Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Tina quería seguir jugando, pero al ver a Luz dormida en el sofá, guardó la tablet sin protestar.
—Voy a lavarme los dientes. Ciro, vení.
Los dos caminaron de puntillas hacia su cuarto.
Bruno se quedó solo en la sala.
Miró a Luz.
Dormida, no tenía esa lengua filosa ni esa armadura de hielo. Parecía tranquila. Demasiado. Las pestañas le caían sobre la piel y el pelo suelto le cubría un hombro.
El aroma suave que venía de ella le rozó los sentidos.
Bruno se acercó sin darse cuenta.
Se detuvo de golpe.
¿Qué estaba haciendo?
Luz se movió apenas y abrazó sus brazos, como si tuviera frío.
Bruno la miró unos segundos.
Después se quitó el saco y lo dejó sobre ella.
Esa noche, Luz soñó otra vez.
Un lugar oscuro, sin luz ni sonido. Caminaba y caminaba, pero no encontraba salida.
Una voz la llamaba desde la niebla.
—Nena... nena... ¿dónde estás?
¿La llamaba a ella?
Al fondo apareció una mujer con camisón de seda blanco y el pelo largo suelto.
—Vení, nena. Vení.
Luz quiso preguntar quién era, pero no le salía la voz.
Una mano enorme la arrastró hacia atrás.
—¡Ah!
Despertó empapada de sudor.
Hacía años que no tenía ese sueño. En el Pasaje la perseguía seguido, pero desde que nacieron Tina y Ciro había desaparecido.
¿Por qué volvía ahora?
La sala estaba vacía. Ya pasaba la medianoche.
Cuando se incorporó, el saco cayó al piso.
Luz lo levantó.
Tenía ese aroma de bosque húmedo que ya había sentido antes.
Familiar.
Pero imposible de ubicar.
¿Había conocido a Bruno en otro momento?
En la casa de Bruno, él no podía dormir.
En el escritorio, con los ojos cerrados y los dedos en el puente de la nariz, repasaba las palabras de Tina.
Se parecían. Ciro compartía sus alergias y gustos.
¿Y si Luz era la mujer de hacía seis años?
¿Y si Tina y Ciro eran sus hijos?
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante.
Facundo entró con una pila de informes.
—Jefe, la información de Luz.
Bruno leyó.
Luz Acosta, veintiséis años, criada en Villa Pasaje por padres adoptivos. A los veinte, Osvaldo Acosta la llevó a la familia y la presentó como la hija perdida. Menos de un año después, dejó la casa. Desde entonces, los Acosta no volvieron a hablar de ella.
—Eso es lo público —agregó Facundo—. Lo que averigüé es distinto. Parece que Luz no era la hija mayor. Su sangre coincidía con la de Lautaro. La familia la trajo para tener una donante permanente y evitar críticas.
La mano de Bruno se cerró sobre el papel.
—Seis años atrás encontraron otra fuente de sangre para Lautaro. Y como Luz quedó embarazada, Osvaldo la echó para cuidar el apellido. Después de eso, desapareció. No hay registros claros de estos seis años.
—¿Cómo quedó embarazada?
Facundo dudó.
—Lo que circula es que tenía mala vida, salía con tipos del barrio, iba a bares... y que ni ella sabía de quién era el bebé.
El aire se volvió pesado.
Bruno miró los papeles sin hablar.
—La semana que viene es el aniversario de Grupo César, ¿no?
—Sí. El señor César lo invitó, pero usted pidió rechazar.
—Decile que voy.
Facundo abrió los ojos.
Bruno nunca iba a esas celebraciones.
—Sí, jefe.
A la mañana siguiente, Luz miró el saco en el sofá como si fuera un problema médico.
¿Cómo se lo devolvía?
Si iba ella, Bruno iba a pensar que se acercaba a propósito. Si no lo devolvía, quedaba pésimo.
—Mami, ¿qué te pasa? —preguntó Tina.
Luz miró a sus hijos y sonrió.
—Necesito un favor. El saco de Bruno quedó acá. ¿Se lo llevan?
Ciro iba a asentir, pero Tina habló primero.
—Hoy estamos ocupados. Tenemos clases virtuales. Mejor andá vos.
No iba a desperdiciar una oportunidad tan buena.
Tina arrastró a Ciro al cuarto antes de que Luz insistiera.
Luz terminó llevando el saco sola.
Antes de cruzar hacia la casa de Bruno, un auto negro le cerró el paso.
Bajó un hombre de unos cincuenta años, de traje impecable.
—Doctora Ynua, buenos días. Soy Ramiro Varela, asistente personal de Federico Ferrer, el tío de Bruno. Mi jefe quiere verla.
Luz miró dentro del auto. Había otro hombre, de edad parecida, con una presencia más pesada.
—Se equivocan de persona.
—Si no supiéramos quién es, no estaríamos acá.
Luz dejó de sonreír.
—Entonces hablen acá.
—No es el lugar. Si sube al auto...
—Quien me busca suele querer tratamiento. Si el paciente no puede decir qué le pasa, no puedo ayudar.
Luz siguió caminando.
Ramiro quiso seguirla, pero el hombre del auto lo detuvo.
Bruno, que salía de su casa, vio toda la escena.
—Ese es Ramiro, el hombre de Federico Ferrer —murmuró Facundo—. ¿Por qué hablaría con Luz?
Bruno no respondió.
La frialdad de su cara alcanzó para que Facundo retrocediera.
Luz colgó el saco en la reja de la casa y se fue.
Bruno lo vio.
—Tengo obsesión por la limpieza —dijo cuando ella intentó explicar más tarde por mensaje—. No lo quiero.
Luz miró la pantalla y casi tiró el teléfono.
Qué hombre insoportable.