Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 21
Capítulo 21
Tres días bastaron para que la casona de los Cardona en Las Lomas volviera a oler a mentira.
Herlinda abrió la puerta y reconocí las rosas blancas del recibidor. Habían pasado tres días desde mi llegada a Monteverde. Los abogados seguían trabajando en lo ocurrido en la casa de descanso; encontrarme y entregar las pruebas no había resuelto todavía el caso. Volví porque Prudencia insistía en hablar y porque yo iba a entregarles las copias de la bitácora. Beto y Tito se quedaron cerca de la entrada, con mi acuerdo y la visita avisada al equipo.
—Señora Renata —murmuró Herlinda, y bajó los ojos—. La esperan en el comedor.
—Ya no soy señora de nadie, Herlinda —dije, y entré.
La mesa estaba tendida como para una boda. Doña Prudencia presidía desde su silla de ruedas, envuelta en un chal de seda gris, con esa sonrisa suya que parecía tallada en marfil. A su derecha, don Genaro, rojo de la papada, fingiendo cordialidad. Rodrigo, al centro, evitó mirarme. Y doña Ofelia, a su lado, jugaba con el borde de su copa como si el cristal fuera lo único que la sostenía.
Fabiola era la única que me miró de frente. Diecinueve años y toda la rabia del mundo en los ojos.
—Renata, hija —arrancó doña Prudencia, y la palabra hija me raspó—. Qué bueno que viniste. Una familia se sienta a la mesa cuando hay tormenta, no se dispersa.
—Vine porque usted me llamó cinco veces —contesté, y me senté sin que nadie me acomodara la silla—. Y porque tengo algo que decir. Pero coma usted primero, doña Prudencia. No querría que se le enfriara la sopa.
Doña Ofelia soltó una risita nerviosa.
—Siempre tan… directa.
—Aprendí de las mejores.
Sirvieron el consomé. Nadie lo tocó. Doña Prudencia carraspeó y clavó en mí sus ojos de ave vieja.
—Vamos al grano, entonces. Este divorcio es una vergüenza pública. La foto, el video, los reporteros afuera de las oficinas. Grupo Cardona pierde contratos cada día que tu berrinche sale en las noticias. —Estiró una mano manchada hacia la mía. No la tomé—. Detén la demanda. Vuelve con Rodrigo. Yo me encargo de que Ámbar desaparezca. Y todo esto queda como un mal recuerdo.
—Detener la demanda —repetí despacio—. ¿Eso es lo que me convocaron a pedir?
—Es lo que la familia necesita —dijo don Genaro, golpeando la mesa con el índice—. Y lo que a ti te conviene. Sola, embarazada, sin apellido… ¿a dónde vas a ir?
—A donde se me dé la gana —contesté—. Es la ventaja de no tener nada de ustedes. No hay nada que me puedan quitar.
Doña Prudencia entrecerró los ojos. Ella, más que nadie, entendía a las personas que ya no tienen miedo, porque son las únicas imposibles de comprar.
Respiré hondo. Sentí a los gemelos quietos, dieciocho semanas de vida latiendo bajo mi mano, y algo en mí se volvió de hielo puro.
—Tienen razón en una cosa —dije—. Una familia se sienta a la mesa cuando hay tormenta. Así que sentémonos. Y hablemos de la tormenta de verdad.
Saqué el sobre de mi bolso y lo puse junto a mi plato. Doña Ofelia siguió el movimiento con los ojos como si fuera una serpiente.
—Hace catorce meses perdí en la semana nueve mi primer embarazo por in vitro. Después me hablaron de una infección y me hicieron creer que mi cuerpo era incapaz de sostener un embarazo. —Miré a Rodrigo—. Ahora tengo la bitácora de Tadeo: registró un medicamento administrado a mis espaldas, por orden de Ofelia. Él mismo admite que ocultó esa exposición y falseó el diagnóstico posterior. Los peritos revisarán la relación con la pérdida. Lo que ustedes hicieron para que yo siguiera obedeciendo está escrito.
El comedor se quedó sin aire.
—Eso es una calumnia —siseó doña Ofelia, pero la copa le tembló en la mano.
—El Dr. Tadeo Salas guardó la bitácora del medicamento —seguí, y abrí el sobre—. Fecha de compra en una farmacia de Cuernavaca a nombre de una empleada de esta casa. Recetas apócrifas. Y una nota, de su puño y letra, doña Ofelia, donde ordena que "la estéril no se entere de nada". Usted creyó que Tadeo la había destruido. Tadeo me la vendió.
Deslicé las copias sobre el mantel. Don Genaro las tomó con manos torpes. A cada línea que leía, la papada le temblaba más.
—Ofelia… —murmuró—. ¿Qué es esto?
—¡Es una trampa de ella! —chilló doña Ofelia, poniéndose de pie—. ¡Siempre lo fue, esta arrimada, esta…!
—Provocar un aborto sin consentimiento es un delito grave —la corté—. Lesiones y aborto forzado. No lo digo yo. Lo dice el Código Penal. Y como es un delito, doña Ofelia, no basta con que usted me odie en la sobremesa. —Cerré el sobre—. Ya presenté la denuncia. Hace dos días. Ante la Fiscalía.
Doña Prudencia, que no había movido un músculo, cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, no había marfil en ellos. Había cálculo puro, el de una mujer midiendo cuánto le iba a costar cada uno de nosotros.
—Renata —dijo, muy bajo—. Retira esa denuncia y te doy lo que quieras. Acciones. La fundación. Lo que pidas.
—No quiero nada de ustedes. —Me levanté—. Quiero que la ley haga lo que ustedes creyeron que el dinero podía tapar.
Rodrigo se puso de pie de golpe, la silla arañó el mármol.
—Lo oí en la casa de descanso y todavía intentaste negármelo —le gritó a su madre—. ¿Cuánto tiempo llevabas haciendo esto?
—¡Lo hice por ti! —le devolvió doña Ofelia, y ahí, en esa frase, se condenó sola ante toda la mesa—. ¡Esa mujer no te merecía, no te iba a dar un heredero, era una…!
—Cállate —susurró Rodrigo. No sabía si le horrorizaba lo que había hecho su madre o descubrirlo delante de todos. Yo ya había esperado demasiado tiempo a que escogiera ponerse de mi lado.
Fabiola se había levantado también, temblando, con las dos manos apretadas contra la boca. Doña Prudencia hacía girar la rueda de su silla hacia el pasillo, buscando su teléfono, su abogado, su salvavidas de siempre. El comedor entero se había vuelto un patio de gallos: don Genaro le gritaba a Ofelia, Ofelia me gritaba a mí, Rodrigo le gritaba a su madre, Herlinda lloraba en el umbral.
Yo caminé hacia la puerta del patio para respirar. Afuera, el aire de diciembre me enfrió las mejillas. Puse la mano en el vientre.
—Ya está, mis niños —murmuré—. La primera.
Y entonces sonó el timbre.
No el timbre de visita. Los tres golpes secos, oficiales, que hacen que hasta el perro se calle. Herlinda se limpió las lágrimas y fue a abrir. Desde el patio los vi entrar: dos hombres y una mujer de saco, credenciales colgadas al cuello, y detrás de ellos el destello de una patrulla en la calle.
—Buscamos a la señora Ofelia Cardona —dijo el que iba al frente, con una carpeta en la mano—. Traemos un citatorio de la Fiscalía.
Doña Ofelia se agarró del respaldo de una silla. Don Genaro dio un paso, todavía queriendo mandar.
—¿De qué se le acusa a mi esposa?
El agente pasó una hoja. Frunció el ceño, como quien lee un segundo nombre que no esperaba estar leyendo.
—Es sobre una carpeta de investigación por lesiones —dijo—. Pero también… —levantó la vista y recorrió la sala—. También venimos a preguntar por otra persona. Necesitamos ubicar a un tal Rómulo Cárdenas.
El vaso resbaló de la mano de doña Ofelia y se hizo añicos en el mármol.
Nadie se agachó a recogerlo.