sin espoiler
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RECORRIENDO PARÍS
La mañana llegó lentamente a la residencia del líder francés.
Los primeros rayos del sol atravesaron los grandes ventanales de la habitación de Kalel.
Él abrió los ojos.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba.
Después vio la maleta junto al armario.
La enorme habitación.
El paisaje que podía observarse desde la ventana.
Y entonces recordó.
Francia.
El contrato.
Amélie.
Kalel se sentó en la cama y suspiró.
—Un día a la vez...
Se levantó y comenzó a prepararse.
No sabía exactamente qué iba a ocurrir durante su estancia.
Pero al menos quería conocer aquel lugar.
Cuando terminó, salió de su habitación.
Al llegar al salón principal encontró a Amélie.
Ella ya estaba allí.
Vestía de manera elegante pero cómoda.
Su silla de ruedas estaba junto a una de las grandes ventanas.
Al verlo, sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días.
Kalel se acercó.
—¿Dormiste bien?
—Sorprendentemente sí.
Amélie sonrió.
—Eso es bueno.
Kalel miró hacia los ventanales.
—¿Qué planes tienes hoy?
Amélie levantó una ceja.
—¿Quieres saberlo?
—Sí.
Ella sonrió.
—Voy a enseñarte París.
Kalel la miró sorprendido.
—¿París?
—Sí.
—¿Tú y yo?
—A menos que tengas otros planes.
Kalel negó rápidamente.
—No.
Amélie soltó una pequeña risa.
—Entonces ven.
Kalel sonrió.
—Está bien.
---
Poco después, ambos salieron de la residencia.
Varios hombres de seguridad los acompañaron a cierta distancia.
Kalel observó los vehículos.
—¿Siempre tienes tanta seguridad?
Amélie asintió.
—Mi padre es demasiado protector.
—Lo entiendo.
—¿Tu padre también?
Kalel sonrió.
—Demasiado.
Amélie rio.
—Entonces nuestros padres se parecen.
Kalel subió al vehículo.
Amélie fue acomodada cuidadosamente en el automóvil adaptado para su silla de ruedas.
Una vez que ambos estuvieron listos, comenzaron el recorrido.
---
París los recibió con movimiento.
Personas caminando.
Cafés llenos.
Turistas.
Edificios antiguos.
Calles elegantes.
Kalel miraba por la ventana.
—Es hermosa.
Amélie sonrió.
—Te dije que te gustaría.
—Nunca había venido.
—Entonces hoy vas a conocerla.
El automóvil avanzó por las calles.
Amélie iba señalando distintos lugares.
—Ese edificio es uno de mis favoritos.
Kalel observó.
—¿Vienes mucho al centro?
—Cuando puedo.
—¿Sola?
—A veces.
Kalel la miró.
—¿No te resulta complicado?
Amélie comprendió la pregunta.
—Hay lugares que todavía tienen barreras para personas que utilizan silla de ruedas.
Kalel permaneció atento.
—¿Y qué haces cuando ocurre?
—Busco otra entrada o cambio de ruta.
Sonrió.
—París puede ser complicada, pero no voy a dejar de disfrutarla por eso.
Kalel sonrió.
—Me gusta tu actitud.
—¿Cuál?
—Que no permites que tu silla decida por ti.
Amélie lo miró unos segundos.
—Exactamente.
Después añadió:
—Mi silla me permite moverme. No es algo que tenga que esconder.
Kalel asintió.
—Nunca pensé lo contrario.
Amélie sonrió.
—Lo sé.
---
Su primera parada fue cerca del río Sena.
El automóvil se detuvo en una zona accesible.
Amélie avanzó con su silla mientras Kalel caminaba a su lado.
El aire era fresco.
El río reflejaba la luz del sol.
Kalel se quedó mirando el paisaje.
—Esto es increíble.
—Te dije que París era bonita.
—No imaginaba que tanto.
Amélie sonrió.
—Es diferente cuando la recorres con alguien.
Kalel la miró.
—¿Con alguien?
—Sí.
—¿Me estás diciendo que soy buena compañía?
Amélie fingió pensarlo.
—Todavía estoy evaluándolo.
Kalel soltó una carcajada.
—Qué cruel.
—Es la verdad.
Continuaron avanzando.
Kalel comenzó a sentirse más tranquilo.
Por primera vez en semanas no estaba pensando en Karla.
No estaba pensando en el juicio.
Ni en el diagnóstico.
Ni en el contrato.
Solo estaba caminando por París.
Conociendo a alguien nuevo.
Y eso le hacía bien.
---
Después llegaron a una pequeña cafetería.
Amélie conocía perfectamente el lugar.
—Aquí hacen el mejor chocolate caliente.
Kalel sonrió.
—¿En serio?
—Sí.
—Entonces quiero probarlo.
Entraron.
El personal reconoció a Amélie y los recibió amablemente.
Se acomodaron en una mesa cercana a una ventana.
Kalel observó el movimiento de la calle.
—¿Vienes aquí mucho?
—Desde hace años.
—Entonces tendrás que recomendarme qué pedir.
Amélie sonrió.
—Chocolate caliente.
—Eso ya lo sabía.
—Y un croissant.
—Eso sí suena bien.
Ambos pidieron.
Mientras esperaban, Kalel miró a Amélie.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Cómo te quedaste en silla de ruedas?
Amélie no pareció molestarse.
—Tuve un accidente cuando era niña.
Kalel bajó ligeramente la mirada.
—Lo siento.
—No tienes que hacerlo.
—No quería ser indiscreto.
—No lo fuiste.
Amélie tomó su bebida cuando llegó.
—Al principio fue difícil.
Hizo una pausa.
—Muy difícil.
Kalel escuchaba atentamente.
—Pero con el tiempo aprendí a adaptarme.
—¿Y tu padre?
Amélie sonrió.
—Mi padre estuvo conmigo desde el primer día.
—Supongo que eso ayudó.
—Muchísimo.
Kalel pensó en Christopher.
—Mi padre también habría hecho lo mismo.
Amélie sonrió.
—Por eso creo que nuestros padres se llevarían bien si no fueran tan complicados.
Kalel rio.
—Eso es probablemente imposible.
Ambos comenzaron a reír.
---
Después de la cafetería, continuaron recorriendo París.
Pasaron por calles llenas de tiendas.
Amélie le mostró lugares que frecuentaba.
Kalel incluso terminó comprando una pequeña postal.
—¿Una postal?
—Sí.
—¿Para quién?
Kalel sonrió.
—Para mi papá.
Amélie levantó una ceja.
—¿Christopher colecciona postales?
—No.
—Entonces...
—Quiero llevarle algo.
Amélie sonrió.
—Eres muy unido a él.
—Sí.
Kalel observó la postal.
—Después de todo lo que ha pasado, quiero que sepa que estoy bien.
Amélie asintió.
—Eso seguramente le gustará.
---
Por la tarde llegaron a uno de los lugares más conocidos de la ciudad.
Kalel levantó la mirada.
—La Torre Eiffel.
Amélie sonrió.
—Exactamente.
Kalel permaneció unos segundos contemplándola.
Había visto fotografías muchas veces.
Pero verla personalmente era diferente.
—Es enorme.
—Eso dicen todos.
—No me importa.
Kalel sonrió.
—Es increíble.
Amélie se colocó a su lado.
—¿Quieres una foto?
Kalel la miró.
—¿Contigo?
—Sí.
Él sonrió.
—Claro.
Uno de los hombres de seguridad tomó el teléfono.
Amélie y Kalel posaron juntos.
La fotografía capturó a ambos frente a la Torre Eiffel.
Cuando Kalel la vio, sonrió.
—Quedó bien.
—Sí.
Amélie observó la fotografía.
—Quizá deberíamos tomar otra.
—¿Por qué?
—Porque en esta pareces demasiado serio.
Kalel abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—¡Estoy sonriendo!
—Muy poco.
Kalel comenzó a reír.
—Está bien.
Tomaron otra.
Esta vez ambos estaban sonriendo.
---
Cuando comenzó a caer la tarde, decidieron sentarse en una zona tranquila.
Las luces de París comenzaban a encenderse.
Kalel permaneció en silencio.
Amélie lo observó.
—¿Qué piensas?
—En que hace unos días estaba en Madrid pensando que necesitaba escapar de todo.
—¿Y ahora?
Kalel miró las luces.
—Ahora creo que necesitaba conocer un lugar diferente.
Amélie sonrió.
—¿Te arrepientes de haber venido?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Me alegra.
Kalel la miró.
—También me alegra haberte conocido.
Amélie se quedó un poco sorprendida.
—¿Aunque nuestro primer encuentro haya sido por un contrato matrimonial?
Kalel sonrió.
—Eso es precisamente lo extraño.
—Muchísimo.
Ambos rieron.
Después Kalel se quedó pensativo.
—Quiero preguntarte algo.
—Adelante.
—¿Tú quieres casarte conmigo?
Amélie lo miró directamente.
—No te conozco lo suficiente para responder eso.
Kalel asintió.
—Me parece justo.
—Pero tampoco quiero que pienses que me opongo a conocerte.
Ella sonrió.
—Hoy fue un buen comienzo.
Kalel sonrió también.
—Sí.
Amélie añadió:
—Y si algún día llegamos a casarnos, quiero que sea porque los dos lo decidimos.
Kalel la miró.
—No por nuestros padres.
—Exactamente.
Kalel asintió.
—Entonces estamos de acuerdo.
---
La noche comenzó a caer.
Las luces de París iluminaban las calles.
Durante el regreso, Kalel observaba la ciudad desde la ventana.
Ya no sentía aquella angustia con la que había llegado.
Había algo diferente.
Tal vez era simplemente porque había podido olvidarse de sus problemas durante unas horas.
O tal vez porque Amélie había conseguido que se sintiera cómodo.
Cuando llegaron a la residencia, Kalel bajó del vehículo.
Amélie se acercó.
—¿Te gustó el recorrido?
Kalel sonrió.
—Muchísimo.
—Entonces mañana podemos conocer otro lugar.
—¿Mañana también?
—Si quieres.
Kalel asintió.
—Quiero.
Amélie sonrió.
—Entonces mañana continuamos.
Kalel la miró alejarse.
Por primera vez desde que había firmado aquel contrato, no pensó en él como una obligación.
Pensó en Amélie.
En la joven que había decidido mostrarle París.
En la manera en que había hablado de su vida sin sentir vergüenza de utilizar una silla de ruedas.
En su sentido del humor.
En su carácter.
Y en aquella sonrisa.
Kalel tomó la postal que había comprado.
La guardó cuidadosamente.
Quizá Francia no sería solamente un lugar al que había viajado para escapar.
Quizá terminaría convirtiéndose en el lugar donde comenzaría una nueva etapa de su vida.
Pero todavía no sabía una cosa.
Desde una de las ventanas de la residencia, el líder francés observaba a su hija y a Kalel.
Y aunque sonreía al verlos regresar juntos...
sabía que aquel paseo había sido mucho más importante de lo que parecía.
Porque por primera vez...
Kalel y Amélie habían comenzado a conocerse por decisión propia, no por un contrato.