Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 18. LA PENUMBRA DEL DESVAN Y LAS BARRERAS DE CRISTAL
POV ROCÍO
El desván de la casa familiar era un espacio amplio, flanqueado por vigas de madera y cubierto por una fina capa de polvo que brillaba bajo la luz de la linterna de Mario. El olor a papel viejo y a recuerdos guardados inundaba el aire frío de la medianoche. Los niños dormían plácidamente abajo, ignorando que sus tutores se encontraban registrando los secretos más oscuros de la familia.
En el rincón más alejado, justo debajo de un tragaluz por el que se colaba la claridad de la luna, estaba el viejo baúl de madera de mi hermana Elena.
—Es aquí —murmuré, con la voz apagada por el respeto y la tensión.
Mario se arrodilló frente al baúl. El candado ya estaba roto; mi hermana lo había forzado antes de su trágica decisión. Con un chirrido que me erizó la piel, Mario levantó la pesada tapa. Dentro había álbumes de fotos de nuestra infancia, carpetas escolares de Lucas y Mía, y al fondo, un archivador de plástico negro que desentonaba por completo con el resto de los recuerdos sentimentales.
Mario sacó el archivador y lo abrió sobre sus rodillas. Sus ojos recorrieron las páginas con la velocidad de un cirujano.
—Dios mío, Rocío... Mira esto —dijo en un susurro, iluminando los folios con la linterna—. No son solo deudas de tu padre. Son los libros contables opacos de la naviera de hace veinte años. Alberto Méndez usaba las rutas de importación de tu familia para mover dinero negro y mercancías no declaradas. Tu padre descubrió el pastel e intentó salirse, y por eso Méndez provocó el accidente. Tu hermana guardó todas las pruebas que incriminan directamente al vicepresidente. Si esto llega a la fiscalía, Méndez pasará el resto de su vida en una prisión de alta seguridad. Por eso nos está vigilando. Por eso mató a Víctor.
El horror de la revelación me mareó. Di un paso atrás, pero tropecé con una caja de cartón. Antes de que pudiera perder el equilibrio, Mario soltó el archivador, se puso de pie de un salto y me sujetó por los brazos, atrayéndome hacia su cuerpo con firmeza.
El contacto físico fue inmediato. Mi espalda quedó apoyada contra una de las vigas de madera y el cuerpo de Mario se cernió sobre el mío, protegiéndome de la caída. La penumbra del desván, la intimidad del momento y el alivio de tener las pruebas en nuestras manos hicieron que la atmósfera cambiara en un parpadeo. El deseo contenido durante días regresó con la fuerza de una marea alta.
Mario me miró a los ojos, con la respiración entrecortada. Sus manos subieron lentamente por mis brazos hasta acunar mi rostro, sus pulgares acariciando mis pómulos con una devoción que me hizo estremecer.
—Rocío... estás a salvo. Lo tenemos —murmuró con una voz ronca, cargada de una ternura y un deseo innegables.
Se inclinó despacio, dándome tiempo a reaccionar, y me besó. Fue un beso profundo, cálido, que comenzó con la suavidad de un consuelo pero que rápidamente se encendió con la pasión de un hombre que se estaba enamorando perdidamente. Mis manos subieron por su pecho, aferrándose a los hombros de su jersey. Sentí su calor, su aroma a madera y colonia, y por unos segundos, me dejé llevar por la corriente de ese deseo ardiente. Su cuerpo se presionó un poco más contra el mío, y una de sus manos descendió por mi cuello, rozando sutilmente la clavícula.
Y entonces, el interruptor de mi mente se activó.
Un chispazo de pánico ciego me recorrió la columna vertebral. La sensación de estar acorralada contra la madera, el peso de un cuerpo masculino sobre el mío y la proximidad física activaron el maldito recuerdo de Iván. La frialdad de aquella noche en el parque oscuro regresó como un fantasma violento. Mi respiración se cortó, mis músculos se tensaron como cuerdas de violonchelo y un temblor incontrolable se apoderó de mis manos.
Aunque deseaba a Mario con todo mi corazón, el miedo fue más fuerte. Empujé su pecho con suavidad pero con firmeza, girando el rostro para romper el beso.
—No... Mario, espera. No puedo —articulé en un hilo de voz, con los ojos empañados en lágrimas de pura frustración.
POV MARIO
En cuanto sentí la rigidez de su cuerpo y el sutil empuje de sus manos contra mi pecho, me detuve al instante. Di un paso atrás, levantando las manos en un gesto pacífico, dándole espacio para respirar. Vi sus ojos abiertos, llenos de un terror que no me pertenecía a mí, sino a la sombra de Iván. Supe de inmediato lo que estaba ocurriendo: Rocío nunca había estado con un hombre de forma voluntaria; su única experiencia era el trauma y la agresión que había sufrido a los diecisiete años.
Sentí una punzada de dolor en el corazón, no por el rechazo, sino por la rabia infinita de saber que ese miserable la había dejado marcada con unas barreras de cristal tan dolorosas.
—Tranquila, Rocío. Respira —le dije con la voz más suave y calmada que pude articular, bajando por completo las revoluciones de mi propio deseo—. Mírame. Soy Mario. No pasa nada. No vamos a hacer nada que tú no quieras.
Rocío se abrazó a sí misma, escondiendo el rostro entre sus manos mientras un sollozo silencioso se le escapaba. Estaba rota por la frustración de querer entregarse y verse frenada por sus propios demonios.
—Lo siento... Lo siento mucho, Mario —sollozó, sin levantar la vista—. De verdad que te deseo, me muero por estar contigo... pero cuando te acercas tanto, mi mente regresa a ese coche, a ese parque... Me siento sucia, siento que no puedo controlar lo que pasa y me entra un pánico que me paraliza. No quiero ser una carga para ti con mis traumas.
Me acerqué un paso, muy despacio, pidiéndole permiso con la mirada. Estiré la mano con una lentitud extrema y toqué sus dedos temblorosos, entrelazándolos con los míos sin presionar.
—Escúchame bien, Rocío —le dije, obligándola a escuchar la firmeza de mi promesa—. No eres ninguna carga. El amor no es una carrera de velocidad, y lo que nos une es demasiado valioso como para romperlo por las prisas. Yo tengo toda la paciencia del mundo. Voy a ser el hombre más cuidadoso del planeta. Vamos a ir al ritmo que tu corazón decida, paso a paso, caricia a caricia, hasta que logremos borrar las huellas de ese maldito pasado. Si tenemos que esperar meses, esperaremos. Lo único que me importa es que te sientas segura a mi lado.
Rocío levantó la cabeza, sus ojos brillantes fijos en los míos. Al ver la honestidad absoluta en mi rostro, el miedo en sus facciones empezó a derretirse, sustituido por una gratitud tan profunda que me conmovió. Aceptó mi mano y se apoyó contra mi pecho de nuevo, pero esta vez de forma relajada, buscando el latido constante de mi corazón como un refugio.
—Gracias, Mario... —murmuró, rodeándome la cintura con sus brazos—. Gracias por tener paciencia conmigo.
—Siempre, mi princesa —asentí, besando su coronilla mientras tomaba el archivador negro del suelo—. Ahora, llevemos estas pruebas abajo. Mañana a primera hora trazaré la estrategia con mis abogados y la policía judicial. Alberto Méndez cree que nos tiene acorralados, pero no sabe que este baúl va a ser su tumba legal.
Bajamos del desván unidos, tomados de la mano. La sombra del pasado de Rocío seguía ahí, pero la paciencia y el amor respetuoso estaban empezando a cavar la fosa de sus miedos, listos para ganar la batalla definitiva tanto en el juzgado como en la intimidad de nuestro dormitorio.