«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 5: El altar vacío
La imponente Catedral de San Marcos estaba decorada con una suntuosidad que rozaba la obscenidad. Arreglos monumentales de orquídeas blancas y lirios importados flanqueaban el pasillo central, inundando el ambiente con un aroma denso y dulce. En los bancos de roble tallado, la crema y nata de la alta sociedad y el mundo empresarial murmuraba con expectación, vistiendo sus mejores galas de diseñador. Al final del pasillo, un enjambre de periodistas y fotógrafos autorizados aguardaba con las cámaras listas para capturar el evento social del año.
Richard se encontraba de pie junto al altar, ajustándose los puños de su impecable frac negro. Su postura era rígida, pero su rostro reflejaba una arrogancia absoluta. Tenía una sonrisa de suficiencia grabada en los labios. Para él, este día no era el inicio de una vida compartida, sino el cierre del trato comercial más importante de su carrera. Con las acciones del padre de Dayana en su bolsillo tras el "sí", su empresa saldría de la cuerda floja y él se consolidaría en la cima.
A unos metros de distancia, en la primera fila de asientos, Vanessa lucía un vestido de seda color carmín que desafiaba cualquier protocolo nupcial. Mantenía una expresión de triunfo malicioso mientras cruzaba una mirada cómplice con Richard. Recordaba la noche anterior, el calor de la traición en la suite de huéspedes, y no podía evitar sentir un profundo regocijo. En su mente, Dayana era una tonta predecible que probablemente estaba encerrada en su habitación, llorando de rodillas, demasiado débil para cancelar la boda o armar un escándalo.
El gran reloj de bronce de la catedral marcó las 9:55 de la mañana.
El murmullo entre los invitados comenzó a cambiar de tono. El sacerdote carraspeó discretamente, mirando la entrada vacía. El padre de Dayana, un hombre de negocios ya entrado en años y de salud frágil, caminaba de un lado a otro en el vestíbulo de la iglesia, secándose el sudor de la frente con un pañuelo de hilo. Su hija no respondía las llamadas. El auto que debía recogerla no había regresado.
Richard frunció el ceño por primera vez, sintiendo una punzada de irritación. Sacó su teléfono del bolsillo interior del saco y revisó la pantalla. Nada.
—Es una exagerada —le susurró Vanessa, acercándose sutilmente al altar bajo el pretexto de acomodarle la flor en la solapa— Seguro se retrasó con el maquillaje para intentar lucir menos aburrida. No te preocupes, Richard. Ella vendrá. Es demasiado cobarde como para dejarte plantado frente a toda la ciudad.
Richard relajó la mandíbula y asintió de mala gana. Tenía razón. Dayana siempre había sido sumisa, complaciente y devota. No tenía el valor para rebelarse.
Entonces, el reloj dio las diez en punto. Las enormes puertas de madera de la catedral permanecieron cerradas. No había novia. No había marcha nupcial. Solo un silencio denso que comenzó a extenderse entre los bancos como una niebla incómoda.
Y entonces, sucedió.
Un sonido agudo, casi imperceptible al principio, rompió la solemnidad del templo. Fue el tintineo de una notificación telefónica en la última fila. Un segundo después, tres teléfonos más vibraron al unísono. Luego diez. Luego cincuenta.
En menos de treinta segundos, la catedral se convirtió en un caótico coro de timbres, alertas de mensajes y zumbidos ensordecedores. Los invitados, rompiendo toda etiqueta, comenzaron a sacar sus dispositivos móviles a toda prisa. Los murmullos estallaron como un polvorín.
Richard observó la escena con una mezcla de confusión y molestia.
—¿Pero qué demonios...? —masulló, mirando hacia el sector de la prensa.
Los reporteros, que hasta hace un momento mantenían un orden estricto, comenzaron a moverse frenéticamente. Algunos ahogaron exclamaciones de asombro; otros empezaron a teclear a una velocidad suicida en sus tabletas. Las luces de los flashes, que debían esperar a la novia, comenzaron a apuntar directamente hacia Richard, pero no con admiración, sino con una morbosa y despiadada curiosidad.
—Richard... mira esto —la voz de Vanessa sonó de repente extraña, desprovista de toda su seguridad anterior. Estaba pálida como la cera, contemplando la pantalla de su teléfono con los ojos desorbitados.
Antes de que Richard pudiera pedir una explicación, su propio teléfono vibró con tanta fuerza en su mano que casi lo deja caer. Una notificación de alerta financiera de máxima urgencia brillaba en la pantalla, seguida de un centenar de mensajes de texto de sus socios de la junta directiva.
Abrió el primer enlace de prensa que apareció en su inicio. El titular en letras negritas e imponentes parecía gritarle desde el cristal:
«BOMBAZO EMPRESARIAL: NOLAN CROSS SE CASA EN SECRETO CON DAYANA, HEREDERA DE LAS ACCIONES DE LA COMPAÑÍA LOGAN»
Debajo del titular, una fotografía de alta resolución mostraba el interior de una oficina gubernamental de lujo. Dayana, vistiendo un impecable y sofisticado traje gris perla que la hacía lucir imponente, estampaba su firma en un documento legal. A su lado, sujetándola sutilmente por la cintura con una posesividad abrumadora, se encontraba Nolan Cross. El "Emperador de Hielo" miraba a la cámara con una sonrisa gélida y triunfante, luciendo una alianza de platino idéntica a la que ahora brillaba en el dedo de Dayana.
La nota periodística continuaba abajo con detalles demoledores:
“Fuentes oficiales confirman que la boda civil se celebró a las 9:45 AM. Tras el enlace, la Sra. Dayana Cross ha transferido de manera inmediata e irrevocable la totalidad de sus derechos de voto y el control de sus acciones al portafolio personal de su ahora esposo, Nolan Cross. Esta alianza destruye por completo los planes de fusión de la empresa de Richard...”
El teléfono se deslizó de los dedos de Richard, estrellándose contra el suelo de mármol del altar. El eco del impacto pareció resonar en toda la iglesia.
El mundo alrededor de Richard se volvió un borrón de ruido y luces. Los invitados lo miraban con desprecio y lástima; los susurros de "lo han arruinado", "lo aplastaron como a un insecto" y "Nolan Cross lo destruyó" se filtraban en sus oídos como veneno líquido. Su suegro, al enterarse de la noticia, sufrió un colapso en el vestíbulo y tuvo que ser atendido de urgencia.
Richard sintió que las piernas le fallaban. Las acciones que iban a salvarlo ya no existían para él. Nolan Cross, el gigante corporativo que siempre se había negado a concederle una mísera reunión, ahora poseía el control de su destino y tenía a su prometida a su lado. No solo había perdido la fusión; al ceder Dayana el control a Cross, las cláusulas de deuda de la empresa de Richard se activaban de forma automática, condenándolo a la bancarrota absoluta antes de que cerrara la bolsa esa misma tarde.
Su reputación, su dinero, su orgullo... todo había sido incinerado en un solo movimiento de ajedrez.
Vanessa intentó sostenerlo del brazo, gritando algo que él ya no podía escuchar, con el rostro desencajado por el miedo a volver a la pobreza. Richard la apartó con brusquedad. Dio un paso hacia atrás, tropezando con los escalones del altar.
Frente a las cámaras de la prensa que captaban cada segundo de su humillación, frente a la élite del país que tanto se había esmerado en impresionar, el arrogante Richard se desmoronó por completo, cayendo de rodillas sobre el frío mármol, con la mirada perdida en el vacío y la certeza absoluta de que su vida acababa de terminar por culpa de la mujer a la que había decidido pisotear.
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