Guillermo Lombardi. Heredero único del consorcio naviero más grande de europa, una noche tras un accidente catastrófico fue salvado por alguien que no logro ver su rostro con claridad.
En su desesperación por encontrarla el destino le hizo una mala jugada que no fue capaz de reconocerla cuando la tuvo enfrente.
Acompañe en está nueva obra. Encontrará Guillermo a la chica que lo salvó esa noche, o terminará casándose con la equivocada.
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La humillación fue brutal
Antes de que amaneciera Guillermo emprendió el viaje de regreso a Mónaco, cuando llegó, fue directamente a la mansión Montemayor.
El automóvil negro se detuvo frente a la mansión Montemayor justo cuando el sol comenzaba a elevarse con arrogancia sobre los jardines perfectamente podados.
Pero esta vez no descendió un chofer.
Descendió Guillermo Lombardi.
Guillermo Lombardi.
Sin uniforme. Sin gorra. Sin la postura discreta del empleado invisible.
Vestía un traje oscuro impecable, el corte preciso, la presencia imposible de ignorar. El hombre que había fingido silencio ahora caminaba con la seguridad de quien sabe exactamente quién es… y qué viene a reclamar.
Los empleados lo reconocieron al instante. Murmullos se propagaron como pólvora contenida.
—Es él…
—El heredero…
—El señor Lombardi..
La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocar el timbre.
Claudine apareció primero.
Su rostro se congeló.
No por admiración.
Por pánico.
Porque comprendió de inmediato lo que significaba su presencia allí, sin previo aviso, sin intermediarios.
—Señor Lombardi… —logró articular.
Guillermo no sonrió.
—Vengo a hablar con su familia.
Su voz no era elevada, pero tenía un filo imposible de ignorar.
Claudine se apartó, obligada por la fuerza invisible de esa autoridad que no necesitaba imponerse.
En el salón principal, Isabella descendía por las escaleras con paso ligero, todavía ignorante de la escena.
Cuando lo vio, el mundo pareció detenerse para ella.
Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y triunfo.
—¡Guillermo!
Corrió hacia él sin medir distancia, como si el tiempo hubiera retrocedido al punto donde ella creía tenerlo asegurado.
Se lanzó a sus brazos con teatral espontaneidad, sus brazos rodeándole el cuello.
—¡Sabía que volverías! —exclamó con una sonrisa radiante.
Pero sus manos encontraron rigidez.
Guillermo no la sostuvo.
No respondió al abrazo.
No la envolvió.
La separó.
Con firmeza.
Con claridad.
Con frialdad.
Isabella parpadeó, desconcertada.
—¿Qué…?
Guillermo dio un paso atrás.
—No vuelva a hacer eso.
El silencio que cayó sobre el salón fue brutal.
Isabella rió nerviosamente.
—Guillermo, no seas exagerado. Después de todo lo que hemos pasado…
—¿Qué exactamente hemos pasado, señorita Isabella? —preguntó él, sin suavizar el tono.
El uso del apellido fue un golpe invisible.
Isabella lo miró, confundida.
Claudine intervino con diplomacia forzada.
—Quizá deberíamos sentarnos.
Guillermo no apartó la mirada de Isabella.
—Creí que fue usted quien estuvo conmigo la noche del accidente.
El señor Montemayor apareció desde el despacho, atraído por la tensión.
Isabella enderezó la espalda.
—Claro que estuve contigo. Fui la primera en llegar.
—No.
Una sola palabra.
Cortante.
El aire se volvió pesado.
Guillermo dio un paso hacia el centro del salón, asegurándose de que todos lo escucharan.
—La mujer que me sostuvo bajo la lluvia. La que presionó mi herida. La que me habló mientras perdía el conocimiento… no fue usted.
El rostro de Isabella perdió color.
—No entiendo de qué hablas.
—Yo sí.
La autoridad en su voz no admitía discusión.
Claudine sintió que el corazón se le aceleraba peligrosamente.
—Señor Lombardi, tal vez está confundido…
—No estoy confundido.
Guillermo la miró con una frialdad que atravesó su máscara social.
—Estoy perfectamente consciente.
Isabella dio un paso adelante, intentando recuperar el control.
—Guillermo, estabas inconsciente esa noche. Quizá no recuerdas bien…
—Recuerdo la voz —interrumpió él—. Y no era la suya.
El golpe fue directo.
Isabella abrió la boca, pero ninguna respuesta salió.
La humillación comenzó a extenderse por el salón como una mancha inevitable.
Claudine intentó intervenir nuevamente.
—Mi hija solo quiso ayudarte. Ha estado preocupada todo este tiempo.
Guillermo la miró con expresión indescifrable.
—Preocupada por mí… o por el apellido?
Nadie respondió.
La pregunta era demasiado precisa.
El señor Montemayor carraspeó.
—¿A qué debemos esta visita, señor Lombardi?
Guillermo finalmente se movió, caminando lentamente por el salón que había recorrido en silencio como supuesto chofer.
—Vine a aclarar un error.
Se detuvo.
—Y a advertirles algo.
Isabella intentó recomponerse.
—Si esto es por el compromiso entre nosotros, yo no tuve nada que ver. Todo fue arreglado por nuestras familias y, usted aceptó.
Guillermo ni siquiera parpadeó.
—Señorita Isabella. Esto tiene que ver con la verdad.
Claudine sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Dónde está su hermanastra? —preguntó él con tono controlado.
Isabella tensó los labios.
—No es asunto tuyo.
Guillermo la miró.
Y por primera vez, Isabella sintió algo que nunca había experimentado frente a él:
Indiferencia.
No había deseo.
No había interés.
No había admiración.
Solo distancia.
—Es completamente asunto mío —respondió él—. Porque fue ella quien me salvó la vida.
El impacto fue inmediato.
Claudine perdió el equilibrio por un segundo.
El señor Montemayor quedó inmóvil.
Isabella sintió que el mundo se fracturaba.
—Eso es ridículo —susurró.
Guillermo dio un paso hacia ella.
—¿Lo es?
La sostuvo con la mirada el tiempo suficiente para que comprendiera que no estaba jugando.
—Mientras usted estaba quien sabe donde… ella estaba bajo la lluvia sosteniendo mi sangre entre sus manos.
El silencio fue devastador.
Isabella sintió la vergüenza subirle por el cuello como fuego.
—Estás mintiendo Guillermo fui yo—susurró, pero su voz carecía de convicción.
Guillermo negó con serenidad.
—No necesito mentir.
Se volvió hacia sus padres.
—¿La obligaron a irse?
Claudine intentó recuperar compostura.
—Lucía es inestable. Siempre ha sido impulsiva, rebelde.
Guillermo la interrumpió con una mirada que no necesitó palabras.
—No la conocen en absoluto.
El señor Montemayor bajó la mirada.
La verdad comenzaba a pesar.
Isabella, desesperada, volvió a acercarse.
—Guillermo, escúchame. Todo esto es un malentendido. Podemos arreglarlo.
Intentó tocar su brazo nuevamente.
Él se apartó.
—No vuelva a tocarme.
Esta vez su tono fue definitivo.
No había espacio para interpretaciones.
Isabella sintió que el orgullo se le quebraba en pedazos invisibles.
Había imaginado ese reencuentro de forma muy distinta.
Lo había esperado.
Lo había deseado.
Y ahora él la miraba como si fuera irrelevante.
Guillermo respiró profundamente.
—No regresaré como pretendiente. Ni como aliado estratégico. Y mucho menos como inversión social.
Mientras Lucia renace como ave fénix 🐦🔥 todos hablan de ella y Guillermo orgulloso y feliz con esa relación.
Que pensará y hará Isabella porque sus planes se le están escapando de sus manos 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Guillermo termina de una vez en decirle a Lucia que le gustas que estás babeando 🤤🤤🤤 por ella.
Lucia a medida que vas leyendo cada documento te das cuenta que la fortuna que dejo tu madre es mayor de lo que tu imaginabas.
Que paso Isabella tu orgullo está herido porque Guillermo Lombardi termino lo que nunca empezó bien y ahora lo quieres comprometer sutilmente ojalá que se de cuenta y no te siga el juego.
Claudine zorra vieja le estás preparando según tu idea el vestido, las joyas y que es lo que tiene que hacer Isabella para que quede Guillermo comprometido socialmente y no pueda salirse sin armar un escándalo.
Que mentira le dirán a Armand Valois 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
Todos los planes que tenían las víboras se les fue por el caño de casar a sus hijas con magnates para seguir aparentando en sociedad.