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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Don Beto compra un perro

Todo empezó un sábado por la mañana, cuando Don Beto apareció en el patio común caminando muy erguido, con paso solemne y una caja de cartón en brazos que se movía de un lado a otro como si tuviera vida propia. Se detuvo frente a todos los vecinos que tomaban el fresco bajo el árbol de mango, se ajustó el sombrero con gesto importante y anunció:

—¡Vecinos! He tomado una decisión muy sabia. Este edificio necesita un guardián. Alguien que vigile las puertas, que cuide el pozo de flores, que nos avise si pasa algo raro… y yo he encontrado a la persona ideal.

Abrió la caja despacio. Y de allí salió, dando unos saltitos torpes y tambaleantes, un perrito diminuto, tan pequeño que cabía perfectamente en una sola mano. Tenía pelaje desaliñado color café con manchas blancas, orejas enormes que le caían sobre los ojos, patitas flacas que parecían de hilo y una colita que no dejaba de menearse ni un segundo. Al ver a tanta gente, abrió la boca… y soltó un ladrido tan delgado y agudo que parecía un pitido de juguete.

Todos se quedaron mirando en silencio. Luego el Charly se rascó la cabeza y dijo con delicadeza:

—Don Beto… con todo respeto… ¿ese es el guardián?

—¡Exactamente! —respondió Don Beto, muy orgulloso, mientras el perrito se le enroscaba alrededor del tobillo—. Es un perro de raza valiente. ¡Me lo aseguraron en la tienda! Dijeron que cuando crezca, será enorme y feroz. ¡Por ahora es solo que está ahorrando tamaño!

Doña Eustaquia se acercó, miró al animalito que apenas llegaba a la altura de su zapato, y dijo entre risas:

—Pues si ese es el guardián, lo más que va a hacer es asustar a las hormigas. ¡Mire qué pequeño es!

—¡Paciencia, vecina, paciencia! —insistió Don Beto—. ¡Todo lo grande empieza pequeño! Se llamará “Centinela”. ¡Suena imponente, verdad? ¡Centinela, el perro guardián!

Y así fue como Centinela llegó al edificio. Pero desde el primer día, quedó claro que su nombre no encajaba para nada con su carácter. En lugar de vigilar, dormía la mayor parte del tiempo acurrucado donde daba el sol. En lugar de asustar a los extraños, les daba la bienvenida meneando la cola y dejándose acariciar por cualquiera. En lugar de ladrar con fuerza, soltaba aquellos ladridos tan finos que parecían gorjeos de pájaro.

Don Beto, sin embargo, no se daba por vencido. Todas las mañanas lo sacaba al patio y le daba lecciones de guardia.

—¡Vamos, Centinela! ¡Ladra fuerte! ¡Demuestra que eres feroz! —le decía, señalando un arbusto como si fuera un enemigo.

Y Centinela, mirándolo con sus ojos grandes y redondos, movía la cola, se sentaba en el suelo y bostezaba. A veces se acercaba a lamerle la mano a Don Beto, que suspiraba y decía:

—Bueno… tiene nobleza. Eso es bueno para un guardián.

Pasaron los días y Centinela seguía igual de pequeño, igual de cariñoso y nada feroz. Pero lo que más divertía a todos era que Don Beto no lograba decidirse por su nombre. Un día le decía Centinela, otro día le llamaba “Valiente”, al siguiente “Guardián”, y para acabar de rematar, cuando el perrito se escapó persiguiendo una mariposa y se perdió media hora, Don Beto lo encontró y le gritó: —¡Vengo, vengo! ¡No te pierdas, “Bolita”!

—¿Bolita? —le preguntó doña Eustaquia, sin poder dejar de reír—. ¡Y ayer se llamaba Centinela! ¿Cómo se llama hoy?

—Pues… —balbuceó Don Beto, acariciando las orejas del perrito—. Es que tiene varios nombres, según el momento. Cuando vigila, es Centinela. Cuando es valiente, es Valiente. Y cuando corre y rueda por el suelo… pues es Bolita. ¡Es un perro con muchos títulos!

Y así pasaron las semanas. Centinela-Valiente-Bolita nunca se convirtió en un perro grande ni feroz. Siguió siendo pequeño, desaliñado y de voz tan aguda que no asustaba a nadie. Pero descubrieron algo mucho mejor: su ladrido, aunque débil, era el más valiente de todos. Una tarde llegó un perro callejero grande y gruñón que se metió en el patio amenazando a todos. Los niños se asustaron, Pelusa se escondió detrás de la señora Pérez, y hasta Don Beto dio un paso atrás. Entonces Centinela, sin dudarlo ni un segundo, se puso delante de todos, abrió la boca y ladró con todas sus fuerzas: ¡pip, pip, pip! Era tan agudo y tan ruidoso que el perro grande se quedó perplejo, lo miró de arriba abajo, se encogió de hombros y se marchó despacio, como diciendo: “Mejor no me meto con este que suena a alarma”.

Desde aquel día, nadie se rió más de Centinela. Don Beto lo levantó en brazos, lo abrazó y dijo con voz emocionada:

—¡Ven aquí, Centinela! ¡Tú sí eres valiente de verdad! ¡No importa lo pequeño que seas, sino lo grande que tienes el corazón!

Y aunque Don Beto siguió llamándolo por tres nombres distintos, todos en el edificio aprendieron que no hace falta ser grande ni fuerte para ser un buen guardián. Que la verdadera valentía está en atreverse a defender a los que quieres, aunque seas tan pequeño que casi no se te vea.

Y así, Centinela-Valiente-Bolita siguió viviendo feliz en el edificio, durmiendo al sol, persiguiendo mariposas y ladrando sus ladridos agudos. Y cada vez que alguien lo miraba y sonreía, Don Beto decía con orgullo: —¡Ya les dije yo! ¡Es un perro extraordinario! ¡Solo que crece por dentro, no por fuera!

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