Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 20: El eco del último timbre
^^^ (Narrado por Máximiliano)^^^
Tres meses pasaron como un parpadeo pesado, un lapso en el que el tiempo en el Saint Mary’s Academy pareció desintegrarse entre el silencio y la evasión obligatoria. Aquel escándalo que había sacudido los pasillos y convertido a Camila en el centro de todas las burlas se fue diluyendo lentamente, no porque la memoria de la gente fuera compasiva, sino porque la urgencia de los últimos exámenes y la cercación de la graduación terminaron por devorar cualquier rastro de morbo. La normalidad, esa rutina fría de uniformes impecables y sonrisas fingidas, regresó a los salones como una tregua silenciosa.
Durante ese tiempo, Camila y yo no volvimos a cruzarnos una sola palabra. Nos convertimos en dos extraños expertos en ignorarse en las esquinas, esquivando las miradas con una precisión milimétrica. Ella había vuelto a levantar su muralla de hielo, aunque se notaba el desgaste en su mirada, en la forma en que caminaba sola por los corredores con los hombros rígidos y el mentón en alto, desprovista ya de ese séquito que antes la aplaudía. Mateo, por su parte, se había mantenido al margen, satisfecho con haber marcado su territorio y de haber dejado atrás un juguete que ya no le interesaba.
El día de la graduación llegó envuelto en un cielo gris y bochornoso de principios de verano. El auditorio principal estaba abarrotado de padres orgullosos, cámaras de video y arreglos florales ostentosos que perfumaban el ambiente con una pesadez artificial.
—Lo logramos, Máx —me dijo mi madre con los ojos cristalinos, acomodándome el cuello de la camisa gastada pero limpia mientras esperábamos en fila el llamado al estrado—. Después de tanto sacrificio, al fin estás del otro lado.
—Sí, mamá. Lo logramos —respondí con una sonrisa genuina, sintiendo que el peso de los años de privaciones y desvelos por fin se desvanecía de mis hombros.
Cuando nombraron mi aburrido y largo apellido para recibir el diploma de excelencia académica, los aplausos resonaron en el recinto; miré hacia las gradas y vi a mi madre aplaudiendo con una fuerza que parecía querer compensar todas las carencias del mundo. Y en ese mismo instante, mientras cruzaba el escenario, mis ojos se encontraron por un breve segundo con los de Camila. Estaba sentada en la primera fila de la sección de graduados, luciendo su toga impecable, pálida y hermosa, con una expresión indescifrable en el rostro. No hubo saludos ni gestos de despedida; solo un reconocimiento mudo de que habíamos sobrevivido al infierno a nuestra manera.
Las semanas posteriores se sintieron como una rápida sacudida de despedidas inevitables. Tomamos caminos completamente separados, trazados por abismos insalvables. Mientras los hijos de las familias acomodadas preparaban sus maletas para volar hacia universidades extranjeras o asumían puestos directivos en los negocios de sus padres, yo comencé a empacar mis pocas pertenencias con la mirada puesta en la facultad pública de economía, listo para empezar de cero en un mundo donde el esfuerzo propio era la única moneda de cambio. Sabía que las heridas de esa secundaria se quedarían enterradas en el pasado, ignorando por completo que el destino, con su ironía más cruel, ya tenía preparada una trampa mucho más pesada para volver a cruzar nuestras vidas años más tarde.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto