mi alma ya, incluso los que yo misma no había explorado todavía.
—Lo siento, ¿verdad? —susurró, su voz ronca, suave, cargada de ternura—. Esa mezcla extraña. Esa sensación de que algo te atrae con una fuerza que no puedes vencer, y al mismo tiempo te asusta más que nada en el mundo.
Bajó una mano para acariciar mi mejilla, despacio, con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de lo que estábamos viviendo.
—Lo veo en tus ojos, pequeña mía. Lo siento en tu cuerpo, en cómo te tiemblan las manos cuando me tocas, en cómo tu respiración se corta, en cómo me miras con esa mezcla de inocencia y pasión que me vuelve loco. Tienes miedo. Y lo entiendo. ¿Cómo no vas a tenerlo? Eres humana. Eres frágil. Estás aquí, conmigo, con alguien que es todo lo contrario a ti, alguien que es demasiado fuerte, demasiado antiguo, demasiado… todo. Y lo que hay entre nosotros es tan grande, tan inmenso, que es normal que te asuste.
Me incorporé un poco, apoyándome en los codos, sintiendo su piel desnuda contra la mía, el calor que salía de él, la fuerza que había en cada músculo de su cuerpo. Bajé la mirada, avergonzada, porque no quería que él pensara que dudaba, ni que no quería estar ahí.
—No es que no quiera —dije, con la voz temblorosa—. Es que… es tanto, Lucien. Todo es demasiado grande. Tú eres demasiado grande. Lo que siento por ti es demasiado grande. A veces siento que me voy a romper, que no soy suficiente para todo esto, que me voy a perder en todo lo que tú eres y todo lo que me das. Y al mismo tiempo… al mismo tiempo, no quiero nada más que esto. No quiero nada más que estar aquí, sentirte, ser tuya.
Levanté la vista y lo miré con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de emoción, de confusión, de esa mezcla extraña que me llenaba por dentro.
—Es miedo y deseo. Están mezclados, revueltos, y no sé dónde termina uno y empieza el otro. Pero los dos son por ti. Los dos son por lo que somos.
Lucien se quedó en silencio un momento y luego, muy despacio, se apartó un poco, solo lo suficiente para poder abrazarme mejor, para recostarme contra su pecho, envolviéndome con sus brazos y con las mantas suaves que nos cubrían. Me acunó como si fuera una niña pequeña, apoyando mi cabeza sobre su corazón, donde podía escuchar ese latido fuerte, lento, eterno, que ya se había convertido en mi refugio.
—Escúchame bien, Isabela —dijo, bajito, contra mi cabello—. Esa mezcla que sientes… es lo más hermoso que me han dado nunca. Porque significa que lo que tenemos es real. Significa que no es solo atracción, ni solo curiosidad, ni solo necesidad. Significa que es profundo. Significa que te importa tanto que te da miedo perderlo, o que te da miedo no estar a la altura.
Me besó la frente, despacio, con infinita ternura.
—Y déjame decirte algo, pequeña mía: yo también lo siento.
Levanté la cabeza de golpe, sorprendida, mirándolo con los ojos muy abiertos. Él, el Príncipe de las Sombras, el ser más poderoso y temido de todo el Abismo, él que no conocía el miedo, él que tenía todo bajo su control… ¿Él también sentía miedo?
—¿Tú? —susurré, incrédula.
Él asintió, y por primera vez vi algo en su mirada que nunca había visto: vulnerabilidad. Una grieta pequeña en esa armadura de fuerza y orgullo que siempre llevaba puesta.
—Yo también tengo miedo —confesó, y sus palabras cayeron como piedras preciosas entre nosotros—. Llevo tres mil años sin conocerlo. He luchado contra bestias, contra ejércitos, contra magias antiguas, he gobernado sobre terrores que harían enloquecer a cualquier mente… y nunca he sentido miedo. Hasta que llegaste tú.
Acarició mi rostro, recorriendo mis labios con el pulgar, con una mezcla de amor y desesperación.
—Tengo miedo de hacerte daño, aunque sea sin querer. Tengo miedo de que un día te despiertes y te des cuenta de que este lugar es demasiado oscuro, de que yo soy demasiado duro, de que todo esto es demasiado para ti, y decidas irte. Tengo miedo de que te pase algo, de que alguien te toque, de que te enfermes, de que te apagues… porque si tú te apagas, Isabela, todo este Abismo, todo este reino, todo lo que soy… se apaga contigo.
Se inclinó hasta que su frente tocó la mía, y sus ojos brillaron con una intensidad que me desarmó por completo.
—Y también tengo deseo. Un deseo que me quema vivo, que me hace querer tomar todo de ti ahora mismo, que me hace querer fundirme contigo hasta que no quede nada separado entre nosotros. Deseo de tenerte, de protegerte, de ser todo para ti. Deseo que seas mía, sí, pero también deseo ser tuyo, de entregarme a ti como nunca me he entregado a nadie.
—Entonces somos iguales —dije, y una pequeña sonrisa triste se dibujó en mis labios—. Los dos tenemos miedo. Los dos tenemos deseo. Los dos estamos mezclados en esto, sin saber muy bien cómo, pero sabiendo que no queremos estar en ningún otro lugar.
Lucien sonrió también, esa sonrisa que iluminaba todo su rostro, que hacía que incluso en la oscuridad todo pareciera brillar. Me atrajo hacia sí, pegando mi cuerpo al suyo, recuperando ese contacto de piel con piel que nos hacía sentir completos.
—Somos iguales —repitió—. Y esa mezcla de miedo y deseo que llevamos dentro… es lo que nos mantiene vivos, lo que nos hace reales, lo que hace que cada paso que damos juntos valga la pena. No tengas miedo de sentirlo, Isabela. No tengas miedo de que sea mucho. Porque mientras tengamos ese miedo, significa que nos importamos. Y mientras tengamos ese deseo… significa que nos amamos.
Bajó la cabeza y besó mis labios, esta vez despacio, suave, con una ternura infinita, un beso que no pedía nada, que solo daba, que solo aseguraba.
—Poco a poco, pequeña mía —murmuró contra mi boca—. Vamos despacio. No hay prisa. Tenemos toda la eternidad por delante. Todo lo que sientes, todo lo que te asusta, todo lo que deseas… lo iremos descubriendo juntos. Y te prometo que, con el tiempo, el miedo se irá haciendo pequeño, y el deseo se irá haciendo grande… hasta que solo quede amor. Amor puro, amor fuerte, amor que no conoce límites ni miedos.
Me recosté de nuevo sobre su pecho, escuchando su corazón, sintiendo su calor, sabiendo que tenía razón. Lo que sentía era confuso, sí. Era grande, sí. Me asustaba y me consumía, sí. Pero era nuestro. Era lo que nos unía. Era el lazo que nos había atado para siempre, mucho antes de que nos diéramos cuenta.
Cerré los ojos, dejándome llevar por su abrazo, por su voz, por la seguridad que solo él podía darme. La mezcla de miedo y deseo seguía ahí, sí, corriendo por mis venas, latiendo al mismo ritmo que el suyo. Pero ya no me asustaba. Ahora lo entendía. Y ahora sabía que, mientras estuviéramos juntos, todo lo que viniera, por grande o aterrador o hermoso que fuera, podríamos enfrentarlo.
Porque éramos dos mitades de una misma cosa. Dos almas que se habían encontrado en la oscuridad, y que ahora, mezcladas en miedo y deseo, estaban empezando a construir algo que duraría para siempre.