Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La tregua del fuego y la sangre
El pulso del mundo se había reducido a la respiración entrecortada de ambos, la calidez de la piedra a espaldas de Lysandra y la garra posesiva de Gideon rodeando su cintura. El calor en la terraza era sofocante, devorador.
Sin embargo, antes de que el abrigo de la cordura sucumbiera por completo a la marejada de deseo, un chasquido metálico resonó al otro lado de las pesadas cortinas de la terraza. El sonido de risas masculinas y el eco de pesadas pisadas de sirvientes aproximándose con nuevos candelabros para ilumninar la balconada irrumpió como un jarro de agua helada.
Gideon se congeló en el acto.
Con un movimiento instintivo y extraordinariamente veloz, el Duque giró su cuerpo para usar su enorme envergadura como un escudo impenetrable, ocultando a Lysandra por completo en la penumbra del nicho de piedra. Su pecho subía y bajaba con violencia, intentando calmar el aire que le quemaba los pulmones.
—...asegúrate de que los faroles de la terraza este queden encendidos antes de la medianoche —se escuchó la voz de un lacayo en la distancia, alejándose afortunadamente hacia el ala opuesta.
El peligro inmediato pasó, pero la atmósfera entre ambos había cambiado de forma irreversible. Gideon cerró los ojos un instante, apoyando la frente con infinita ternura contra la de Lysandra. El titán salvaje que acababa de despertar retrocedió lentamente detrás de sus ojos grises, cediendo el paso al hombre noble que ella conocía, aunque la devoción de su mirada permanecía intacta.
Con una caballerosidad casi temblorosa, Gideon aflojó el agarre de su cintura, ajustó con infinita delicadeza los pliegues del vestido esmeralda de Lysandra y le ofreció su brazo para conducirla al carruaje privado que los alejaría de la fiesta.
Ya en la penumbra del interior del carruaje, mientras las ruedas de madera resonaban suavemente contra los adoquines de la ciudad, el silencio entre ellos no era cómodo, sino denso, cargado de una sinceridad cruda.
—Debo disculparme, Lysandra —comenzó Gideon, con una voz más rasposa de lo habitual, mientras miraba sus propias manos sobre sus rodillas—. Perdí el control. Jamás en mi vida me había comportado de una manera tan... brutal e intempestiva con un ser humano.
Lysandra, acomodándose en el asiento de terciopelo y sintiendo aún el cosquilleo eléctrico en los labios y el cuello, alzó la mano y la colocó sobre las del Duque.
—No pida disculpas por hacerme sentir deseada, Gideon —respondió ella con total honestidad—. Pero confieso que me tomó por sorpresa. La timidez que lo caracteriza pareció esfumarse en un solo segundo.
Gideon dejó escapar un suspiro profundo, entrelazando sus largos dedos con los de ella.
—En el norte, mi padre solía decirme que los hombres de nuestra estirpe poseemos una naturaleza peligrosa y dormida —explicó Gideon, mirándola con una solemnidad transparente—. Me juró que los Ravenscroft somos de afectos tardíos pero devastadores. Me advirtió: "Gideon, el día en que tu boca toque la de una mujer a la que ames con el alma, la bestia de tu sangre despertará y serás suyo para siempre. Nunca toques a una mujer a menos que estés dispuesto a entregarle la vida entera".
Lysandra lo escuchó con el corazón en la garganta.
—Jamás he mirado a otra mujer, Lysandra. Ni por curiosidad, ni por protocolo —continuó él con voz firme y devota—. Cuando la besé... todo el peso del autocontrol que he mantenido durante años simplemente se hizo pedazos.
Lysandra sintió un temblor de conmoción recorrerle el pecho. Rozó con delicadeza la mejilla angular de Gideon.
—Y yo debo confesarle algo, Gideon —dijo ella en un susurro íntimo—. incluso antes de la humillación de Lucian, me prometí que mi honor y mi cuerpo solo pertenecerían al hombre que fuera mi esposo. Jamás imaginé permitir que alguien me tocara de esa forma fuera del matrimonio. Y sin embargo... hace unos minutos en la terraza, estuve a un punto de ceder por completo ante usted.
Gideon tragó saliva con dificultad, notando la vulnerabilidad pura en las palabras de la joven.
—Entonces haremos un pacto sagrado —decretó el Duque, besando con extrema devoción el dorso de la mano de Lysandra—. Guardaremos la distancia justa. Nos conoceremos en la luz, con paciencia y respeto, hasta que el altar nos permita entregarnos el uno al otro sin sombras ni reservas. Le prometo cuidar su honor incluso de mí mismo.