Una joven que sufrió la violencia y la humillación pública más desgarradora regresa irreconocible al lugar de su pesadilla, convertida en alguien que ya no tiene miedo y viene por lo que le pertenece.
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CAPÍTULO 22 — SOLO LO QUE LE CONVENÍA
“Él tenía una grabación… pero solo grabó lo que le convenía.”
Ese día yo creía que me estaba entregando al amor de mi vida. Le dije que sí, confiada, ilusionada. Y él grabó ese momento. Grabó mi “sí” con la voz temblorosa pero feliz. Grabó mis palabras cuando le dije que lo amaba. Pero cuando mi miedo apareció, cuando dudé, cuando le susurré “no, espera, me duele”… él ya no estaba grabando eso. O simplemente lo borró. Porque esa parte no le servía para lo que planeaba hacer.
Lo que siguió no fue lo que yo quise. Me empujó hacia la cama con una fuerza que me asustó. Le dije que no. Le dije que parara. Mis manos lo empujaban débilmente, pero él me sostuvo las muñecas contra el colchón, inmovilizándome con una sola mano. Entró de golpe, sin cuidado, y sentí un dolor tan agudo que grité. Lloré, con las lágrimas cayéndome por las sienes, suplicándole que se detuviera. “Por favor, Demián, no, me duele, para”, le decía entre sollozos. Pero él no miró mis ojos. No vio mi miedo. Solo siguió diciéndome que yo lo había provocado, que yo lo había querido, que dejara de fingir. “Tú me buscaste, ahora aguanta”, me dijo con voz fría, sin detenerse ni un instante. No era un acto de amor. Era violencia, pura y brutal. Y yo estaba sola, con el corazón roto y el cuerpo destrozado, sin poder creer que la persona a quien más amaba me estaba destruyendo.
Cuando terminó, se apartó de mí como si nada hubiera pasado. Se levantó, se vistió con calma, como si no hubiera destrozado mi vida momentos antes. Me miró acurrucada en la cama, temblando, cubriéndome con las sábanas, y me dijo con total indiferencia: —Ven, te baño yo. No te quedes ahí.
No me atreví a negarme. Me tomó de la mano y me llevó a la ducha. El agua caía sobre nosotras, pero yo no sentía calor. Él me lavó el cuerpo con movimientos rápidos, sin mirarme a los ojos, mientras yo permanecía inmóvil, sintiendo que cada rincón de mi piel me dolía. Cuando terminó, me vistió con mi ropa, me peinó el cabello como si fuera una muñeca, y me dijo: —Vamos, te llevaré a cenar. Saldremos como siempre. Nadie tiene que saber que lloraste.
Salimos del hotel. Caminé a su lado sintiendo que mis piernas no me sostenían. Fuimos a ese restaurante de sushi donde tantas veces habíamos sido felices. Él pidió mis platos favoritos, habló y sonrió como si nada hubiera ocurrido. Yo no podía comer. Cada bocado me atragantaba. Él me tomó la mano por encima de la mesa y me dijo en voz baja: —Sonríe, amor. Todo está perfecto.
Cuando terminamos, me llevó en su auto hasta mi casa. El camino fue silencioso. Yo miraba por la ventana, sin ver las calles, sin creer que esto me estuviera pasando a mí. Al detenerse frente a mi puerta, apagó el motor y se giró hacia mí. Su voz cambió. Ya no era tierna ni suave. Era una orden.
—Escúchame bien, Sofía. No le dirás nada a nadie. Ni a Mateo, ni a Emilia, ni a nadie. Esto fue algo hermoso entre nosotros dos. Si alguien te pregunta, sonríe y di que todo estuvo perfecto. Ni una palabra.
¿Entendido?
Asentí, sin poder hablar, con la garganta cerrada por las lágrimas que me obligué a tragar.
—Bien —dijo él, y me sonrió como si nada—. Descansa, mi amor. Nos vemos mañana.
Bajé del auto y caminé hacia mi puerta sin mirar atrás. Entré a mi casa, subí a mi habitación, me encerré y me dejé caer al suelo. Abracé mis rodillas y lloré en silencio, con el corazón hecho pedazos, sabiendo que algo dentro de mí se había roto para siempre. Y lo que más me dolía no era solo lo que había hecho. Lo que más me dolía era saber que él tenía en su mano la única versión que él quería que el mundo viera.
En su grabación no estaba todo.
No estaba mi miedo.
No estaban mis lágrimas.
No estaba mi “no” repetido mil veces.
No estaba mi dolor ni mi desesperación.
Solo había elegido aquello que podía hacer parecer que yo había querido todo lo que sucedía.
Y esa fue precisamente su arma.
Porque Demián no necesitaba la verdad.
Le bastaba con mostrar la parte que le convenía.
Y yo todavía no sabía que pronto tendría que enfrentar al mundo entero defendiéndome de una mentira que él había construido con solo unos segundos de mi voz.