Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La primera infusión
A la mañana siguiente, Perséfone se despertó antes de que la luz tenue del palacio cambiara su tono. No esperó a que él viniera a su puerta. Se vistió con una túnica sencilla de color verde oscuro, se calzó unas sandalias suaves y salió al pasillo con paso decidido. Sabía exactamente a dónde ir: los jardines subterráneos que había vislumbrado desde su ventana, un lugar donde la humedad era constante y la oscuridad daba refugio a plantas que no sobrevivirían bajo el sol del Olimpo.
El aire allí era fresco, cargado de olor a tierra mojada y musgo. Las paredes estaban cubiertas de helechos de hojas brillantes, y en el centro, alrededor de un manantial de agua cristalina, crecían plantas de formas extrañas y hermosas que brillaban con un resplandor pálido. Perséfone caminó entre ellas, reconociendo cada una al instante, tocando sus hojas con delicadeza, como saludando a viejas conocidas.
—Raíz de sombra —susurró, arrancando con cuidado una raíz de tonos violáceos que se enroscaba entre las piedras—. Flor de luna. Musgo de río profundo.
Seleccionó lo necesario con paciencia, eligiendo solo las plantas en su punto justo, sin dañar el resto, dejando que el ciclo siguiera su curso. Sabía que cada ingrediente tenía su tiempo, su fuerza, su forma de ser tratada. No era magia, era conocimiento, respeto, una conexión con la vida que nacía incluso donde nadie la veía.
Cuando regresó a la sala del trono, Hades ya estaba allí, sentado en su lugar, esperándola. No se veía impaciente, sino atento, como si supiera que ella vendría. Al verla entrar con el manojo de hierbas y raíces en las manos, inclinó levemente la cabeza, sin dejar de observarla.
—No tenías que hacerlo tú misma —dijo él, aunque su voz no tenía reproche, solo una extraña ternura—. Podría haber mandado a alguien.
—Nadie más sabe cómo prepararlo —respondió ella, acercándose a la mesa de piedra que había al lado del trono—. El orden, la cantidad, el tiempo de infusión… todo importa. Si quieres que funcione, déjame hacerlo a mi manera.
Él asintió y se quedó mirándola en silencio mientras ella trabajaba. Perséfone lavó las raíces con agua fría, las cortó en trozos pequeños, machacó suavemente las flores sin aplastarlas y lo colocó todo en una jarra de cerámica oscura. Vertió agua hirviendo, tapó la jarra y esperó. Contó los minutos en silencio, respirando el aroma que empezaba a llenar la sala: una fragancia amarga, intensa, pero con un fondo dulce y reconfortante.
—Listo —dijo al fin, sirviendo una taza humeante—. Bebe despacio. Quema un poco, pero es mejor así.
Hades tomó la taza con manos que no temblaban, pero que parecían pesar más de lo normal. La miró un instante, como si estuviera viendo algo más que un líquido humeante.
—¿Es veneno? —preguntó, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Si quisiera envenenarte, elegiría algo más sutil —respondió ella con calma—. Bebe, Hades. Confía en mí.
Él bebió. El primer sorbo le hizo fruncir el ceño por el sabor fuerte, pero siguió bebiendo hasta terminar la taza. La dejó sobre la mesa y esperó. Pasaron los minutos en silencio, ambos atentos a cualquier cambio. Y entonces, Hades soltó el aire que había estado conteniendo, un suspiro largo y profundo, como si por primera vez en siglos pudiera llenar sus pulmones sin que nada se lo impidiera.
—El dolor… —murmuró, llevándose una mano al pecho con incredulidad—. Se ha ido. Esa presión, ese peso que no me dejaba respirar… ya no está.
—No durará todo el día —le explicó ella, sentándose en el borde de la mesa frente a él—. La infusión es fuerte, pero no permanente. Tienes que tomarla cada mañana y cada tarde, durante semanas, quizás meses. Poco a poco, la tos desaparecerá y la debilidad disminuirá. No es milagro. Es tiempo y constancia. ¿Tienes paciencia para eso?
Hades la miró, y en sus ojos oscuros brilló algo que parecía esperanza, tan frágil que casi daba miedo tocarla.
—He esperado siglos —respondió él suavemente—. Puedo esperar el tiempo que haga falta. Si es ella quien me cuida, cada día será bienvenido.
En ese momento, algo cambió entre ellos. No fue una declaración de amor, ni una promesa eterna. Fue algo más sencillo y mucho más poderoso: confianza. Él, que había vivido rodeado de sombras y traiciones, que nadie se había atrevido a mirar a los ojos sin temblar, ahora bajaba la guardia ante ella. Y ella, que había sido ignorada y menospreciada durante toda su vida, ahora era la persona más importante del mundo para él.
—Descansa ahora —le dijo ella, recogiendo la taza vacía—. El cuerpo sanador necesita reposo. Y tú… tú has descansado muy poco durante mucho tiempo.
—No sé cómo hacerlo —admitió él, con una sinceridad que la conmovió—. Cuando cierro los ojos, el mundo sigue girando. Las sombras siguen moviéndose. Siempre hay algo que vigilar, algo que juzgar, algo que mantener en orden. No tengo tiempo para descansar.
—Entonces descansa conmigo —propuso ella, sin atreverse a tocarlo aún, pero con la voz firme y segura—. Solo un rato. No tienes que dormir. Solo… estar sentado. Cerrar los ojos. Dejar que yo cuide de todo por un momento. Nadie entrará. Nada pasará. Te lo prometo.
Hades dudó. Su instinto le gritaba que no bajara la guardia, que nunca se dejara llevar por la suavidad de una voz. Pero ella estaba ahí, frente a él, sin pedirle nada, solo ofreciéndole paz. Y la paz era algo que había olvidado incluso que existía.
Se recostó en el respaldo del trono, cerró los ojos lentamente, y por primera vez en siglos, dejó de luchar. Perséfone se quedó a su lado, en silencio, vigilando su sueño con la misma dedicación con la que cuidaba sus plantas. Y mientras él descansaba, ella notó que su respiración era más tranquila, más profunda, más libre.
Allí, entre la piedra fría y la luz tenue, nació algo que no tenía nombre todavía. No era amor, no aún. Era algo más fuerte que eso: la certeza de que ya no estaban solos.