La guerra entre Elarion y Drakhar ha durado años, pero, cuando el príncipe heredero de Drakhar se fija en la santa Sylvia, de Elarion, propone un tratado de paz, pero a cambio deben entregarle a la santa como concubina. Sylvia acepta esta condición para salvar a su nación, pero, no se imagina que, al entrar al palacio de Drakhar se encontrará con las amantes del príncipe heredero, pero, aunque ella no es fácil de intimidar, pronto descubre, que, en ese palacio, tiene un aliado más poderoso que el mismísimo emperador, el dragón rojo de la calamidad, que se ha liberado del control del príncipe heredero, y que, esta dispuesto a vengarse por usarlo como una maquina de guerra.
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Capitulo 14.
La albina había salido del ala de los dragones desde la mañana, y justo cuando iba de regreso a su habitación, Meredith, acompañada de guardias, se interpuso en su camino.
—¿acaso la amante del príncipe también quiere un brazo rotó?— pregunta la albina.
Meredith apretó los labios, sabía que no podía golpearla.
—su alteza quiere verte. Sígueme, ahora.— ordena.
—pero yo no quiero verlo, es muy temprano para verle la cara y que arruine mi día.— frunce los labios.
Los guardias al escuchar esto, sacan sus espadas, pero, Meredith les ordena no hacer nada.
—¿crees que estas a salvo por tu protección de santa?, vamos, obedece.— le advierte.
La albina dejo escapar un suspiro, quizás esa era la oportunidad de comprobar si puede romper el sello que el dragón le dijo. Siguió con tranquilidad a Meredith hasta una sala privada en el ala del príncipe. Al entrar, Balthazar ya esperaba sentado en un sofá bastante adornado de joyas, simulando más bien un trono, la albina apenas pudo aguantarse la risa al ver ese asiento.
—escuche algo interesante.— empieza Balthazar.
—que casualidad, yo también, supo que, ya pudo recuperarse del brazo rotó.— responde la albina.
Balthazar apretó las manos en el posabrazos, aguantando las ganas de querer golpear a la albina.
—te han visto entrar al ala donde los dragones están recluidos...—
Sylvia deja salir una breve risilla.—¿quien le dijo semejante mentira alteza?, no se que es ese lugar...¿donde se encuentra?— ladea un poco la cabeza mostrando duda.
Balthazar miro con el ceño fruncido a Meredith.
—digo la verdad alteza. Yo misma la vi, y además se ve con un hombre...alguien a quien nunca he visto en el palacio... podría ser un espía.— esta era su oportunidad de hacer que encierren a la albina.
—¿un hombre?— se pone de pie, furioso. La sola idea de saber que la mujer que no ha podido tener tiene un hombre, le hiere el orgullo.— ¿quien ese hombre?, responde.— grita furioso.
—¿un hombre?— se cruza de brazos, fingiendo pensar.— no se de que habla...¿no se supone que los hombres, excepto los guardias, están prohibidos en el ala de las concubinas?, como podría yo verme con uno.
—no lo niegues...yo misma lo vi, y no lucia como un guardia...parecía un noble...— acusa la pelinegra.
—señorita, debería revisarse la vista. ¿Que hombre?, ¿que ala de dragones?, realmente no se de que hablan, apenas y puedo salir de mi habitación...en especial porque el hambre me causa dolor...— se lleva las manos al estómago y hace una expresión de dolor.
—no le crea alteza...le digo la verdad. Lo juro...si no me cree, yo misma encontraré a ese hombre...— asegura Meredith.— y haré que ella le muestre como pasar la muralla de espinas.
Balthazar mira de nuevo a la albina, pero este se veía bastante calmada.
—iremos ahora mismo...abrirás esa muralla...— ordena Balthazar.
—¿muralla?, ¡oh! Habla de ese lugar llenas de espinas...¿que hay detrás?, ¿algo importante?, ¿como podría yo abrirla?— pregunta con insistencia.
Meredith estaba furiosa, la tranquilidad de la albina ponía en duda lo que ella decía. El príncipe parecía creer más en Sylvia y no en ella.
—alteza...se lo juro...yo...
La puerta se abrió, interrumpiendo la conversación. Era el emperador quien entro y detrás de él venía el pelirrojo. Meredith estaba por hacer una reverencia, pero fijo su vista en Friedrich.
—es él...— señala al pelirrojo.— ese es el hombre con quien la santa se ve en secreto.
—¿que es esta escándalo Balthazar?— pregunta el emperador aparentemente calmado.
—padre yo...ese hombre.— señala Balthazar.
Sylvia mira a Friedrich, pero después desvía la mirada.
—este hombre es Friedrich Von Alhen...un duque enviado para un tratado de comercio...— responde el emperador.
—¿que?, ¿no es un espía?, lo vi encontrarse en secreto con esa mujer.— señala a la albina.
—oh.— interrumpe Friedrich.— hola de nuevo señorita santa.
—¿lo escucho?, se conocen...— grita Meredith.
—¿que tanto alboroto esta causando esta mujer?— pregunta el emperador.
—su majestad...ese hombre podría ser un espía aliado con esta mujer.— responde Meredith.
—¡que insolente!, ¿así es la educación de las mujeres de tu harén, Balthazar?— pregunta el emperador.
—n-no padre...debe tratarse de un malentendido...pero, es que Meredith asegura que la santa y el duque se ven a escondidas.— explica Balthazar.
—creo que hay malentendido. No conozco este palacio, salí a pasear y me perdí, me encontré con esta señorita.— señala a Sylvia.— y ella me indicó como salir de aquella ala de las concubinas.
—n-no es verdad...yo...
—silencio Meredith.— le advierte Balthazar.— retírate.
—pero alteza yo...
—fuera.— le insiste con voz firme.
Meredith aprieta los puños y sale, furiosa por lo que acababa de pasar.
—lamento el escándalo padre. ¿Que lo trae a mi residencia?— pregunta Balthazar.
—solo venía a presentar al duque, y a decirte que, se estaba hospedando en el ala de invitados de tu palacio.— responde el emperador.
—por supuesto...le daré las comodidades adecuadas.—
Balthazar llamo a los sirvientes y les indicó preparar la mejor alcoba para el pelirrojo. Mientras que Sylvia permanecía en silencio, pero, no despegaba la vista del pelirrojo y este, no dudo en sonreírle. Por supuesto, esto lo notó Balthazar. El emperador se retira cuando los sirvientes llegan a guiar a Friedrich a su alcoba.
Al quedarse solos, Balthazar mira con molestia a la albina.
—¿acaso te ha gustado ese hombre?, ¿Meredith tiene razón?— pregunta molesto.
—es guapo...mi tipo...tal vez la diosa si me de permiso de estar con él.— responde con total descaro.
Balthazar al escuchar esto enfureció, era demasiado para su orgullo escuchar que la mujer que no ha podido tener desee a otro. Cegado por el enojo, intenta agarrarla del cuello. La albina aprovecha esto, para sostener la mano del príncipe y envia su energía de sanación directamente a la marca del sello. Balthazar siente un dolor punzante en la mano. Rápidamente se hace hacía atrás y resbala cayendo contra la mesa donde se golpea.
Al estar aturdido, ve borroso, solo distingue una silueta blanca que se acerca, sintiendo nuevamente el dolor en su mano hasta quedar inconsciente.
Pero, antes de poder terminar, la puerta se abre, era Meredith quien se espanta al ver al príncipe tirado en el suelo y una luz saliendo de la mano de la albina.
—aléjate de su alteza...guardias...intentan matar al príncipe.— grita Meredith.
Los guardias entrar rodeando a la albina mientras Meredith se acerca al príncipe, notando que salía sangre su cabeza.
...