La gravedad del pasado vs. El presente:
Él vive atrapado en la órbita de la muerte de su esposa.
Clara Monasterio, luminosa y dedicada a salvar vidas infantiles, representa una fuerza opuesta que lo empuja a sanar, aunque su mente paranoica tema que acercarse a ella ponga en peligro a los que ama.
El filtro del niño: El hijo de 6 años actúa como el "sensor" de la novela. Al aceptar inmediatamente a Clara, rompe las defensas del padre.
El misterio de fondo: El asesinato de la exesposa no fue un simple asalto de compras. A medida que Clara y el magnate interactúan, la teniente Samantha Blake comienza a notar inconsistencias en el caso que la policía dio por cerrado, vinculando el peligro al estatus tecnológico del protagonista.
Clara es la hija de la doctora en eminencia en cardiología Diana Monasterio. De la novela "BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD"
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LA EXPLOSIÓN DE LA MATRIARCA
La tensión en el reservado del restaurante se cortaba con un bisturí quirúrgico. Las palabras de Samantha —mencionando que había descubierto la verdadera naturaleza de la sombra que acechaba a Kaelen Vance, pero que por el momento no podía revelar los detalles— cayeron como una bomba de racimo sobre la frágil tregua que intentaba restablecerse.
Los ojos de Diana, que un segundo antes se habían abierto con curiosidad ante la advertencia de peligro, se tornaron de inmediato en dos rendijas de puro fuego. La furia incontenible, alimentada por los celos mal digeridos de la supuesta cena romántica con la exnovia, estalló de una manera que ni Clara ni Mariana habían presenciado jamás en toda su vida. La doctora Monasterio, siempre dueña de un temple inquebrantable, una elegancia milimétrica y una compostura de alta escuela, perdió los estribos por completo.
—¿Que por el momento no lo puedes decir? —repitió Diana, con un tono de voz tan bajo, tembloroso y cargado de veneno que heló la sangre de los presentes—. ¿Me vienes con el cuento de los secretos de estado y los pactos de silencio justamente después de atraparte cenando a solas con tu ex en un reservado exclusivo?
Samantha dio un paso hacia adelante, intentando calmar las aguas con un gesto suplicante en las manos.
—Diana, por favor, entiende que...
—¡No, a la mierda, Samantha Blake! —gritó Diana, interrumpiéndola con un despliegue de ira tan crudo que hizo que los meseros al otro lado de la puerta contuvieran la respiración—. ¡No me jodas con tus secretos de espía de cuarta! ¿A quién crees que tienes en frente? ¿A una adolescente ingenua a la que su pareja le puede ocultar información vital bajo la excusa de protegerla? ¡Se acabó el misterio y se acabó la paciencia! ¡Vete a la mierda tú, tus carpetas confidenciales y tus amiguitas del extranjero!
Sin dejar espacio para una sola réplica, Diana dio media vuelta con tal brusquedad que la falda de su traje sastre pareció latiguear el aire. Con la cabeza erguida, echando chispas por cada poro de su piel y mascullando maldiciones en voz baja que habrían hecho sonrojar a un marinero, salió furiosa del restaurante a zancadas firmes.
Clara y Mariana se quedaron petrificadas un segundo, mirando a Samantha con expresiones que iban de la compasión al espanto total.
—Estrategia de contrainteligencia aplicada con éxito rotundo, teniente —susurró Mariana con los ojos abiertos de par en par, silbando bajito—. Te recomiendo que vayas redactando tu testamento espiritual, porque la doctora acaba de ascender al nivel de furia de una diosa del Olimpo ofendida.
Clara le dio una palmada comprensiva en el hombro a Samantha, que seguía estupefacta junto a la mesa vacía.
—Mucha suerte, Samantha. La vas a necesitar para sobrevivir a esta noche en casa —le advirtió Clara antes de salir corriendo tras su hermana para evitar que atropellara a alguien en el camino de regreso.
Media hora más tarde, la atmósfera en la mansión Monasterio era un campo de minas a punto de detonar. Diana había cruzado las puertas principales echando fuego por los ojos, con el abrigo desabrochado y el paso apresurado. En el vestíbulo principal se encontraban sus hijos Darío, Esteban y su propia hija Clara, quienes ya habían sido convenientemente alertados por el chat familiar sobre el colapso amoroso de la matriarca.
Al verla entrar con ese aura destructiva, Darío no pudo evitar lanzar una de sus habituales pullas protectoras:
—Vaya, mamá. Con ese nivel de calor radiante, creo que podríamos descongelar todo el inventario de vacunas del hospital sin gastar electricidad. ¿Te fue mal en la excursión nocturna de espionaje?
Esteban, desde el sofá, añadió con una sonrisa socarrona:
—Si necesitas a alguien que te defienda de las fuerzas especiales de la teniente, te cobro solo el cincuenta por ciento de mis honorarios como consultor legal, mamá.
Diana se detuvo en seco, los fulminó con una mirada que prometía castigos bíblicos y les espetó con la respiración agitada:
—¡Y ustedes dos, háganme el favor de irse a la luna, al espacio exterior o al rincón más alejado del planeta y déjenme en paz de una buena vez!
En ese momento, Clara, intentando poner un poco de paños fríos a la situación y buscando apaciguar a su madre con una broma familiar, se adelantó un paso y soltó un comentario imprudente:
—Ay, mamá, relájate un poco. Tampoco es para tanto, mira que al menos la teniente salió bilingüe y te trajo variedad internacional a la relación...
Ese comentario, viniendo justamente de Clara, fue la chispa que hizo saltar por los aires el último reducto de paciencia de la matriarca.
—¿¡Tú también, Clara!? —gritó Diana, perdiendo por completo los papeles y señalando a su hija con un dedo tembloroso de ira—. ¡Pues tú te vas derechita a la misma órbita con tus hermanos! ¡Y que nadie se acerque a tocar la puerta de mi despacho! ¡No quiero ver a nadie, absolutamente a nadie!
En ese preciso instante, la puerta principal se abrió de par en par. Samantha, que había llegado en su vehículo pisándoles los talones, cruzó el umbral con paso dubitativo. La cara de la exmilitar era un poema de pánico y resignación.
Sin darle tiempo ni de quitarse la chaqueta, la voz de Diana retumbó por todo el pasillo con la potencia de una sentencia de muerte:
—¡Samantha! ¡A mi despacho, ahora mismo!
El silencio sepulcral que siguió fue interrumpido de inmediato por los murmullos burlones del clan familiar.
—¡Suerte con la misión suicida, Samantha! ¡Que salgas viva de ese interrogatorio! —exclamó Darío agitando una mano en señal de despedida.
Esteban, levantando la voz desde el fondo, gritó con total seriedad:
—¡Oye, Samantha! Si no sales con vida de ahí, recuérdate que soy el único que te respeta en esta casa... ¡así que asegúrate de haberme colocado como beneficiario principal en tu testamento!
Samantha tragó saliva, sintiendo que los huesos le temblaban de puro terror. Cruzó el pasillo a paso lento, con la certeza absoluta de que enfrentarse a un pelotón de fusilamiento enemigo habría sido un paseo por el parque en comparación con lo que le esperaba al otro lado de la puerta cerrada del despacho de Diana.