La abogada más brillante de su generación murió a traición... y despertó dentro del cuerpo de Aura Luminar, la hija de un duque a quien su propio prometido, el príncipe Luis, acababa de empujar al fondo de un lago helado para quedarse con su amante.
Craso error.
La joven ingenua que se ahogó por amor ya no existe. Quien sube ahora a la orilla es una mujer de mente fría y lengua afilada, decidida a hacer que todos los que la traicionaron paguen hasta el último centavo. Pero la venganza abierta es un desperdicio: para destruir a un príncipe heredero necesita un arma más letal, alguien que esté por encima de él. Un solo nombre encaja: Zane Caliber, el emperador temido en todo el imperio, un hombre glacial, intocable, que ha mantenido vacío el trono de la emperatriz durante años.
Aura planea usarlo. Lo que no calcula es que ese soberano de hielo, acostumbrado a que el mundo se arrodille ante él, quede fascinado justamente por la única mujer que se atreve a rechazarlo, a desafiarlo y a llamarlo "viejo loco" a la cara.
Entre duelos verbales en la corte, complots que buscan su muerte y enemigos que se niegan a caer, la guerra de Aura por la justicia se irá transformando en algo mucho más peligroso: un amor que ninguno de los dos pidió, pero al que ya no podrán renunciar.
Fue desechada por el príncipe. Reinará en el corazón del emperador.
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La transformación de Aura Luminar
—¡S-señorita, perdóneme! ¡Todo es culpa mía por dejarla ir sola! —Sora cayó de rodillas a los pies de Aura, sollozando mientras se aferraba al vestido empapado de su ama.
Aura miró a su doncella con calma y le apoyó una mano en el hombro para instarla a levantarse.
—Ponte de pie, Sora. Esto no es culpa tuya —dijo con voz serena.
El duque Daren examinó a su hija de la cabeza a los pies. Había algo extraño en su manera de hablar. La Aura que él conocía habría llorado o gritado presa del pánico en una situación como esta; sin embargo, la muchacha que tenía delante se mostraba de una serenidad inquietante.
—Respóndele a tu padre, Aura. ¿Qué te hizo el príncipe Luis para que volvieras en este estado? —insistió, la voz baja y tensa, la mandíbula apretada conteniendo la ira.
Aura sostuvo la mirada de su padre. Sus ojos, afilados y sin un ápice de miedo, dejaron al duque momentáneamente perplejo.
—Luis me empujó al lago —contestó ella sin alterarse.
—¡¿QUÉ?! —chilló la duquesa Clara, tapándose la boca con ambas manos. Estuvo a punto de desmayarse y solo Sora, sujetándola a tiempo, lo impidió.
—Ese bastardo... ¡cómo se atreve! —rugió el duque, fuera de sí—. ¡Guardias! ¡Preparen mi caballo ahora mismo! ¡Yo mismo le cortaré la cabeza a ese príncipe miserable esta misma noche!
—Espera, padre —lo interrumpió Aura con firmeza, cortándole el paso.
—¡Aura! ¡Ese hombre casi te mata! ¿Todavía piensas defenderlo? —replicó él, iracundo.
Aura esbozó una sonrisa tenue, tan gélida que hizo estremecer a todos los presentes.
—¿Defenderlo? Por supuesto que no —dijo despacio, cargando cada palabra—. Pero cortarle la cabeza esta noche solo conseguiría que acusaran a nuestra familia de traición. —Miró a su padre a los ojos—. Para Luis y su amante, esta noche yo ya estoy muerta. Deja que celebren la noticia de mi muerte un poco más. —Y sonrió de medio lado.
—¿A qué te refieres, cariño? ¿Una amante? ¿Quién es la amante del príncipe Luis? —preguntó la duquesa, desconcertada.
—¿Quién iba a ser sino la señorita Elisabeth Velis? —respondió Aura con calma.
—¿¡Esa mujer de dos caras!? —soltó Sora, olvidando sus modales de pura indignación—. ¡Con razón siempre se acercaba a la señorita fingiendo ser tan amable!
—Exacto —zanjó Aura—. Dentro de tres días es el cumpleaños del emperador Zane. Ese será el momento en que apareceré y lo destaparé todo ante la nobleza del imperio; y, de paso, anularé este compromiso. —Miró alternativamente a su padre y a su madre.
El duque Daren la contempló de arriba abajo, atónito, con la sensación de que la joven que tenía enfrente no era la misma Aura que él había criado.
—¿De verdad... vas a hacer eso, Aura? ¿No tienes miedo de llegar tan lejos? Y lo que dijiste antes... ¿quieres romper tu compromiso con el príncipe Luis? —preguntó, necesitando confirmarlo.
—¿Por qué habría de tener miedo? —Aura arqueó una ceja y volvió a sonreír de medio lado—. Son ellos quienes deberían temer, porque este será el principio de su ruina. Y sí, este compromiso absurdo... voy a anularlo. —El rencor le ardía en el pecho.
La duquesa Clara, aún angustiada, le tomó las manos heladas.
—Pero Aura, tu salud...
—Estoy bien, madre —la interrumpió con dulzura—. Solo necesito un baño caliente y descansar. Sora, prepárame agua caliente en mi habitación ahora mismo.
—¡S-sí, señorita! ¡Enseguida! —respondió la doncella, y salió corriendo.
Aura se volvió hacia el duque, que seguía mirándola como clavado en el sitio.
—Padre, mantén oculta mi presencia estos tres días. Que nadie fuera de esta casa sepa que sigo con vida —dijo con determinación.
El duque asintió despacio, y una sonrisa discreta le asomó a los labios, henchido de orgullo ante el nuevo temple de su hija.
—De acuerdo. Me aseguraré de que nadie pueda filtrar que estás viva —prometió, y le dio unas palmaditas suaves en la coronilla.
—Bien —murmuró Aura, satisfecha, y se encaminó a su cuarto con una sonrisa fría en los labios.
Ya en la habitación, Sora, su fiel doncella, se afanaba en preparar el agua caliente y el camisón de su ama.
—Señorita, el baño ya está listo. Deje que la ayude a quitarse el vestido —ofreció, preocupada, rozándole el brazo.
—Gracias, Sora, pero prefiero quedarme sola. Puedes retirarte —contestó Aura en voz baja mientras se soltaba las horquillas del pelo.
—¿Segura que no quiere que la ayude? Normalmente siempre me pide que la acompañe —observó la doncella, extrañada.
—Solo quiero estar tranquila un momento, Sora —dijo Aura, clavándole la mirada—. Vigila la puerta y asegúrate de que ningún otro sirviente entre.
—Como diga, señorita. Montaré guardia afuera —respondió Sora, inclinando la cabeza.
En cuanto la puerta se cerró del todo, Aura se despojó del vestido de gala, pesado y frío, y entró en el baño a sumergirse. Dejó que el agua caliente le penetrara hasta el último poro de la piel casi congelada.
—Ah... qué alivio —murmuró, reclinando la cabeza contra el borde de la bañera.
Con los ojos cerrados, los recuerdos de la verdadera Aura y el conocimiento de Ester como abogada empezaron a entrelazarse en su mente. Debía trazar un plan verdaderamente impecable.
Si me apoyo solo en la ira del duque Daren, a lo sumo Luis recibirá una reprimenda del emperador, pensó con una sonrisa torcida. Pero si juego bien la carta legal y la política, puedo derribarlo de su puesto de príncipe heredero. El plan, astuto y minucioso, ya se ordenaba en su cabeza.
Cuando consideró que se había remojado bastante, se enjuagó deprisa y salió del baño; no quería perder el tiempo. Se secó y se puso un camisón de seda color crema, holgado y cómodo.
Se dirigió a su escritorio, cubierto por montañas de cartas y cuadernos de la Aura original, y con dedos ágiles fue apartando papeles hasta dar con un documento sellado con el emblema real.
—El contrato de compromiso —murmuró, y lo leyó con atención.
Sus labios se curvaron en una sonrisa complacida al hallar un punto crucial dentro del documento.