Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Tú olor en mis sabanas
La puerta del apartamento de Benjamin se cerró con un clic suave. Apenas el sonido se apagó, él la empujó contra la madera oscura y la besó como si el tiempo se hubiera acabado. No fue un beso cuidadoso. Fue hambriento, profundo, con la lengua reclamando la suya mientras sus manos ya buscaban el cierre del vestido negro.
Helena jadeó contra su boca cuando la tela cayó al suelo. El aire frío del apartamento le rozó la piel desnuda. Benjamin se separó solo lo suficiente para mirarla. Los ojos grises recorrían cada centímetro con una intensidad que le hizo temblar las rodillas.
—Dios… —murmuró él, casi para sí mismo.
Empezó a besarla de nuevo, pero esta vez bajó. La boca caliente recorrió su cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. Le quitó el sujetador con una destreza que hablaba de experiencia y se llevó un pezón a la boca. Helena soltó un gemido ahogado, la cabeza echada hacia atrás contra la puerta. Las manos de él bajaron, arrastrando la ropa interior por sus muslos hasta que quedó completamente desnuda.
La levantó sin esfuerzo. Ella rodeó su cintura con las piernas por instinto mientras él la llevaba hacia el dormitorio. La depositó sobre las sábanas grises y se quitó la ropa con movimientos rápidos, casi urgentes. Cuando se subió sobre ella, completamente desnudo, Helena tuvo un segundo de pánico borracho. Nunca había llegado tan lejos. Nunca había sentido la dureza de un hombre presionando exactamente ahí.
Benjamin la miró a los ojos. Vio la mezcla de alcohol, nerviosismo y deseo. No preguntó. Solo la besó otra vez mientras una de sus manos separaba sus muslos.
Cuando empujó dentro de ella, lo sintió de inmediato.
La resistencia. La estrechez casi dolorosa. El pequeño jadeo agudo que se le escapó a Helena.
Se quedó quieto un segundo, enterrado a medias, mirándola. Sus ojos verdes estaban entrecerrados, brillantes por el alcohol y por algo más. Las cejas fruncidas en una mueca que era mitad dolor, mitad sorpresa. Los labios entreabiertos, temblando.
Benjamin no dijo nada. No preguntó por qué. Solo le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y empezó a moverse con una lentitud deliberada, dándole tiempo.
Helena cerró los ojos. El ardor inicial se mezcló con una presión nueva, desconocida. Cada embestida arrancaba de su garganta sonidos que no reconocía: gemidos cortos, casi infantiles al principio, luego más profundos cuando el placer empezó a ganar terreno. Su expresión cambiaba con cada segundo. A veces fruncía el ceño como si no entendiera del todo lo que sentía. Otras, abría la boca en una “o” silenciosa, las mejillas sonrojadas, la mirada perdida entre la borrachera y la revelación de que su cuerpo podía sentir eso.
Benjamin observaba todo. Cada estremecimiento. Cada vez que ella apretaba las sábanas con los puños. Cada vez que sus labios formaban su nombre sin sonido. Disfrutaba la forma en que su inocencia se rompía a pedazos bajo él, la manera en que el alcohol la hacía más sincera, más vulnerable. Cuando ella arqueó la espalda y soltó un gemido más largo, más roto, él aceleró el ritmo, sosteniéndole la cadera con una mano mientras la otra le acariciaba el cabello negro extendido sobre la almohada.
—Mírame —le pidió en voz baja.
Helena abrió los ojos. Estaban vidriosos, húmedos, llenos de una mezcla de placer y de algo que rozaba el asombro. Benjamin nunca había visto una expresión así. No en ninguna de las mujeres que habían pasado por su cama. Había algo crudo, casi sagrado, en la forma en que ella vivía cada segundo como si fuera el primero.
Cuando el orgasmo la alcanzó, lo hizo con un sollozo ahogado, el cuerpo temblando bajo el suyo, las uñas clavándose en su espalda. Benjamin la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo con un gruñido bajo, el rostro escondido en el cuello de ella.
Se quedaron así, respirando agitados, pegados por el sudor y el silencio.
Helena despertó con la sensación de que cada músculo de su cuerpo le pertenecía a otra persona. Un dolor sordo y profundo le atravesaba la entrepierna, los muslos, incluso la espalda baja. Parpadeó. La luz grisácea de la mañana entraba por las cortinas entreabiertas.
El teléfono vibraba sin parar sobre la mesita de noche. Allie. Antonia. Allie otra vez. Mensajes. Llamadas perdidas. Decenas.
Miró la hora: 7:03 a.m. El vuelo salía a las dos de la tarde.
Se incorporó despacio, haciendo una mueca. A su lado, Benjamin dormía boca abajo, el cabello rubio desordenado, una mano extendida sobre la sábana todavía tibia donde ella había estado. Helena lo miró un largo rato. Recordaba todo. El sabor de su boca. La forma en que la había mirado cuando entró en ella. El sonido de su propia voz gimiendo cosas que nunca había dicho.
La resaca moral fue peor que la física.
Se levantó en silencio. Recogió la ropa del suelo con manos temblorosas. Se vistió lo más rápido que pudo, sin hacer ruido. No dejó nota. No despertó. No dijo su nombre completo. Solo abrió la puerta y salió, cerrándola con cuidado detrás de sí.
En el ascensor se apoyó contra la pared de espejo y se miró. El pelo revuelto. Los labios hinchados. Una marca rojiza apenas visible en el cuello. Se tapó la cara con ambas manos.
Acabo de hacer exactamente lo mismo que él.
El taxi la dejó frente al hotel a las 7:40. Subió las escaleras de dos en dos. Apenas abrió la puerta de la habitación, Allie y Antonia se le echaron encima.
—¡¿Dónde demonios estuviste?! —gritó Allie, con los ojos hinchados de no haber dormido—. ¡Te buscamos por todo el puto local! ¡Pensamos que te habían secuestrado!
Antonia la abrazó con fuerza.
—Estábamos a punto de llamar a la policía, Helena. ¿Qué carajos?
Helena se dejó caer en la cama. La voz le salió ronca.
—Perdón. Perdón de verdad. Me fui con… con alguien.
Allie se cruzó de brazos.
—¿Con quién?
Helena tragó saliva.
—Con el del café. El ingeniero. Benjamin.
Un silencio denso llenó la habitación.
Antonia fue la primera en reaccionar.
—¿Te fuiste a acostar con el tipo al que le derramaste el café?
—Sí.
Allie se pasó una mano por la cara.
—Vale. Respira. ¿Estás bien? ¿Te hizo daño? ¿Usaron protección?
Helena negó con la cabeza, mirando el suelo.
—No… no usamos. Y yo… me siento horrible. Acabo de hacer lo mismo que Sebastian. Exactamente lo mismo. Me fui a la cama con un desconocido la misma semana en que él me puso los cuernos. Soy igual de basura.
Allie se sentó a su lado y le tomó la cara entre las manos, obligándola a mirarla.
—No. Ni se te ocurra compararte. Tú no le debías fidelidad a nadie anoche. Estabas soltera. Dolorida. Borracha. Y si lo disfrutaste, entonces no hiciste nada malo. ¿Lo disfrutaste?
Helena cerró los ojos. La respuesta le quemó la lengua antes de salir.
—Sí —susurró—. Me encantó. Nunca… nunca había sentido algo así. Pero no lo voy a volver a ver. Ni siquiera sabe mi nombre completo. Fue una noche y ya.
Allie la miró un segundo más y luego se levantó, buscando en su bolso.
—Está bien. Una noche. Pero no vamos a jugar con fuego. Toma.
Le tendió una pastilla envuelta en un blíster.
—Pastilla del día después. La compré ayer por si acaso alguna de nosotras la necesitaba. Te la tomas ahora. Nada de sorpresas dentro de un mes.
Helena la miró, luego la pastilla. La culpa seguía ahí, pesada, pero el alivio de tener a sus amigas a su lado fue más fuerte. Se llevó la pastilla a la boca y la tragó con un trago de agua que Antonia le alcanzó.
Allie le acarició el cabello, exactamente como había hecho su padre dos noches atrás.
—Ahora a ducharte. Hueles a colonia cara y a decisiones dudosas. Y después desayunamos. Hoy volvemos a Nueva York… y dejamos Inglaterra atrás.
Helena asintió en silencio. Mientras el agua caliente de la ducha le corría por el cuerpo todavía sensible, cerró los ojos y, por un instante, volvió a sentir las manos de Benjamin sobre su piel.
Y odió lo mucho que lo extrañaba ya.