Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Capítulo 6: Manos heladas
Alegra descubrió que ser la asistente de Alejandro Montero no era difícil. Era agotador.
No por el trabajo en sí —la agenda, los documentos, las llamadas eran mecánicos, predecibles— sino por la presencia constante de él al otro lado de esa pared de cristal. Era como vivir junto a un volcán dormido: todo se veía tranquilo, pero una parte de ella estaba siempre alerta, esperando algo que no sabía nombrar.
El martes de su tercera semana, el edificio amaneció con el aire acondicionado descompuesto.
Para las once de la mañana, el piso dieciocho de la torre de Santa Fe era un horno. Los empleados de los pisos inferiores trabajaban con las ventanas abiertas y los ventiladores de escritorio a toda potencia. Pero en la antesala de la dirección general no había ventilador. Había una pared de cristal, un escritorio de madera oscura y un hombre al que el calor parecía no afectarle.
Alegra no tuvo la misma suerte.
El blazer fue lo primero en irse. Luego se arremangó la blusa hasta los codos. Se recogió el pelo en un chongo improvisado que no quedó firme pero que al menos le despejó la nuca. Y cuando ya no pudo más, abanicó su cara con una carpeta de contabilidad que esperaba que nadie necesitara con urgencia.
Treinta y dos grados. Treinta y dos grados y este hombre ni siquiera se aflojó la corbata. ¿Es humano?
A través del cristal, Alejandro leía un informe con la misma postura de siempre. Espalda recta, hombros relajados, expresión de quien no tiene glándulas sudoríparas. Ni una gota de sudor. Ni un pelo fuera de lugar.
Alegra lo odió un poco.
A la una, él salió de su oficina para dirigirse a la sala de juntas. Alegra se levantó para entregarle una carpeta que necesitaba para la reunión.
—Aquí tiene, señor Montero. El reporte financiero y las proyecciones de...
El chongo improvisado eligió ese momento para rendirse. La liga se reventó y el pelo le cayó sobre la cara como una cortina oscura. Alegra no vio el borde de la alfombra.
Su pie izquierdo se enganchó en la costura. Se fue hacia adelante con la gracia de un costal de papas y la carpeta salió volando, las hojas esparciéndose en abanico por el aire como confeti corporativo.
La mano de Alejandro se cerró alrededor de su brazo.
Alegra se detuvo a medio camino del suelo, suspendida en un ángulo imposible, sostenida por cinco dedos largos que le rodeaban el antebrazo como una abrazadera de hierro.
Lo primero que pensó fue: no me caí.
Lo segundo: sus manos están heladas.
No frescas. No templadas. Heladas. Como si hubiera metido la mano en un refrigerador y la hubiera dejado ahí una hora. El contraste con su propia piel —caliente, sudorosa por la falta de aire acondicionado— le provocó un escalofrío que le recorrió el brazo hasta el hombro.
Levantó la vista. Él la sostenía con un brazo, sin esfuerzo aparente, como si impedir que una persona se estrellara contra el suelo fuera parte de su rutina matutina. Su rostro estaba a medio metro del de ella. Los ojos claros, imperturbables.
—¿Estás bien? —preguntó.
Su voz salió un tono más baja de lo habitual. Alegra lo notó porque llevaba tres semanas calibrando cada matiz de esa voz como si fuera un instrumento de precisión.
—Sí. Sí, estoy bien. Disculpe. La alfombra. Mi pelo. La liga se...
Él no la soltó inmediatamente.
Un segundo. Dos. Lo suficiente para que Alegra sintiera el pulso de él bajo las yemas de sus dedos —constante, lento, controlado— y para que la temperatura de su palma no cambiara ni medio grado.
¿Este hombre no tiene circulación? ¿Tiene hielo en las venas? ¿Es un vampiro corporativo?
La soltó. Dio un paso atrás.
—Ten más cuidado —dijo, y se agachó a recoger las hojas del suelo.
Alegra se quedó de pie, aturdida, viéndolo recoger papeles con la misma meticulosidad con que hacía todo lo demás. Quiso agacharse a ayudar, pero las rodillas no le respondían.
—Yo... deje, yo lo recojo...
—Ya está. —Se incorporó, ordenó las hojas en la carpeta y se la devolvió—. El reporte financiero y las proyecciones.
—Gracias, señor Montero.
Él asintió. Giró hacia la sala de juntas. En la puerta se detuvo, sin volverse.
—¿Alegra?
Era la primera vez que la llamaba por su nombre.
—¿Sí?
—Usa zapatos con suela antiderrapante. Este piso es traicionero.
Desapareció por el pasillo. Alegra se dejó caer en su silla y se miró el brazo. La piel donde él la había sujetado tenía un leve enrojecimiento, como una marca de frío. La tocó con la otra mano. Todavía sentía el fantasma de sus dedos.
Sus manos estaban congeladas. A treinta y dos grados. ¿Cómo es eso posible?
Se miró el brazo un rato más. Luego sacudió la cabeza, se puso una liga nueva en el pelo y volvió a su trabajo.
Esa noche, Alegra salió de la oficina a las ocho. Antes de irse, pasó por la antesala. La oficina de Alejandro estaba a oscuras, pero la rendija bajo la puerta del estudio brillaba.
Se detuvo.
El olor a pintura era más fuerte que otras noches. Más denso. Como si hubiera empezado antes y no tuviera intención de parar.
Está pintando. Otra vez.
Se quedó un minuto mirando la línea de luz. Luego se fue.
Al día siguiente, la señora de la limpieza le comentó a Sofía —que se lo comentó a la recepcionista, que se lo comentó a todo el piso— que la luz del estudio del señor Montero había estado encendida hasta las dos de la madrugada.
—Seguro tiene insomnio —dijo Sofía, con esa autoridad que solo da la ignorancia—. Mi tía también tiene insomnio y se pone a pintar mandalas.
Alegra no dijo nada. Pero mientras preparaba el café de las 8:15, pensó en esos dedos helados alrededor de su brazo y en la línea de luz bajo la puerta del estudio, y supo —con una certeza que no podía explicar y que no iba a compartir con nadie— que el insomnio de Alejandro Montero no tenía nada que ver con mandalas.
Dejó el café en su escritorio. Dos de azúcar. Sin leche. Y al lado, una galleta de nuez.
A las cinco de la tarde, la galleta había desaparecido.
En su lugar, un post-it amarillo con esa caligrafía imposiblemente precisa:
"De nuez, no. De mantequilla."
Alegra se guardó el post-it en el bolsillo junto a la servilleta de la vez anterior.
Tiene preferencias, pensó. El señor témpano tiene preferencias de galletas.
Sonrió el resto del día.