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El bebé que nunca fue de mi esposo

El bebé que nunca fue de mi esposo

Status: En proceso
Genre:Doctor / Vientre de alquiler / Amante arrepentido
Popularitas:189
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell



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Capítulo 13

Capítulo 13 — Adrián usa el dinero de Valeria para mantener a Sofía

—El brazalete no se devuelve —repitió Valeria Montes a la mañana siguiente, cuando Adrián Del Valle volvió a insistir—. Ya te lo dije. Y no entiendo por qué te molesta tanto. —Lo miró con la misma cara de fastidio resignado que él le había puesto tantas veces—. ¿No fuiste tú el que dijo que «si tanto me gustaba, otro día me comprabas uno»? Aunque sea por la armonía de esta familia, Adrián. Piensa en tu madre. Piensa en el niño.

Devolverle sus propias palabras lo dejó sin argumentos. Se marchó al trabajo apretando los dientes.

Valeria Montes se había instalado ya del todo en la villa, y con ella una rutina que le devolvía el aire: el instituto por las mañanas, los controles con el doctor Ortega, las tardes de silencio en una casa que por fin era suya. Adrián Del Valle iba y venía, oficialmente para «cuidar del embarazo», en realidad porque su padre le había ordenado mantener las apariencias. Dormían en cuartos separados —ella alegaba náuseas nocturnas, y él, temeroso del precioso heredero, no protestaba.

Fue una de esas noches cuando lo escuchó.

Se había levantado por un vaso de agua, descalza, cuando vio la silueta de Adrián Del Valle recortada en el jardín trasero, hablando por teléfono en voz baja bajo los magnolios. Valeria Montes se quedó muy quieta junto a la ventana entreabierta.

—…ya sé, ya sé, mi amor. Ten paciencia. —La voz melosa que ella conocía tan bien—. Te prometí una casa y vas a tener tu casa. Escúchame: la villa donde vivo ahora, la de al lado del hospital, vale una fortuna. La vendo, y con eso te compro algo mejor, en el centro, a tu gusto. Solo dame un poco de tiempo. —Una pausa—. ¿La embarazada? Ella no cuenta. Se muda a un apartamento y ya. La casa es lo de menos. Lo importante somos tú y yo.

Valeria Montes sintió el frío de siempre, el frío que ya no dolía, solo endurecía.

Va a vender mi casa. La que fue mi regalo de bodas, la que yo limpié y reclamé. Para comprarle un nido nuevo a su amante. Con mi hijo dentro de mí.

Habría sido fácil salir y estrellar el vaso contra la pared. En cambio, sonrió en la oscuridad.

Porque Adrián Del Valle olvidaba un detalle. La escritura de esa villa seguía a nombre de la abuela. Él no podía venderla ni aunque quisiera. Y ella, Valeria Montes, ya tenía un plan para que esa escritura terminara en sus propias manos, y no en las de nadie más.

Regresó a la cama sin hacer ruido y, tumbada en la oscuridad, repasó su plan. Primero, conseguir que la abuela le transfiriera legalmente la casa. Segundo, mantener a Adrián lejos y desprevenido mientras aseguraba sus bienes. Tercero, seguir acumulando pruebas para que él no pudiera bloquear el divorcio.

A la mañana siguiente puso en marcha lo segundo.

—Adrián —le dijo, llevándose una mano a la boca con una mueca—, las náuseas me están matando de noche. El doctor Ortega dice que necesito descanso absoluto, sin que nadie entre ni salga de mi cuarto. —Suspiró con delicadeza—. ¿Te importaría dormir a partir de ahora en la habitación del fondo? Es por el bebé.

Él aceptó de inmediato, casi aliviado. Cualquier excusa para tener su propio espacio, su propio teléfono, sus propias escapadas nocturnas.

Y esa misma noche la aprovechó. Hacia las once, Valeria Montes lo oyó bajar las escaleras con sigilo, cerrar la puerta con cuidado y arrancar el auto en la calle. No necesitaba seguirlo. Sabía perfectamente adónde iba, y hacia quién.

Lo que Adrián Del Valle no sabía era que su abuela tenía oídos en todas partes.

La señora Aguilar, el ama de llaves leal a la anciana, notaba cada movimiento y lo reportaba con la puntualidad de un reloj. Y esa noche, cuando la abuela se enteró de que su nieto había vuelto a escaparse a los brazos de aquella mujer —dejando sola en casa a su esposa embarazada, a la portadora del bisnieto tan esperado—, la matriarca no esperó a la mañana.

Descolgó el teléfono y llamó a su hijo.

En la mansión Del Valle, Roberto Del Valle se despertó de golpe con la voz de su madre tronando en el auricular.

—¿Sabes dónde está tu hijo a esta hora? ¡Con Sofía! ¡Otra vez! —La anciana no gritaba, pero cada palabra caía como un latigazo—. ¿Es que no le enseñaste nada? El hijo que espera esa muchacha podría asegurarle a tu bloque la participación reservada por el fideicomiso. ¡Y él la deja sola de noche por una cualquiera! Tráelo de vuelta. Ahora. Y hazle entender de una vez qué está en juego.

Roberto Del Valle colgó, se pasó una mano por la cara y marcó el número de su hijo con la mandíbula tensa de furia.

En la villa silenciosa, Valeria Montes apagó la luz de su cuarto y cerró los ojos con una calma casi dulce.

No necesitaba mover un solo dedo. Había sembrado el descontento en cada rincón de aquella familia, y ahora los propios Del Valle se encargaban de castigar a Adrián Del Valle por ella.

Afuera, en la villa vecina, una luz seguía encendida. Y esa noche, por primera vez, alguien reparó en ella.

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Yuleima Lucena
más capítulos esta emocionante
Yuleima Lucena
excelente
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