Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
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atención
...En palabras de Zoe.....
Cuando por fin terminamos los ingenieros y topógrafos se fueron dejándonos a los tres solos.
—Perfecto, la zona de las cotas inferiores queda cubierta —dijo Nathalia, guardando la tableta en su bolso y estirándose con un suspiro cansado—. Esos ingenieros casi me marean con tanta terminología. ¿Podemos buscar sombra o algo helado antes de que muera por golpe de calor?
El rugido del mar chocando contra la base del acantilado llenaba el espacio ahora que el ruido de las camionetas de los topógrafos se perdía a lo lejos. Me quedé a un par de metros de Antoni, acomodándome la coleta mientras sentía la brisa marina pegarse a la piel de mi cuello. El sol de la una de la tarde caía sin piedad sobre las rocas, calentando el ambiente hasta volverlo sofocante.
Antoni se quitó la carpeta de planos de debajo del brazo y la guardó con una parsimonia irritante. Luego, se desabrochó los dos primeros botones de su camisa blanca, dejando al descubierto la clavícula y parte del pecho sobrio y marcado que me negaba a seguir mirando. Se pasó una mano por el cabello, desordenándoselo apenas un poco por primera vez en todo el día.
—Hay un restaurante pequeño a diez minutos, sobre la bahía vieja —dijo Antoni con su habitual voz grave, rompiendo el murmullo de las olas—. Podemos revisar el borrador de contratos ahí mientras comemos algo.
—Por favor, dime que venden margaritas o al menos limonada con mucho hielo —dijo Nat, abanicándose con fuerza mientras empezaba a caminar hacia su auto—. Los veo allá, me voy adelantar para encender el aire acondicionado antes de que mi coche se vuelva un horno.
Nathalia caminó a paso rápido, dejándonos solos a Antoni y a mí a mitad del terreno baldío
Antoni, camino enseguida a la camioneta y abrió mi puerta y se alejó para subir de su lado, no dije nada Pero si forma de ser me hacía sentir nada atractiva como si odiara el solo mi presencia y le causará asco, pues durante toda la inspección parecía ignorar me soló se dirigía a los hombres y a nat.Ni siquiera me miraba. Me abrí la puerta como si fuera un trámite molesto, como si tocar mi entorno o estar cerca de mí le causara verdadero asco.
Antoni encendió el motor, ajustó el aire acondicionado y avanzó por el camino de tierra sin romper su postura rígida. El silencio dentro de la cabina era abrumador.
—Si tienes algún problema con mi diseño, me lo dices de frente, Antoni —solté de pronto, rompiendo el aire con una voz temblorosa de pura rabia, sin voltear a verlo—. No necesito que me hagas el favor de ignorarme todo el día como si fuera una niña que no sabe hacer su trabajo.
Antoni no aceleró ni frenó. Sostuvo el volante con una sola mano, apretando la mandíbula mientras la luz del sol resaltaba la línea marcada de su perfil.
—Nadie te está ignorando, Zoe —contestó en un tono bajo, frío, casi peligrosamente controlado—. Estaba haciendo mi trabajo. Si necesitas atención constante para validar tu ego o tu autoestima, búscala en tu novio o en la mirada de otros hombres.
—¡No es atención, es respeto profesional! —dije molesta, girándome de golpe en el asiento para encararlo, sintiendo las lágrimas de coraje agolpándose en la garganta—. Te dirigiste a todo el mundo menos a mí. Si tanto te molesta mi presencia, se lo dices a mi padre y me regresas a la ciudad ahora mismo.
— no te voy a regresar, estamos trabajando y si no te pregunté nada fue por qué fuiste muy clara en qué no querías cambiar nada de tu propuesta así que solo no perdí mi tiempo, Pero si no sabes trabajar tu misma puedes regresar, llámale a tu papá y dile cuál es tu enojo.— me dijo con tranquilidad que me hizo sentir tonta.
—No voy a llamar a nadie —solté entre dientes, en un murmullo helado que intentó recuperar la poca dignidad que me quedaba—. Y no me vuelvas a dirigir la palabra fuera de los números de la empresa.
Antoni no dijo absolutamente nada. Simplemente aceleró, manteniendo esa postura rígida e imperturbable que me sacaba de quicio.
Llegamos al restaurante de la bahía en diez minutos infames. Era un lugar rústico, con palapas de paja y una terraza de madera que daba directamente a las olas. Nathalia ya estaba sentada en una mesa al fondo, bajo la sombra de un tejado, con una jarra de limonada con hielo frente a ella.
En cuanto bajé de la camioneta, caminé a paso rápido sin esperar a Antoni. Mis botas resonaban con furia contra la madera de la terraza. Me senté a lado de Nat y tomé un vaso de agua congelada de un solo trago.
—¿Todo bien? Vienen con cara de que se van a matar —murmuró Nathalia, mirándome de reojo con preocupación mientras Antoni se acercaba a la mesa con la carpeta de contratos bajo el brazo.
—Perfectamente —respondí con una sonrisa falsa y brillante, alzando la barbilla cuando Antoni se acomodó frente a nosotros.
por UE la tal amiguita esa ni me fio