A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 8
Capítulo 8: ¿Tendrá tiempo de ir a mi boda, tío?
Max volvió el jueves, como había prometido.
No me avisó con bombo ni platillo; simplemente, una noche, oí el coche en la grava y, al bajar, ahí estaba, quitándose el saco en el recibidor, con cara de cansancio y esa quietud de siempre. Pero lo primero que hizo, antes que nada, fue mirarme de arriba abajo, como revisando que siguiera entera.
—¿Comiste? —preguntó.
—Don Tomás no me dejaría no comer ni aunque quisiera —contesté.
Algo parecido a una sonrisa le pasó por la cara y se fue antes de cuajar.
Esos días me había mandado mensajes. Pocos, secos, siempre a la misma hora: "¿Ya desayunaste?". "Tómate la pastilla". "Avísame cuando llegues". La primera vez que me escribió tuve que preguntarle a don Tomás de quién era el número. Max se había guardado el mío, me había mandado el suyo, y había puesto a mi nombre, supe después, una sola palabra: "Renata". Sin apellido. Como si para él no hiciera falta aclarar cuál Renata.
Esa misma tarde me llegó otro mensaje, de un número que no había bloqueado a tiempo. Mi madre. "Espero que estés contenta. Tu papá no ha podido ni ir al club de la vergüenza. Lo menos que puedes hacer es no salir a dar más espectáculos con el apellido. Compórtate, por una vez en tu vida". Ni un "¿cómo estás?". Ni una pregunta por la cachetada. Solo el apellido, las apariencias, el qué dirán.
Lo leí dos veces y sentí el viejo nudo de siempre, ese que se aprieta cuando una espera, contra toda lógica, que esta vez la mamá pregunte por una. No iba a pasar. Nunca pasaba.
Max debió de ver algo en mi cara, porque dejó lo que estaba haciendo.
—¿Quién es? —preguntó.
—Nadie —dije, guardando el teléfono.
—Renata.
Suspiré y se lo enseñé. Lo leyó sin cambiar de expresión, me devolvió el celular y, con una tranquilidad que daba más miedo que un grito, dijo:
—No vuelvas a contestarle a esa gente. A partir de ahora, si algo tienen que decir, me lo dicen a mí. —Y, más bajo—: Vas a ver que muy pronto van a aprender a hablarte distinto.
No entendí del todo a qué se refería. Pero le creí.
A la mañana siguiente me llevó con él a las oficinas del Grupo Lazcano, en Polanco, porque yo tenía que firmar unos papeles del banco y a él le quedaba de paso. El edificio era una torre de vidrio en Polanco donde la gente bajaba la voz cuando él pasaba y los empleados se enderezaban como soldaditos. Era otro mundo: pisos de mármol, recepcionistas de revista, un silencio caro de aire acondicionado. Yo caminaba a su lado sintiéndome fuera de lugar con mis zapatos sencillos y mi blusa de diario, segura de que todos notaban que yo no pertenecía ahí. Pero él, sin decir nada, acortaba el paso para no dejarme atrás, y cuando una secretaria me miró de arriba abajo con un gesto apenas despectivo, Max se detuvo, la miró un segundo, y la mujer se puso pálida y bajó la vista a su escritorio. No hizo falta una palabra. A su lado, por primera vez, sentí que nadie se atrevería a hacerme sentir poca cosa.
Fue al cruzar un pasillo que lo vi: Patricio, en la puerta de una oficina, discutiendo con un asistente. Y sobre el escritorio, abierta, la caja que yo le había mandado semanas atrás. Mis cosas devueltas, desperdigadas. El cerdito de peluche rosa encima de todo. Y, asomando entre los papeles, una foto vieja de los dos, de cuando éramos novios, sonriendo en una feria.
Patricio levantó la vista y nos vio. Se le descompuso la cara al entender, por fin, que lo de la caja iba en serio, que no había sido un berrinche, que yo de verdad le había devuelto hasta el último recuerdo.
Pero no fue su cara la que se me quedó grabada. Fue la de Max.
Él también había visto la foto. Y, por una fracción de segundo, esa quietud suya se quebró: la mandíbula se le tensó, los ojos se le pusieron oscuros, fijos en la imagen de Patricio y yo juntos. No dijo una palabra. No le hacía falta. Cualquiera que lo viera habría jurado que el hombre estaba celoso, celoso de una foto vieja de una relación muerta.
Me sorprendió tanto que me quedé mirándolo. ¿Celoso, él? ¿El hombre de hielo que se había casado conmigo "por conveniencia"?
Patricio, en cambio, no entendió nada. Para él, Max era el tío poderoso de la familia, el patriarca de la rama de arriba, y su presencia en esa torre solo podía significar una cosa: respaldo. Se recompuso, se acomodó la corbata y se acercó con esa sonrisa suya de niño consentido.
—Tío Maximiliano. Qué gusto. —Le tendió la mano—. No sabía que andaba por aquí. Oiga, ya que lo veo… el mes que entra me caso. Con Daniela. Va a ser en la hacienda, algo en grande, como debe ser. —Hizo una pausa estudiada—. ¿Tendrá tiempo de acompañarnos, tío? Significaría mucho para la familia que estuviera usted ahí.
Sentí que el aire se ponía espeso. Patricio no sabía que me había casado; nadie de los Bracamonte lo sabía todavía. Estaba invitando a mi esposo a su boda con Daniela sin tener la menor idea de quién era yo ahora.
Max lo miró largo. Demasiado largo. Y al fin, con una calma que me puso la piel de gallina, contestó:
—Ahí estaré. No me lo perdería por nada.
Lo dijo como una promesa. Pero algo en su tono no sonaba a un tío bondadoso aceptando una invitación. Sonaba a otra cosa. A algo que yo todavía no alcanzaba a ver, pero que ya estaba en marcha.
En el coche, de regreso, me animé a preguntar:
—¿Vas a ir de verdad a la boda de Patricio?
Max miró por la ventana, con esa media sonrisa que daba más miedo que su seriedad.
—Voy a ir a una boda —dijo—. Eso tenlo por seguro.
No le entendí. Tardaría todavía unos días en entenderlo. Y cuando lo hiciera, sería demasiado tarde para advertirle a nadie.
yo si quiero...no sé tú 😂😂