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Hasta Encontrarte Otra Vez

Hasta Encontrarte Otra Vez

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Nath O.

Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.

NovelToon tiene autorización de Nath O. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El heredero del Alfa

Kaleb había aprendido muy joven que ser hijo del Alfa no significaba vivir por encima de los demás.

Significaba llegar antes.

Irse después.

Conocer las necesidades de cada familia.

Recordar qué guerrero tenía una lesión antigua, qué anciano necesitaba ayuda durante el invierno y qué niño acababa de perder a uno de sus padres.

Significaba que cada error sería observado.

Y cada debilidad, recordada.

La mañana siguiente comenzó antes del amanecer.

Cuando Kaleb llegó a la sala del Consejo, su padre ya estaba allí.

El Alfa permanecía de pie frente a una mesa amplia, inclinado sobre un mapa del territorio. Varias piedras pequeñas marcaban los puntos de vigilancia, los senderos de patrulla y los límites compartidos con las manadas vecinas.

Liam estaba sentado a uno de los extremos, revisando un conjunto de informes.

Al ver entrar a Kaleb, levantó brevemente la mirada.

—Llegas tarde.

Kaleb miró hacia las ventanas. El cielo todavía estaba oscuro.

—Ni siquiera ha salido el sol.

—Tu padre llegó hace una hora.

El Alfa no levantó la cabeza.

—Liam sabe cómo hacer sentir culpable a cualquiera.

—Es una habilidad útil para el Consejo —respondió Liam.

Kaleb ocupó su lugar junto a la mesa.

—¿Qué ocurrió?

Su padre señaló la frontera oriental.

—Dos grupos de cazadores humanos han instalado un campamento demasiado cerca del territorio.

Kaleb frunció el ceño.

Los humanos no conocían la verdadera naturaleza de Luna de Plata. Para ellos, aquella región era una extensa reserva privada perteneciente a varias familias que preferían vivir lejos de las ciudades.

La mayoría respetaba las señales.

Algunos no.

—¿Han cruzado? —preguntó Kaleb.

—Todavía no —respondió Liam—. Pero encontraron rastros de animales cerca del río y parecen decididos a seguirlos.

—Podemos desviar a la manada de ciervos hacia el norte.

El Alfa asintió.

—Eso resolvería una parte del problema.

—¿Qué falta?

Su padre lo miró directamente.

—Que tú dirijas la patrulla.

Kaleb guardó silencio.

No porque le sorprendiera.

Llevaba años acompañando a los guerreros y, desde su Primera Luna, había participado en decenas de recorridos. Sin embargo, su padre seguía encabezando cualquier operación que implicara riesgo para el secreto de la manada.

—¿Solo? —preguntó.

—Con Ethan, dos rastreadores y tres guerreros.

—Entonces no estaré solo.

El Alfa sostuvo su mirada.

—Estarás al mando.

Aquello sí era distinto.

Liam dejó de escribir.

Kaleb comprendió que no se trataba únicamente de apartar a unos humanos de la frontera.

Era una prueba.

Otra más.

—¿Cuándo salimos?

—Al mediodía.

—Estaremos listos.

El Alfa asintió, pero no apartó los ojos de él.

—No quiero confrontaciones.

—Lo sé.

—No quiero que nadie se transforme delante de ellos.

—Lo sé.

—Y no quiero que tu deseo de demostrar que puedes dirigir convierta un problema pequeño en uno grande.

Kaleb endureció ligeramente la mandíbula.

—No necesito demostrar nada.

—Todos necesitamos hacerlo alguna vez.

El silencio se volvió más pesado.

Liam cerró con cuidado uno de los informes.

—Revisaré nuevamente las rutas.

Tomó los documentos y salió de la sala sin esperar respuesta.

Kaleb siguió con la mirada la puerta cerrada.

—Eso fue cobarde.

—Fue inteligente —corrigió su padre—. Reconoció una conversación en la que no debía intervenir.

Kaleb apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Confías en mí lo suficiente para ponerme al mando, pero no para evitar recordarme cada posible error.

—Precisamente porque confío en ti puedo señalarte dónde podrías equivocarte.

—A veces no parece confianza.

El Alfa se irguió.

No alzó la voz.

Nunca necesitaba hacerlo.

—Cuando seas Alfa, habrá días en que todos estarán de acuerdo contigo porque temerán contradecirte. Otros lo harán porque querrán complacerte. Y algunos permanecerán en silencio mientras te ven caminar hacia un desastre.

Rodeó lentamente la mesa.

—Mi obligación no es hacerte sentir preparado.

Es asegurarme de que lo estés.

Kaleb sostuvo la mirada de su padre.

Había escuchado discursos similares desde niño. Antes le parecían lecciones lejanas, palabras destinadas a un futuro que tardaría décadas en llegar.

Ya no.

El Consejo comenzaba a consultarlo.

Los guerreros obedecían sus instrucciones.

Las familias lo buscaban cuando el Alfa estaba ausente.

El futuro había dejado de ser una promesa.

Estaba ocurriendo.

—No provocaré una confrontación —dijo finalmente—. Desviaremos a los animales, vigilaremos el campamento y los persuadiremos para marcharse sin que sospechen nada.

Su padre asintió.

—Eso espero.

Kaleb se volvió para salir.

—Y, Kaleb.

Se detuvo.

—No dirijas como yo lo haría.

El joven miró por encima del hombro.

—Entonces ¿qué quieres de mí?

—Que descubras cómo lo harías tú.

Alyssa supo que algo ocurría cuando Kaleb no apareció durante el desayuno.

No era que comieran juntos todos los días.

Pero casi siempre encontraba alguna excusa para cruzar la plaza, tomar una pieza de pan de la cocina de Mara y quejarse de que Ethan ya había comido dos veces.

Aquella mañana no apareció.

—Estás mirando demasiado la puerta —comentó Mara.

Alyssa apartó la vista de inmediato.

—No estoy mirando nada.

Mara continuó cortando fruta.

—Entonces la puerta debe haberse vuelto muy interesante.

Rowan ocultó una sonrisa detrás de su taza.

Alyssa dejó el cuchillo sobre la mesa.

—Solo pensé que Kaleb vendría.

—Saldrá de patrulla —explicó Rowan—. Su padre le entregó el mando.

Alyssa volvió la cabeza.

—¿El mando completo?

—Eso parece.

Una sensación extraña le atravesó el pecho.

Orgullo, primero.

Después preocupación.

Kaleb llevaba años patrullando. Sabía defenderse mejor que cualquiera y conocía el territorio como si cada árbol llevara su nombre.

Pero estar al mando significaba algo distinto.

Las consecuencias ya no recaerían únicamente sobre él.

—¿Es peligroso? —preguntó.

Rowan negó.

—Solo hay humanos cerca de la frontera.

—Los humanos también pueden ser peligrosos.

—Y Kaleb sabe exactamente qué hacer.

Alyssa asintió, aunque la inquietud permaneció.

Mara la observó unos segundos.

—Puedes ir a despedirte.

—No necesito despedirme.

—Por supuesto que no.

Alyssa tomó otra fruta.

Mara siguió cortando en silencio.

Pasaron diez segundos.

Alyssa se puso de pie.

—Voy a llevarle algo para el camino.

Rowan esperó a que saliera antes de soltar una risa.

—Muy sutil.

—Nunca dije que lo fuera.

Kaleb se encontraba junto a los establos revisando provisiones cuando Alyssa llegó.

Ethan discutía con uno de los rastreadores sobre la cantidad de comida necesaria.

—No necesitamos tres bolsas —decía el hombre.

—Tú no has visto cuánto come Kaleb después de transformarse.

—No vamos a transformarnos.

—Eso dice ahora.

Kaleb cerró una alforja.

—¿Podrías dejar de hablar de mí como si no estuviera aquí?

Ethan sonrió.

—Podría.

No quiero.

Alyssa se detuvo a unos pasos.

Kaleb la vio de inmediato.

La expresión severa que había mantenido durante toda la mañana cambió apenas. No llegó a ser una sonrisa completa, pero desapareció parte de la tensión de su rostro.

—¿Qué haces aquí?

Ella levantó una pequeña bolsa.

—Mara preparó comida.

Ethan se acercó.

—Siempre supe que eras la mejor.

Alyssa apartó la bolsa antes de que pudiera tomarla.

—Es para Kaleb.

—Retiro lo dicho.

—Hay otra en la cocina.

—Vuelvo en un minuto.

Ethan salió corriendo hacia la casa de Rowan y Mara.

El rastreador negó con la cabeza y se alejó para revisar los caballos, dejándolos solos.

Kaleb tomó la bolsa.

—Gracias.

—No me las des. Yo solo la traje.

—Podías haber enviado a Ethan.

—Entonces no habría llegado completa.

Kaleb sonrió.

Alyssa observó las armas sujetas a su cinturón.

—Rowan dijo que dirigirás la patrulla.

—Sí.

—Tu padre debe confiar mucho en ti.

Kaleb soltó una respiración breve.

—Tiene una manera extraña de demostrarlo.

—¿Discutieron?

—No.

Ella levantó una ceja.

—Kaleb.

Él miró hacia los establos.

—Tuvimos una diferencia de opinión.

—Entonces discutieron.

—Solo un poco.

Alyssa conocía aquella expresión. La mandíbula rígida. Los hombros más tensos de lo necesario. La forma en que evitaba mirar de frente cuando algo le importaba demasiado.

—¿Qué te dijo?

—Que no intente dirigir como él.

—Eso parece bueno.

Kaleb la miró.

—También dijo que debo descubrir cómo hacerlo por mí mismo.

—Sigue pareciendo bueno.

—Es fácil decirlo cuando no tienes a toda la manada esperando que seas exactamente como tu padre.

Alyssa guardó silencio.

Kaleb se arrepintió apenas terminó de hablar.

No era culpa de ella.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—No debí responderte así.

Alyssa se acercó un poco.

—No creo que todos quieran que seas igual a él.

—Los guerreros me comparan constantemente.

—Porque lo respetan.

—El Consejo espera que tome las mismas decisiones.

—Porque saben que funcionaron durante años.

—Y si hago algo diferente, todos pensarán que soy demasiado joven.

Alyssa sostuvo su mirada.

—¿Y tú qué piensas?

La pregunta lo desconcertó.

—¿Sobre qué?

—Sobre el tipo de Alfa que quieres ser.

Kaleb apartó la vista hacia el campo.

—Uno capaz de protegerlos.

—Eso ya lo haces.

—No es suficiente.

—¿Por qué no?

—Porque proteger no siempre significa pelear. A veces tendré que decidir quién recibe ayuda primero. Qué alianza aceptar. Cuándo ceder territorio. A quién castigar. Cuánto arriesgar.

Alyssa percibió el peso detrás de cada palabra.

Había olvidado, por momentos, que él llevaba años preparándose para una vida en la que una decisión equivocada podía afectar a todos los que amaba.

—Entonces quizá tu padre tiene razón.

Kaleb volvió a mirarla.

—Gracias por apoyarme.

—No dije que debas hacerlo solo.

Ella se aproximó hasta quedar frente a él.

—No necesitas ser igual a tu padre. Pero tampoco tienes que convertirte en algo completamente distinto solo para demostrar que puedes hacerlo.

Kaleb permaneció quieto.

—¿Entonces qué hago?

—Tomas lo que él te enseñó. Escuchas a quienes confían en ti. Y cuando llegue el momento…

Decides como Kaleb.

Él la observó sin decir nada.

Alyssa tenía aquella capacidad.

Tomaba pensamientos que le habían dado vueltas durante horas y los reducía a algo que parecía sencillo.

No fácil.

Sencillo.

—¿Siempre tienes una respuesta? —preguntó.

—No.

—Parece que sí.

—Solo cuando haces preguntas demasiado complicadas para evitar admitir lo que realmente te preocupa.

Kaleb entrecerró los ojos.

—¿Y qué me preocupa realmente?

—Fallarles.

La respuesta fue inmediata.

Directa.

Acertada.

Kaleb miró hacia la aldea.

Las casas.

Los talleres.

Los niños que corrían cerca de la plaza.

La Casa del Alfa.

El hogar de Alyssa frente a ella.

—Sí —admitió.

Alyssa tomó su mano.

El gesto era familiar.

Lo había hecho desde que tenía cinco años cada vez que quería obligarlo a prestar atención.

Sin embargo, desde el día anterior, Kaleb era demasiado consciente del contacto.

—No puedes prometer que nunca vas a equivocarte —dijo ella—. Pero puedes prometer que no dejarás de preocuparte por las consecuencias.

Sus dedos se apretaron alrededor de los de él.

—Eso ya te hace distinto de muchos líderes.

Kaleb bajó la mirada hacia sus manos unidas.

Su lobo continuaba en silencio.

Pero el hombre sintió algo cálido y profundo instalarse en su pecho.

—¿Desde cuándo eres tan sabia?

Alyssa sonrió.

—Desde que tuve que pasar trece años evitando que tú y Ethan hicieran tonterías.

—Eso es injusto.

—Es completamente cierto.

Ethan apareció entonces con una bolsa de comida mucho más grande.

—¿Interrumpo algo?

Alyssa retiró la mano.

—Sí. Una conversación adulta.

—Entonces llegué justo a tiempo para arruinarla.

Kaleb le lanzó una mirada.

—Prepara tu caballo.

—Ya está listo.

—Entonces revisa el de Liam.

—Liam ni siquiera viene.

—Precisamente. Encuentra otra cosa que hacer.

Ethan sonrió de una forma demasiado satisfecha.

Alyssa intentó ocultar la risa.

Kaleb la miró.

—Regresaremos antes de que anochezca.

—Eso dijiste la última vez.

—Y regresamos.

—Dos horas después.

—Seguía siendo la misma noche.

—Kaleb.

Él levantó las manos.

—Antes de medianoche.

Alyssa negó con la cabeza.

—Ten cuidado.

Su tono había cambiado.

Ya no era una broma.

Kaleb quiso responder que siempre lo tenía. Que no existía razón para preocuparse.

En cambio, dijo:

—Volveré.

Ella sostuvo sus ojos.

—Lo sé.

Era la misma seguridad con la que, cuando eran niños, le había dicho que siempre la encontraba.

Kaleb subió a su caballo.

Antes de ponerse en marcha, volvió la cabeza.

Alyssa seguía allí.

La bolsa de comida entre las manos.

El cabello moviéndose con el viento.

Mirándolo como si no importara cuántas responsabilidades llevara encima, para ella continuara siendo el muchacho que conocía mejor que nadie.

Su pecho se tensó.

Durante un instante deseó regresar.

Decirle algo.

No sabía qué.

La orden de partida rompió el momento.

Kaleb guio al grupo hacia el sendero oriental.

Alyssa permaneció observándolos hasta que desaparecieron entre los árboles.

La patrulla llegó a la frontera cerca del mediodía.

Encontraron el campamento humano exactamente donde indicaban los informes.

Tres tiendas.

Un vehículo.

Cuatro hombres.

Dos rifles.

Kaleb observó desde lo alto de una pendiente, oculto entre los árboles.

—Están demasiado cerca —murmuró uno de los guerreros.

Ethan se agachó a su lado.

—Podríamos asustarlos durante la noche.

—No.

—Solo un poco.

—No.

—Un par de aullidos.

Kaleb lo miró.

Ethan levantó las manos.

—Era una idea.

Uno de los rastreadores señaló hacia el río.

—Siguen huellas de ciervo. Si los animales cruzan hacia el norte, probablemente se marcharán mañana.

Kaleb estudió el terreno.

Podían desviarlos.

Pero los humanos habían instalado trampas pequeñas entre los arbustos. No parecían destinadas únicamente a ciervos.

—Primero retiraremos las trampas.

El guerrero a su derecha frunció el ceño.

—Si descubren que alguien las tocó, sabrán que hay personas cerca.

—Si no lo hacemos, algún niño podría encontrarlas durante una caminata.

—Los niños no llegan hasta esta parte.

Kaleb volvió la cabeza.

—Alyssa llegó más lejos con cinco años.

Nadie respondió.

Él no necesitaba añadir nada más.

—Ethan, lleva a dos hombres hacia el norte y mueve a los ciervos. Sin transformarse.

—Eso llevará más tiempo.

—Entonces empiecen ahora.

—Entendido.

—Los demás vienen conmigo. Retiraremos las trampas y dejaremos señales de propiedad privada cerca del sendero humano.

El guerrero continuó dudando.

—Tu padre habría esperado hasta la noche.

Kaleb lo miró con calma.

La frase habría provocado una respuesta más dura horas atrás.

Ahora recordó las palabras de Alyssa.

Toma lo que te enseñó.

Escucha.

Decide como Kaleb.

—Mi padre no está al mando de esta patrulla —dijo sin elevar la voz—. Yo sí.

El hombre inclinó la cabeza.

—Entendido.

Kaleb volvió la mirada hacia el campamento.

El peso de la decisión no desapareció.

Pero dejó de parecer una carga prestada.

Era suya.

Y por primera vez comprendió que convertirse en Alfa no sucedería el día en que su padre le entregara el título.

Estaba ocurriendo en cada elección.

En cada persona que confiaba en él.

En cada momento en que debía actuar aun sin estar seguro de tener razón.

Regresaron poco después del anochecer.

Los humanos habían comenzado a desmontar el campamento antes de que la patrulla se retirara. La manada de ciervos se desplazaba ya hacia el norte y ninguna de las trampas permanecía activa.

No había habido confrontaciones.

Nadie resultó herido.

La misión podía considerarse sencilla.

Para Kaleb no lo había sido.

Al cruzar la plaza, vio a su padre esperándolo frente a la Casa del Alfa.

Los guerreros entregaron sus informes antes de marcharse.

El Alfa escuchó en silencio.

—Retiraste las trampas —dijo cuando quedaron solos.

—Sí.

—Pudieron descubrirlos.

—No lo hicieron.

—No pregunté qué ocurrió. Pregunté por el riesgo.

Kaleb respiró hondo.

—Había demasiado peligro para los niños y los animales de la manada.

—Los niños no llegan a esa frontera.

—No podía basar la decisión en que nunca ocurriría.

Su padre lo observó durante varios segundos.

—¿Los humanos se marchan?

—Sí.

—¿Hubo confrontación?

—No.

—¿Alguien se transformó?

—No.

El Alfa asintió una vez.

—Entonces tomaste una buena decisión.

Kaleb no ocultó la sorpresa.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas un discurso?

—Esperaba que dijeras que tú lo habrías hecho diferente.

—Lo habría hecho diferente.

Kaleb soltó una risa breve.

—Por supuesto.

Su padre colocó una mano sobre su hombro.

—Pero funcionó.

Y fue tu decisión.

Aquella aprobación, sencilla y sin ceremonia, significó más de lo que Kaleb habría admitido.

—Ve a descansar.

—Todavía debo completar el informe.

—Liam puede ayudarte mañana.

Kaleb asintió.

Cuando se volvió, encontró a Alyssa al otro lado de la plaza.

Estaba sentada en los escalones de su casa con una manta alrededor de los hombros.

Esperándolo.

El cansancio desapareció parcialmente.

Cruzó hacia ella.

—Dijiste antes de medianoche —comentó Alyssa.

—Todavía faltan tres horas.

—Qué puntual.

Kaleb se sentó a su lado.

—¿Esperaste todo este tiempo?

—No.

—Mientes mal.

—Aprendí de ti.

Él sonrió.

Durante unos momentos permanecieron en silencio.

—¿Cómo salió? —preguntó ella.

—Los humanos se marcharán.

—Entonces fue bien.

—Sí.

Alyssa lo estudió.

—Pero no lo sientes así.

Kaleb apoyó los codos sobre las rodillas.

—Uno de los guerreros me recordó que mi padre habría tomado otra decisión.

—¿Y?

—Por primera vez no me importó.

Ella sonrió lentamente.

—Entonces salió mejor de lo que crees.

Kaleb la miró.

—Tenías razón.

—Necesito que seas más específico. He tenido razón muchas veces.

—Sobre decidir como yo.

Alyssa acomodó mejor la manta.

—¿Y cómo decide Kaleb?

Él pensó en las trampas.

En los niños.

En su padre.

En los hombres que habían obedecido una orden aunque no estuvieran convencidos.

—Todavía estoy descubriéndolo.

—Eso también es una respuesta.

Kaleb dejó escapar una respiración tranquila.

El cansancio comenzaba a alcanzarlo.

Alyssa levantó un extremo de la manta y lo colocó sobre sus hombros.

—Estás helado.

—Soy un lobo. Soportamos el frío.

—Sigues siendo un hombre sin abrigo.

Kaleb no protestó.

Se quedaron bajo la misma manta, mirando la plaza vacía.

La cercanía de Alyssa resultaba natural.

Y al mismo tiempo ya no lo era.

Su brazo rozaba el de ella.

Podía percibir el aroma de las plantas que siempre se adhería a su ropa.

Escuchar el ritmo tranquilo de su respiración.

En menos de dos meses, Alyssa cumpliría dieciocho.

Su loba despertaría.

Y el destino podría entregarla a otro hombre.

La idea regresó con una claridad incómoda.

Kaleb volvió el rostro hacia ella.

Alyssa observaba la luna.

No sabía lo que él pensaba.

No sabía que, durante años, había ocupado un lugar en su futuro que nadie le había ofrecido.

—¿Qué? —preguntó al notar su mirada.

Kaleb negó.

—Nada.

Ella lo miró con desconfianza.

—También mientes mal.

Él sonrió.

—Estoy cansado.

—Entonces ve a dormir.

Kaleb no se movió.

—En un momento.

Alyssa tampoco insistió.

Permanecieron juntos frente a las casas donde habían crecido, compartiendo la misma manta como si aún fueran dos niños incapaces de dormir después de una pesadilla.

Pero ya no eran niños.

Kaleb lo comprendía cada vez con más fuerza.

Y cuanto más cerca estaba el cumpleaños de Alyssa, más difícil resultaba ignorar una verdad que no dependía de ninguna Luna ni de ningún vínculo.

Antes de saber si el destino la había elegido para él…

Kaleb ya la estaba eligiendo por sí mismo.

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Yadira Alvarez
hasta ahora me va gustando veremos
Yadira Alvarez
hasta ahora me va gustando veremos👌
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