Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.
"Me da asco con solo mirarla."
Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.
Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.
Y hay alguien que lo nota.
César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."
Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.
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Capítulo 7
Esa mañana el ambiente en la Academia Nacional de Aviación era mucho más animado de lo habitual. Normalmente los participantes del programa llegaban con paso tranquilo, todavía bostezando mientras cargaban su café. Pero ese día fue muy diferente: todos los cadetes llegaron más temprano.
La noticia se había propagado desde la tarde anterior: habría una simulación de duelo de vuelo.
Los pasillos de la academia se llenaron de murmullos.
—Dicen que la cadete nueva se va a enfrentar a Rafael. Desde el principio Rafael ha sido el más destacado. Sus calificaciones siempre son las más altas en cada examen, así que este duelo seguro va a estar bueno.
—Tienes razón, además el compañero de la nueva es César. Pero hasta ahora las calificaciones de César siempre estuvieron por debajo de las de Rafael —comentó otro.
Los cuchicheos se oían con claridad, pero César se limitó a responder con una sonrisa tenue. Hasta ese momento no era que le faltara capacidad; simplemente no le interesaba competir con los demás cadetes. Al fin y al cabo, había entrado a la academia solo porque le apasionaba volar. Además, tarde o temprano heredaría la aerolínea y se sentaría en la silla de director algún día.
Y competencias pequeñas como esa nunca le habían importado realmente. Pero ahora era distinto: había alguien que lo hacía querer tomárselo en serio.
Su pensamiento se dirigió de pronto a Catalina; todavía recordaba la primera vez que la vio. El aspecto de Catalina era algo desaliñado, con el rostro cansado. Sin embargo, los ojos de aquella mujer brillaban llenos de determinación. Y lo más extraño era que la voluntad que Catalina mostraba removió algo dentro de César. Desde ese momento sintió ganas de esforzarse de verdad en el entrenamiento. No por él mismo, sino por Catalina.
Mientras tanto, en la sala de briefing, Catalina estaba sentada con calma en su silla. Leía el documento de simulación que el instructor había entregado. Frente a ella estaba escrito el escenario del ejercicio de ese día:
Air Combat Maneuver — Tactical Escape Simulation.
No era una simulación cualquiera; ese ejercicio evaluaba la capacidad del piloto para evadir un "avión enemigo" en situación de emergencia. El concepto era sencillo: quien leyera la situación más rápido sería el ganador.
La puerta de la sala de briefing se abrió; César entró con su paso despreocupado de siempre, como si no cargara ningún peso en la vida. Varias cadetes voltearon de inmediato a mirarlo con franca admiración. Pero él parecía no prestarles atención; pasó por la fila de asientos y se detuvo junto a Catalina.
—¿Ya estás lista, Leya? —preguntó César con naturalidad.
—¿Leya? —La mujer levantó la cabeza del documento que leía.
—Solo intento entrar en confianza contigo —César esbozó una sonrisa pícara.
Catalina resopló y volvió a bajar la mirada.
—Nunca llego sin haberme preparado.
Poco después la puerta se abrió de nuevo; Rafael entró con su compañera. Una cadete llamada Violeta, una mujer que llevaba tiempo interesada en César. La mirada de Violeta se volvió fría al ver a Catalina; le tenía antipatía desde que César fue asignado como compañero de esa mujer. Por su parte, Rafael también miró a Catalina con la misma expresión del día anterior: una mirada cargada de fastidio y un desafío abierto.
Pero Catalina ni siquiera se dio por enterada; no volteó a verlos en ningún momento.
El instructor entró unos minutos después.
—Siéntense.
Los cadetes que aún estaban de pie se dejaron caer en los asientos vacíos.
El instructor los observó uno por uno.
—Hoy realizaremos un ejercicio que rara vez se lleva a cabo. Simulación de duelo de vuelo. Y esto no es un juego. Es un entrenamiento de lectura de situación bajo presión extrema.
Luego dirigió la mirada hacia las cuatro personas en la primera fila.
—Catalina y César. Después Rafael y Violeta —el instructor cruzó los brazos—. El equipo que logre escapar de la persecución en el menor tiempo será el ganador.
Los cadetes tragaron saliva; ese ejercicio era famoso por su dificultad. Un solo error pequeño podía hacer que el avión del simulador "se estrellara".
—El primer equipo entra al simulador en cinco minutos.
Todos se pusieron de pie al mismo tiempo; los murmullos volvieron a escucharse por toda la sala.
Al salir de la sala de briefing, César caminó junto a Catalina.
—Leya, ¿estás nerviosa?
—No.
César sonrió; esta vez de forma más amplia que de costumbre.
—¿Quieres ser la capitana otra vez?
—Por supuesto —respondió Catalina con seguridad.
—Entonces yo me limito a seguir tus órdenes.
Catalina finalmente volteó.
—¿Hablas en serio?
—En un duelo como este, una persona tiene que liderar. Voy a confiar en ti una vez más —César sonrió con tranquilidad.
Catalina lo miró con expresión profunda.
—Gracias.
—Vaya, me siento verdaderamente halagado de recibir un agradecimiento de la capitana —dijo César con una mueca traviesa.
Catalina, que hasta entonces contenía su expresión, al final no pudo evitarlo. Las comisuras de sus labios se elevaron poco a poco, dejando una sonrisa tenue en su rostro.
Llegaron al edificio del simulador; a través del cristal de la sala de control, casi todos los cadetes ya se habían reunido para observar.
—¡Primer equipo, listo!
La puerta del simulador se abrió; Catalina subió directamente a la cabina y se sentó en el asiento de capitán. César, igual que el día anterior, se sentó en el lugar del copiloto. Los indicadores luminosos se encendieron uno a uno; al poco tiempo el instructor habló por el intercomunicador.
—¡La simulación comienza en treinta segundos!
La pantalla frente a ellos cambió; apareció un cielo azul. Su avión estaba a una altitud de veintiocho mil pies, pero unos segundos después un punto apareció en el radar.
Un avión enemigo.
—¡El equipo de Rafael ya está detrás de ustedes! —anunció el instructor.
Fue entonces cuando sonó la alarma.
¡BEEP!
César miró el radar.
—Nos tienen en la mira.
Catalina sujetó los controles.
—Descender trescientos pies.
El avión del simulador picó suavemente hacia abajo; Rafael, que observaba desde la cabina contraria, esbozó una sonrisa.
—¡Intenta esquivarnos! —exclamó Rafael.
Violeta miró el radar.
—Ya lograron descender.
Rafael jaló los controles.
—¡Tras ellos!
Su avión salió en persecución por detrás.
—Nos siguen por la retaguardia —en su cabina, César advirtió la persecución de Rafael.
—Lo sé —Catalina miraba la pantalla con concentración absoluta; el radar mostraba que la distancia con el avión enemigo se acortaba.
César volteó ligeramente hacia Catalina.
—¿Tienes un plan?
—Por supuesto —respondió la mujer con tono calculador.
Entonces Catalina empujó levemente la palanca de potencia; el avión aceleró de golpe. Pero no fue eso lo que hizo a César levantar una ceja, sino que Catalina viró el avión hacia una masa de nubes densas que tenían delante.
—¿Vamos a meternos ahí? —preguntó César.
—Sí.
—Eres valiente —César chasqueó la lengua con admiración.
El avión del simulador penetró de lleno en la masa de nubes. La visibilidad en la cabina era casi nula; el radar parpadeaba inestable.
Mientras tanto, en el avión de Rafael, el hombre se sorprendió.
—¿Entraron a las nubes?
—¿Eso no es peligroso? —agregó Violeta.
—Si se equivocan en lo más mínimo, se acabó para ellos —Rafael sonrió con malicia.
—No los sigas —dijo Violeta.
Sin embargo, Rafael metió su avión en las nubes de todos modos.
—¡Yo no soy ningún cobarde!
Pero al poco tiempo su radar perdió la señal.
—¿Dónde están? —Violeta entró en pánico.
Rafael frunció el ceño.
—Hace un momento estaban justo delante de nosotros.
En la cabina del avión de Catalina, César miró el radar y soltó una risa suave.
—¿Apagaste el transpondedor?
Catalina se limitó a sonreír levemente. Sin señal de radar, su posición no podía ser rastreada por el rival. Giró el avión con una maniobra cerrada dentro de las nubes y luego salió por el costado exterior. El cielo volvió a estar despejado; el radar se estabilizó. César miró la pantalla: el avión de Rafael quedó muy atrás.
—Eres brillante, de verdad —César rio con satisfacción.
Poco después se escuchó la voz del instructor.
—Simulación finalizada.
Las luces del simulador se atenuaron; en la sala de control, los cadetes que observaban estallaron en exclamaciones.
—¡Increíble!
—¡Desaparecieron del radar!
—¡Esa maniobra fue extraordinaria!
La puerta de la cabina se abrió; Catalina salió primero. Su expresión se mantenía serena como siempre, pero en su mirada había satisfacción. César la siguió por detrás con una sonrisa triunfante.
El instructor estaba de pie con las manos a la espalda.
—Tiempo de evasión: dos minutos treinta segundos. Es uno de los mejores tiempos jamás registrados en esta academia.
Los cadetes rompieron en aplausos, aunque no todos se veían contentos.
Rafael salió del simulador con el rostro sombrío; su mirada afilada se clavó en Catalina. Esa mirada rebosaba de furia. Catalina no lo miró; tomó una botella de la mesa y bebió con calma.
Mientras tanto, César se plantó junto a Catalina como si fuera su guardaespaldas.
—Leya, ¿sabes algo?
—¿Qué?
—Haces que este lugar se ponga interesante.
Catalina se limitó a encogerse de hombros sin responder y tapó su botella con tranquilidad. César la observó con una sonrisa tenue; por alguna razón, la actitud distante de Catalina lo intrigaba cada vez más. Para él, Catalina era impredecible. Y eso hacía que César quisiera conocerla más a fondo.
Cuando llegó la hora del descanso, César se alejó del bullicio de la academia. Eligió un rincón apartado y sacó su teléfono. Al poco rato la llamada se conectó.
—Investiga los antecedentes de una mujer en la Academia. Se llama Catalina Sarasmita; todos sus datos deben estar en los archivos administrativos de la academia.
César colgó la llamada y luego esbozó una sonrisa.
* * *
Mientras tanto, Adrián estaba sentado en su oficina con el rostro sombrío; la demanda de divorcio yacía sobre el escritorio. El televisor de la sala de pilotos estaba encendido y transmitía un programa especial de noticias de la industria aeronáutica.
Una reportera dijo:
—Hoy la Academia Nacional de Aviación registró una sorpresa histórica. Una expiloto que estuvo inactiva durante seis años logró establecer el récord de la mejor simulación...
Adrián no prestaba demasiada atención, hasta que la reportera mencionó un nombre.
—Catalina Sarasmita.
El cuerpo de Adrián se paralizó al instante; sus ojos se clavaron en la pantalla del televisor. En la imagen apareció una grabación del entrenamiento, y ahí estaba Catalina de pie con su uniforme de cadete piloto. La mirada de Adrián se oscureció; la mandíbula se le tensó.
—Así que de verdad volviste... —murmuró en voz baja.
En su interior surgió algo, algo que no quería admitir: inquietud.
—Tengo que ir a verla a la casa de mis suegros —Adrián tomó las llaves de su auto; tenía la intención de ir a la casa de los padres de Catalina.
En la Academia Nacional de Aviación, la jornada de entrenamiento por fin terminó. Los cadetes empezaron a abandonar las instalaciones.
En el estacionamiento, Catalina estaba de pie esperando el auto por aplicación que había pedido. En ese momento un auto se detuvo justo frente a ella. La puerta del conductor se abrió y César bajó con su estilo despreocupado de siempre. Caminó hacia el lado del pasajero y abrió la puerta.
—Ven, te llevo a tu casa.
Pero Catalina negó de inmediato con la cabeza.
—No hace falta, no sería apropiado. Debes saber que soy una mujer casada.
César lo sabía, por supuesto; la información sobre Catalina ya la había obtenido a través de su gente. También sabía que el matrimonio de aquella mujer estaba destrozado por la infidelidad de su esposo y que se encontraba en proceso de divorcio.
—Tómalo como un gesto de un junior hacia su senior. Solo quiero llevarte; además, ¿no somos ya lo bastante cercanos como compañeros de entrenamiento?
Catalina miró al hombre más joven que ella con una expresión indescifrable, pero al final exhaló un suspiro suave y subió al auto. César pareció satisfecho; cerró la puerta del pasajero y dio la vuelta para sentarse al volante. El auto se alejó del estacionamiento de la academia.
No muy lejos de ahí, dos pares de ojos los observaron con odio puro. Rafael y Violeta. Ambos permanecían de pie en silencio, con el rostro tenso; no aceptaban la derrota.
Al poco rato, el auto de César se detuvo en el patio de la casa de los padres de Catalina. Pero cuando Catalina abrió la puerta del auto, su cuerpo se tensó de golpe. Su mirada se fijó en un auto que ya estaba estacionado ahí: el auto de Adrián.