Eimy jamás imaginó que una simple conversación por chat cambiaría su vida. Todo comenzó cuando conoció a un hombre que pertenecía al Ejército. Al principio solo eran mensajes, pero con el paso de los días nació una conexión especial que poco a poco se convirtió en amor. Después de muchas conversaciones, Eimy decidió darle una oportunidad a sus sentimientos y aceptar estar con él. Sin embargo, cuando pensaba que por fin había encontrado al hombre indicado, descubrió una verdad que jamás esperaba: él tenía esposa. Ahora Eimy deberá decidir si luchar por ese amor o alejarse antes de terminar con el corazón roto.
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Capítulo 7 — El primer encuentro
Habían pasado tres días y finalmente habíamos completado la misión en Santa Marta. Después de tanto trabajo, por fin tuvimos un momento para descansar.
Yo estaba con mis parceros cuando decidí salir un rato.
—Muchachos, voy a dar una vuelta —les dije.
—¿Y pa' dónde va, Álvarez? —preguntó uno.
—Por ahí, pues. Si el coronel pregunta por mí, díganle que salí un momento.
—Bueno, pues, pero no se demore.
—Relajado, parce.
Salí con el celular en la mano y, mientras caminaba, pensé en Amy. Llevábamos varios días hablando por WhatsApp, pero todavía no nos habíamos visto personalmente.
Entonces le escribí.
Leandro:
—¿Estás desocupada?
La respuesta llegó rápidamente.
Amy:
—Sí, ¿por qué?
Leandro:
—Estoy acá todavía en Santa Marta. ¿Nos vemos?
Amy:
—¡Claro! ¿Dónde?
Leandro:
—¿Qué tal en la playa?
Amy:
—De una. Yo llego primero y te aviso.
Leandro:
—Listo pues.
No le dije exactamente cómo iba vestido porque pensé que sería mejor que me llamara cuando llegara y así poder describirle la ropa.
Un rato después, Amy llegó a la playa.
Ella llevaba un vestido playero bonito, unas gafas de sol y unas sandalias. Su cabello estaba suelto y caminaba mirando hacia todos lados, tratando de encontrar el lugar que habíamos acordado.
Cuando llegó, sacó su celular y me llamó.
Yo contesté.
—¿Aló?
—¡Hola, Leandro! Ya llegué.
Sonreí.
—¿Ya estás en la playa?
—Sí, aquí estoy. Pero ahora dime dónde estás tú.
—Yo todavía voy llegando.
—¿Y cómo vas vestido? —preguntó—. Porque yo no sé cómo eres en persona, acuérdate.
Me reí.
—Ah, verdad pues. Bueno, llevo una camiseta negra, un pantalón cargo verde oscuro y unos tenis blancos. También tengo una gorra negra.
—¿La gorra es negra?
—Sí.
—Bueno, ¿y eres alto?
—Sí, soy alto.
—¿Y más o menos dónde estás?
—Estoy entrando por el lado donde están los vendedores. Espérame ahí.
—Bueno, pero apúrate, ¿sí? Que tengo curiosidad de conocerte.
—Ya voy, pues. No te desesperés.
—Jajajaja, bueno.
Colgamos.
Seguí caminando hacia la playa, mirando entre la gente.
A lo lejos vi a una muchacha con un vestido playero blanco con detalles azules y unas gafas de sol. No podía estar seguro de que fuera Amy, porque nunca la había visto en persona.
Ella también estaba mirando hacia todos lados.
Me acerqué un poco más.
Mi celular volvió a sonar.
Era ella.
—¿Sí?
—Leandro, creo que ya te vi.
—¿Dónde estás?
—Cerca de la orilla. Tengo un vestido blanco y azul.
Levanté la mirada.
La vi.
—Creo que ya sé cuál sos.
—¿Dónde estás tú?
—Mirá hacia tu derecha.
Amy volteó.
Nuestros ojos se encontraron por primera vez.
Los dos nos quedamos quietos durante unos segundos.
Ella sonrió.
Yo también.
Guardé el celular y caminé hacia ella.
—¿Amy?
Ella se quitó las gafas.
—¿Leandro?
—El mismo —respondí con una sonrisa—. Al fin conozco a mi costeña.
Amy soltó una risita.
—Y yo al fin conozco al paisa que habla diciendo "pues" cada cinco segundos.
—¿Ah, sí? Pues vas a tener que acostumbrarte.
—Jajajaja, qué personaje.
—Y vos tampoco te quedás atrás. Desde el primer día me dijiste que querías escuchar mi voz.
—Porque tenía curiosidad.
—¿Y ahora qué pensás?
Amy me miró por unos segundos y sonrió.
—Que eres diferente a como te imaginaba.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien.
—Ah, bueno pues. Menos mal.
Comenzamos a caminar por la playa mientras hablábamos. La conversación salió naturalmente, como si ya nos conociéramos desde hacía mucho tiempo.
Ella me contó algunas cosas de Santa Marta y yo le hablé de Medellín.
Nos reíamos de nuestras formas de hablar y de las diferencias entre un paisa y una costeña.
—Te digo algo —dijo Amy—. Me alegra que hayas venido.
La miré.
—A mí también me alegra haber venido.
Seguimos caminando junto al mar, hablando y riéndonos.
Después de tantos mensajes, audios y llamadas, finalmente estábamos frente a frente.
Y ninguno de los dos sabía todavía que aquel encuentro en la playa iba a cambiar muchas cosas entre nosotros.