Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LOS FANTASMAS QUE ELEGIMOS
Richard Sterling nos recibió en una suite del Plaza, la misma donde se había hospedado décadas atrás, antes de desaparecer. Antes de morir, según los registros oficiales.
No se parecía a las fotografías antiguas. El cabello, antes negro, estaba completamente blanco. El rostro, antes afilado, había adquirido esa suavidad que solo dan los años de exilio y arrepentimiento. Pero los ojos —esos ojos grises que Patrick heredó— seguían siendo los mismos. Los de un hombre que ha pasado treinta años mirándose al espejo y no reconociéndose.
—Patrick. —La voz de Richard se quebró en la primera sílaba.
Patrick no se movió. Se quedó de pie junto a la puerta, con los puños apretados, el rostro inexpresivo. Yo estaba a su lado, con una mano en su brazo, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo vibraba con una furia que no sabía si era hacia su padre o hacia sí mismo.
—No me llames así.
—Sé que no tengo derecho. —Richard se pasó una mano por el rostro—. Sé que he sido un cobarde. Un padre ausente. Un hombre que huyó cuando debió quedarse y enfrentar las consecuencias.
—Huyes ahora también. —La voz de Patrick era un cuchillo—. Llevas quince años escondido en Buenos Aires mientras tu madre destruía familias. Mientras mi madre —hizo una pausa, corrigiéndose—, mientras Victoria mataba. Mientras yo crecía creyendo que era hijo de un hombre que no era mi padre.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Patrick dio un paso adelante—. ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Pedir perdón? ¿Esperar que todo se arregle con una conversación en una suite del Plaza?
Richard cerró los ojos.
—No. No espero eso. Solo quiero que sepas la verdad. Toda la verdad.
—La verdad es que me abandonaste.
—La verdad —dijo Richard, abriendo los ojos, y en ellos vi lágrimas—, es que te protegí.
Silencio.
—Victoria —continuó Richard, con la voz baja—, me dio a elegir. O desaparecía, y tú heredabas todo. La empresa. El apellido. El legado. O me quedaba, y ella te destruía. Te quitaba todo. Te convertía en un paria. Y yo... yo no podía permitirlo.
—Así que elegiste por mí.
—Elegí mal. —Richard se puso de pie. Caminó hacia la ventana, con la espalda encorvada—. Lo sé. Cada día de estos quince años me he despertado sabiendo que elegí mal. Que debí quedarme. Que debí luchar. Que debí ser el padre que merecías. Pero no lo hice. Y ahora estoy aquí, pidiéndote algo que no merezco.
—¿Qué?
—Que me dejes conocerte. —Richard se giró, y en sus ojos vi algo que reconocí al instante. La misma súplica que yo había visto en el espejo tantas veces—. Aunque sea un poco. Aunque sea tarde. Aunque sea insuficiente.
Patrick no respondió.
Pero yo vi cómo su mano, la que tenía apretada en un puño, se aflojaba una fracción.
Lo suficiente.
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Salimos del Plaza en silencio.
Patrick conducía con las dos manos apretadas al volante, la mandíbula tensa, la mirada fija en la carretera. Yo no dije nada. Porque entendía que había cosas que necesitaban ser procesadas en silencio.
Fue en el semáforo de la Quinta Avenida cuando finalmente habló.
—¿Qué piensas?
—¿De qué?
—De todo esto. —Hizo un gesto vago hacia el coche, hacia la ciudad, hacia el mundo—. De mi padre. De Victoria. De Silvia. De nosotros.
Lo miré. Y en sus ojos vi algo que me rompió el corazón.
Cansancio.
El tipo de cansancio que no se cura durmiendo. El que viene de cargar demasiado peso durante demasiado tiempo.
—Creo —dije, eligiendo las palabras con cuidado—, que todos somos mejores y peores de lo que creemos.
Patrick me miró.
—¿Eso es todo?
—No. —Respiré hondo—. Creo que tu padre es un cobarde. Pero también creo que te amó, a su manera torcida. Creo que Victoria es una asesina. Pero también creo que te protegió, a su manera destructiva. Creo que Silvia es una manipuladora. Pero también creo que fue víctima, antes de decidir ser verdugo.
—¿Y yo?
—Tú —dije, con la voz baja—, eres el hombre que eligió quedarse cuando todos los demás huyeron.
Patrick no respondió.
Pero su mano, sobre el volante, buscó la mía. Y la apretó.
Lo suficiente.
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El teléfono de Patrick sonó cuando llegamos al hospital.
Era el médico de Silvia.
Había despertado.
Y pedía verme.
A mí sola.
Patrick quiso acompañarme. Le pedí que no.
—Necesito hacer esto sola.
—Elena...
—Confía en mí.
Me miró largo rato. Y luego asintió.
—Te espero aquí.
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Silvia estaba sentada en la cama, con una bata de hospital, el rostro pálido, un gotero en el brazo. Pero en sus ojos, había algo nuevo.
No era furia.
No era triunfo.
Era *rendición*.
—Elena. —Su voz sonó sorprendentemente suave—. Gracias por venir.
—Dijiste que tenías algo que decirme.
—Sí. —Silvia cerró los ojos—. Y necesito que me escuches. Porque después de esto, no sé si voy a tener otra oportunidad.
Me senté en la silla junto a la cama.
—Te escucho.
—El aborto —dijo Silvia, abriendo los ojos—. El de hace cuatro meses. No fue mi decisión.
El aire se escapó de la habitación.
—¿Qué?
—Victoria me obligó. —Las lágrimas comenzaron a caer, libres, sin actuación—. Descubrió que estaba embarazada de Richard. Y me dijo que, si no abortaba, iba a destruir a mi familia. A mis padres. A mis hermanos. A todos. Y yo... yo tuve miedo, Elena. Tuve tanto miedo que obedecí.
No dije nada.
—Y después —continuó Silvia, con la voz quebrada—, me obligó a culpar a los ejecutivos de Goldman. Me obligó a mentir. Me obligó a ser lo que soy ahora. Porque si no, iba a revelar que Richard estaba vivo. Y Patrick perdería todo.
—Silvia...
—No te pido perdón. —Silvia me miró, y en sus ojos vi algo que no había visto nunca. Honestidad—. Sé que no lo merezco. Sé que hice cosas terribles. Sé que intenté matar a tu hermano. Pero necesito que sepas una cosa.
—¿Qué?
—Que no siempre fui así. —Las lágrimas corrían libremente—. Que hubo un tiempo en que era solo una niña que quería ser querida. Que admiraba a su prima. Que soñaba con tener una familia feliz. Y que en algún momento, entre el miedo y la ambición, elegí mal. Elegí ser lo que Victoria quería que fuera. Y ya no supe cómo volver atrás.
Cerré los ojos.
Porque en sus palabras, escuché algo que reconocía.
Porque yo también había elegido mal.
Yo también había dejado a Silvia en aquel baño del Met, sabiendo lo que iba a pasar.
Yo también había construido mi venganza sobre el dolor de otra persona.
Y en ese momento, supe que Victoria tenía razón en algo.
Que no éramos tan diferentes.
Que el miedo, en las manos incorrectas, nos convertía a todos en monstruos.
—Silvia —dije, con la voz baja—, ¿por qué me cuentas esto ahora?
—Porque voy a declarar contra Victoria. —Silvia me miró, y en sus ojos vi determinación—. Voy a darles todas las pruebas. Todos los documentos. Todos los correos. Todo lo que sé. Y voy a pasar el resto de mi vida en prisión. Pero al menos, al menos, voy a morir sabiendo que hice una cosa bien.
No respondí.
Porque no había nada que decir.
Solo una mano que extendí, y que Silvia tomó con las suyas, temblorosas.
Y en ese gesto, supe que algo había cambiado.
Que la venganza, al final, no era suficiente.
Que había algo más.
Algo que no había nombrado en dos vidas.
Algo que asustaba más que cualquier enemigo.
*Perdón.*
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Salí de la habitación de Silvia con las piernas temblorosas.
Patrick me esperaba en el pasillo. Y cuando me vio, algo en su expresión cambió.
—¿Qué pasó?
—Silvia va a declarar contra Victoria.
—¿Por qué?
—Porque por primera vez en su vida, eligió hacer lo correcto.
Patrick me miró. Largo rato.
—¿Y tú? —preguntó finalmente—. ¿Tú también vas a elegir lo correcto?
No respondí.
Porque no sabía qué era lo correcto.
No sabía si perdonar a Victoria.
No sabía si perdonar a Silvia.
No sabía si perdonarme a mí misma.
Pero entonces, Patrick tomó mi rostro entre sus manos. Y me besó.
No con desesperación.
No con rabia.
Con *promesa*.
—Sea lo que sea que elijas —susurró contra mis labios—, yo estoy contigo.
Y en ese momento, supe que, por primera vez en dos vidas, no estaba sola.
Que no tenía que cargar con todo.
Que podía, por fin, soltar.
Mi teléfono vibró.
Lo miré.
Un mensaje de Clara.
*"Señorita Vasquez, tiene que venir al piso 65. Ahora. Encontré algo en el servidor de Victoria. Algo que cambia todo."*
Levanté la vista. Patrick me observaba con preocupación.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Porque no sabía qué decir.
Solo sabía que, otra vez, el juego había cambiado.
Y esta vez, no estaba segura de querer seguir jugando.
Leee